Tío Paquito
estaba muerto hacía tiempo, o lo que era vida en el tenia una forma y un
sentido distinto a lo que mis sentidos perciben como algo viviente. ¿De qué se
alimentaba él? ¿Por qué en el estomago el cáncer y no en otra parte? Con toda
seguridad debía comer arroz y también carne.
Pero me pregunto de que se alimentaba Paquito, y por que los huesos succionaron
las comidas para aferrarse a la piel. Paquito
dejo de hablar hacía muchos años; aunque recuerdo su voz, era de un solo color,
como del color de la puerta de su cuarto, un crema tirando a marrón. Alguna vez pude asomarme a ver que había adentro,
y las cuatro paredes manchadas de tiempo, la camita en la esquina, el olor a
cigarrillo y las colillas, coincidía a la perfección con los rasgos de una
celda. Tampoco Paquito salía de ahí. Era como si hubiese inventado su propio útero,
para estar en la vida y al mismo tiempo no estar; para ser Paquito y al mismo
tiempo nadie. Eligio quedarse hasta el
ultimo día en casa de abuela. Se quedo
en ella como en una madre-casa abandonada.
Eligio no morir en sus brazos. A mí
nunca me abrió la puerta. De modo que
para mí el era esa puerta color crema tirando a marrón. De algo, ahí adentro, se alimentaba, de
arroz, de cigarrillo, y también debía comerse todas sus palabras antes que
salieran sin la raíz que las había hecho germinar; se las tragaba mezclándolas al
sancocho de palabras que se apelmazaba del otro lado de la puerta; a todas les metió
el tenedor, el cuchillo y el diente. Se
jarto de nuestras palabras y se jarto de la palabra.
Ahora derrumbaría
esa puerta y daría mi mano a aquel que supo guardar silencio durante casi
sesenta años; aquel, que a pesar de a veces responder, no dijo nada. Vivió tal como no decía, fue continuamente
sincero, nunca brinco de alegría, ni sonrió con placer, ni mostro ninguna ambición
ni deseo por nada. Todo lo que no dijo
que iba a hacer no lo hizo. Por eso
justo en el estomago. Tantas palabras
que él no hubiera querido comerse jamás.
Cuantas miles de palabras durante tantos años las veces que salía de su
cuarto. El mundo eran palabras que su
paladar aborrecía. Por eso los últimos vómitos
interminables; su cuerpo enfermo hablando sin parar, repitiendo gestos
grandilocuentes; expresándonos su más profundo asco.
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