MIGAJAS
I
El cuartito estaba en una calle del
barrio obrero de la ciudad. Abrí la
puerta: cuatro paredes, muy cercas unas de las otras. El lugar para esconderme durante el
sueño. Voy bajando los cinco escalones
con la lengua por fuera, de prisa. Las
piernas recientemente dieron un último estirón.
Me arranqué el pelo de la cabeza mirándome al espejo. Es temprano; me suda la sangre. Voy a donde quiero ir en un estrecho
recorrido. Leo líneas en los árboles y
en las páginas. En resumen, no
entiendo. Hasta el viento me muerde, me
desgarra la piel. Me lleva de esta
manera a los encuentros. Para qué, no
discuto. Estoy sentada y callada:
llegué. Recibo una humillación: la
primera. No les gusta mi cabeza, las
piernas sí. Hablan fuerte entre
hombres. Yo miro la luz del sol que
entró tímida por el marco de la puerta y está tirada en el piso. La miro sentada sobre un cajón. Recibo una segunda humillación. La música suena mal, pero me gusta el
ruido. El ruido me es familiar, me
contiene, me conoce. La voz no me
escucha, mi voz no escucha. Oigo solamente
las pisadas. Una momia puede ser
feliz. Conservo descubiertas las
pupilas. La destrucción completa me
sobrevive. Alargo la vista, extiendo mis
ojos. Hacen lo que hacen con la mirada.
Bajan los hombros con la mirada.
Se vuelcan a la vida. Arremeten
contra la vida. Se pudren solos. Cargo con estos pobres ojos. El ruido les flagela, pero no lo ven todavía.
II
Los periódicos estaban puestos sobre
el mostrador. Yo miraba mi reflejo a
través de la puerta de cristal de la heladera.
No veía a más nadie que a mí. Me
habían dejado sola. Tuve que vagar para
encontrar una heladera donde introducirme y conservarme. Tenía intacto el sentimiento de estarme
congelando. Era una penumbra diferente a
la soledad del bosque. El estrépito
tenía la virtud de ser comunicable. Yo
hubiera querido ser la camarada pero fui tan solo un estrépito versificado, mi
propio estrépito. Si alguien escupía,
mis ojos atrapaban esa espesura. Intentaba reacomodarme con el aire salivoso
envolviéndome. También, de algún modo,
era fuente de calor lo que veía. Cuando la
luz se desmoronaba por completo ellos se iban sigilosamente por las calles sin
querer hacerse notar. En nada cambiaba
que anduvieran despacio o de prisa. El
asombro se los había comido y no tenían más hambre ni de un lado ni del otro ni
con un significado en particular.
III
Mi nariz
olía la hora en que el Camarada estaba por llegar. Cansado de haber vuelto de un día pesado en
la obra de construcción se sentaba en un cajón, a mi lado. Sus pupilas volvían a expandirse como si
fueran las de un niño y no de un viejo que sufría una mortal enfermedad. Huesudo, largo y casi siempre
agonizante. Teníamos cosas que hablar
mientras la sangre se revolcara. Nos
decíamos bajito las conversaciones; formábamos un techo con nuestras dos
cabezas. Era congruente el ritmo de una
y otra respiración. Yo quería pasar
todas las tardes así. Pero cuando el Camarada enmudecía se cerraban todas las
puertas. Yo insistía al ver que se
estaba enamorando de mí. Me apuntaba con
un fusil entre las cejas, porque estando él y yo solos podía hacer conmigo lo
que quería. Pero se extenuaban sus
fuerzas al sostener cualquier arma, aún si esa arma hubiera podido,
verdaderamente, derrumbar el edificio que nos veía dormir.
IV
Subo los
escalones mordiendo un pedazo de pan. La
luz se está apagando; relampaguea adentro del cuartito. Caen rayos.
Me siento al borde de la cama y no miro por las ventanas. Las cierro.
Tranco con mis ojos la puerta.
Termino el pan. Lleno de migajas
todo el piso. Me inclino a lamerlas
hasta que ya no queda ni una. Durante
horas, hasta el amanecer estoy lamiendo migajas de pan en el piso. Me duele el estómago. Me estalla la cabeza. No quiero que amanezca otra vez. Intento alcanzar un libro con mi mano pero mi
mano no me responde y el libro no me responde.
Nada sube hasta aquí aunque el camino sea corto. Me preparo para estar de pie y trabajar en
poco tiempo. Hay que lograr pequeñas
cosas cada día. Hablar como si
nada. Mirar como si nada. Trabajar.
Si no tengo una mano, si no tengo dos manos, si no tengo manos. Clavo mis rodillas en el suelo. La puerta se abre sola. Nadie busca llegar hasta aquí.
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