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Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Wednesday, June 25, 2014

II

Iba en dirección a la terminal de ómnibus esa noche, pensaba que mis
primeros sueños en Bolivia se iban a producir ahí. Caminaba con la
mochila a la espalda al costado de una avenida completamente oscura,
me faltaban algunos kilómetros para llegar y ya estaba muy cansada. La
lluvia hacía más largo el camino. Pasó un camión, me silbó con la
bocina y paró más adelante. Quería que me alcanzara hasta la terminal.
Cuando llegué donde había estacionado vi al chofer desde el otro lado
de la avenida asegurando cada una de las ataduras de la lona que
cubría la carga. Crucé la calle y al tenerlo de frente le pregunté a
qué distancia estaba de la terminal. “Te llevo”, me dijo. Cuando
terminó lo que estaba haciendo subimos al camión. Era más lujoso que
cualquier casa en la que hubiese estado desde hacía mucho tiempo. Era
la casa de Dixon. A los pocos minutos supe que tenía que descargar en
Santa Cruz. “Yo necesito llegar a Santa Cruz”, le dije. “Te llevo”,
contestó. “Pero las rutas están bloqueadas porque hay paro.” Ya yo lo
sabía. “Esta noche dormimos en el camión y seguramente mañana a la
noche salimos. Ahora vamos a tomar té.” Marcó un número en su celular
y sacando la cabeza por la ventana decía: “Grandote, préstame
doscientos bolivianos, ando con una amiga que acabo de conocer.” Dixon
era todavía un muchacho. Llegamos al lugar del té y la señora y la
hija estaban envueltas cada una en su frazada mirando una telenovela.
“Doña”, dijo Dixon, “sírvame tres tés”. El tercero era para Grandote,
que entró en ese momento por la puerta. Nos sentamos los tres y a cada
rato a ellos se le pegaban los ojos en la telenovela. Grandote se veía
con frío y yo temblaba. Me preguntó que qué hacía en Bolivia y le dije
que andaba viajando. Cuando acabamos el té nos fuimos. Llegamos a una
guardería de camiones. Ya los choferes estaban durmiendo a esa hora.
Grandote también llegó en su camión; otro de los de Dixon; Grandote
era su empleado. Había llegado el momento de poder cerrar los ojos.
Dixon me dijo que abajo, con él, no iba a pasar frío. “Duermo arriba”,
le dije. Ni bien amanecía ya estaba bajando de aquella tablilla y me
acomodé en el asiento del pasajero. Atrás estaba él, tenía los ojos
abiertos y jugaba con el celular. Me nombró y me volteé, empezó a
hablar lento y no escondía el objeto de mi vista. Quería que me
acostara con él, saber cómo era estar con alguien como yo. No le
contesté inmediatamente porque me quedé pensando en lo que me hacían
sentir las manos que me tocaron por última vez. Después le dije que
no, y él preguntó por qué. No le dije por qué.

Salimos del camión, no había nada que hacer allá dentro. Afuera ya
estaba despierto Grandote y unos diez camioneros más. Ya tenían
notificado que esa noche no saldríamos para Santa Cruz. Dixon no me
quería mirar, pero todos los demás sí. Al poco rato empezaron a jugar
billar y apenas más tarde llegaron las primeras botellas de vino. Uno
que le decían “El Tío” me sirvió un vaso. Vi cómo Dixon se tomó el
suyo de un trago. Grandote bebía más despacio y su cuerpo hacía pocos
movimientos. Llegaban más camioneros y más vinos. Dixon se abalanzaba
sobre sus vasos. Al poco tiempo se le había subido todo a la cabeza.
Lanzaba gritos de victoria por sus jugadas y usaba el palo de billar
como si fuera otro brazo; el que dirigía los aspavientos.
El reloj estaba a punto de marcar las doce, y unos mandaron a otros a
buscar no sé cuántos kilos de carne. Mientras tanto iban y venían
decenas de botellas más y cuando llegó la invitada de honor trajeron
una parrilla cerca del billar y dos camioneros se encargaban de hacer
el fuego y cocinarla. Dixon agarró las llaves del auto de alguien y
también lo trajo, en reversa, frenando y acelerando, y lo acercó de
espalda al billar. Abrió la puerta del baúl y puso cumbia a todo
volumen. Bailaba con una sonrisa que parecía haberse equivocado de
cara. De vez en cuando me miraba y yo levantaba la cabeza buscando el
cielo. Su apetito se hacía voraz. Agarró del fuego un pedazo grande de
carne cruda que recién habían puesto, lo metió entre dos panes y se lo
empujaba en la boca porque no le cabía. Después hizo lo mismo tres o
cuatro veces más. Luego no me volvió a mirar y se fue como pudo a su
camión. Grandote se sentó a mi lado, estábamos sobre un tronco. Me
dijo que mejor sería que durmiera esa noche en su camión. Los demás
seguían comiendo y bebiendo y ya todos se habían transformado, como el
día que devenía noche. Dixon dormía. Yo me fui al camión de Grandote,
y me quedé pensando. Después él llegó. Ya íbamos a dormir. Su camión
no era tan lujoso, aunque estaba bien. En la cama él se acostaría de
un lado y yo del otro. Pero Grandote me detuvo cuando me iba a
acomodar y de su bolsillo sacó un billete de cincuenta bolivianos.
“Vas a dormir mejor en un alojamiento del centro. Estos canallas
quieren abusar de ti. Ya nos vamos a cruzar.” Entonces tomé el dinero,
agarré la mochila, y nos dimos un abrazo.

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