II
Iba en dirección a la
terminal de ómnibus esa noche, pensaba que mis
primeros sueños
en Bolivia se iban a producir ahí. Caminaba con la
mochila a la
espalda al costado de una avenida completamente oscura,
me faltaban
algunos kilómetros para llegar y ya estaba muy cansada. La
lluvia hacía más
largo el camino. Pasó un camión, me silbó con la
bocina y paró más
adelante. Quería que me alcanzara hasta la terminal.
Cuando llegué
donde había estacionado vi al chofer desde el otro lado
de la avenida
asegurando cada una de las ataduras de la lona que
cubría la carga.
Crucé la calle y al tenerlo de frente le pregunté a
qué distancia
estaba de la terminal. “Te llevo”, me dijo. Cuando
terminó lo que
estaba haciendo subimos al camión. Era más lujoso que
cualquier casa en
la que hubiese estado desde hacía mucho tiempo. Era
la casa de Dixon.
A los pocos minutos supe que tenía que descargar en
Santa Cruz. “Yo
necesito llegar a Santa Cruz”, le dije. “Te llevo”,
contestó. “Pero
las rutas están bloqueadas porque hay paro.” Ya yo lo
sabía. “Esta
noche dormimos en el camión y seguramente mañana a la
noche salimos.
Ahora vamos a tomar té.” Marcó un número en su celular
y sacando la
cabeza por la ventana decía: “Grandote, préstame
doscientos
bolivianos, ando con una amiga que acabo de conocer.” Dixon
era todavía un
muchacho. Llegamos al lugar del té y la señora y la
hija estaban
envueltas cada una en su frazada mirando una telenovela.
“Doña”, dijo
Dixon, “sírvame tres tés”. El tercero era para Grandote,
que entró en ese
momento por la puerta. Nos sentamos los tres y a cada
rato a ellos se
le pegaban los ojos en la telenovela. Grandote se veía
con frío y yo
temblaba. Me preguntó que qué hacía en Bolivia y le dije
que andaba
viajando. Cuando acabamos el té nos fuimos. Llegamos a una
guardería de
camiones. Ya los choferes estaban durmiendo a esa hora.
Grandote también
llegó en su camión; otro de los de Dixon; Grandote
era su empleado.
Había llegado el momento de poder cerrar los ojos.
Dixon me dijo que
abajo, con él, no iba a pasar frío. “Duermo arriba”,
le dije. Ni bien
amanecía ya estaba bajando de aquella tablilla y me
acomodé en el
asiento del pasajero. Atrás estaba él, tenía los ojos
abiertos y jugaba
con el celular. Me nombró y me volteé, empezó a
hablar lento y no
escondía el objeto de mi vista. Quería que me
acostara con él,
saber cómo era estar con alguien como yo. No le
contesté
inmediatamente porque me quedé pensando en lo que me hacían
sentir las manos
que me tocaron por última vez. Después le dije que
no, y él preguntó
por qué. No le dije por qué.
Salimos del
camión, no había nada que hacer allá dentro. Afuera ya
estaba despierto
Grandote y unos diez camioneros más. Ya tenían
notificado que
esa noche no saldríamos para Santa Cruz. Dixon no me
quería mirar,
pero todos los demás sí. Al poco rato empezaron a jugar
billar y apenas
más tarde llegaron las primeras botellas de vino. Uno
que le decían “El
Tío” me sirvió un vaso. Vi cómo Dixon se tomó el
suyo de un trago.
Grandote bebía más despacio y su cuerpo hacía pocos
movimientos.
Llegaban más camioneros y más vinos. Dixon se abalanzaba
sobre sus vasos.
Al poco tiempo se le había subido todo a la cabeza.
Lanzaba gritos de
victoria por sus jugadas y usaba el palo de billar
como si fuera
otro brazo; el que dirigía los aspavientos.
El reloj estaba a
punto de marcar las doce, y unos mandaron a otros a
buscar no sé
cuántos kilos de carne. Mientras tanto iban y venían
decenas de
botellas más y cuando llegó la invitada de honor trajeron
una parrilla
cerca del billar y dos camioneros se encargaban de hacer
el fuego y
cocinarla. Dixon agarró las llaves del auto de alguien y
también lo trajo,
en reversa, frenando y acelerando, y lo acercó de
espalda al
billar. Abrió la puerta del baúl y puso cumbia a todo
volumen. Bailaba
con una sonrisa que parecía haberse equivocado de
cara. De vez en
cuando me miraba y yo levantaba la cabeza buscando el
cielo. Su apetito
se hacía voraz. Agarró del fuego un pedazo grande de
carne cruda que
recién habían puesto, lo metió entre dos panes y se lo
empujaba en la
boca porque no le cabía. Después hizo lo mismo tres o
cuatro veces más.
Luego no me volvió a mirar y se fue como pudo a su
camión. Grandote
se sentó a mi lado, estábamos sobre un tronco. Me
dijo que mejor
sería que durmiera esa noche en su camión. Los demás
seguían comiendo
y bebiendo y ya todos se habían transformado, como el
día que devenía
noche. Dixon dormía. Yo me fui al camión de Grandote,
y me quedé
pensando. Después él llegó. Ya íbamos a dormir. Su camión
no era tan
lujoso, aunque estaba bien. En la cama él se acostaría de
un lado y yo del
otro. Pero Grandote me detuvo cuando me iba a
acomodar y de su
bolsillo sacó un billete de cincuenta bolivianos.
“Vas a dormir
mejor en un alojamiento del centro. Estos canallas
quieren abusar de
ti. Ya nos vamos a cruzar.” Entonces tomé el dinero,
agarré la
mochila, y nos dimos un abrazo.
No comments:
Post a Comment