VI
Esta tarde vino a la
casa el Doctor Omar. Doña María lo conoce desde
que era niño; es
el hijo de Doña Irma, la dueña de la casa que todavía
hoy va a limpiar. El Doctor Omar
quería cincuenta de nuestras naranjas. Yo estaba
recién bañada,
fresca, y me había puesto unos pantalones cortos porque
hacía calor, el
pelo se me había secado con el viento y le quedaron
unos bucles
preciosos. Fui a ayudarlos a cosechar y como en ese árbol
las naranjas
están altísimas, me trepé por los troncos con el gancho
en la mano y
desde allá arriba las dejaba caer. Sabía que el Doctor
Omar me miraba
las piernas y que yo las lucía de ese modo sólo porque
era el Doctor
Omar; el mismo que deja esperando horas en su oficina de
médico a Doña
María. Esta tarde estaba juguetón y ella juguetona. Se
reía de cada cosa
que decía el Doctor y él decía cosas como que las
naranjas eran
sosas y que esos ganchos eran de viejita. El Doctor me
preguntó mi
nombre y lo repitió como exprimiéndole el jugo. Yo me
bajaba del árbol
con la sostenida conciencia de que él era el Doctor
Omar, que había
llegado en ese auto y visitado muchas ciudades.
Cuando le
preguntó a Doña María cuánto le debía por las naranjas ella
le dijo que nada,
Doctor. ¡A nosotras todo se nos rompe y María
regalando
gallinas y naranjas! Yo que sólo pensaba en todo lo que nos
debía no
solamente por las naranjas. Pero lo dejamos ir. Antes se
acercó a mí y
nombrándome me extendió su mano con una tarjeta que
tenía impreso sus
números de teléfono y dijo que llame para lo que
necesite.
Debajo del nombre decía: cardiólogo; y mi corazón él no lo
puede curar.
Pero guardé bien la tarjeta que su mano nunca extendió
a Doña María.
No comments:
Post a Comment