No me perdono lo que hice con las plantas
de maíz. Ya habían crecido mucho. Estaban tan altas que parecían
palmeras en proporción a las dimensiones del jardín. Ellas presumían el
gesto más elevado de la belleza interior. Se erguían en el centro de mi íntimo
paisaje. Puro y Lua jugaban ahí dentro cual si fuera un bosque
originario Las luces del día las vigorizaban y distinguían. Ante el
viento eran férreas; en la noche no dormían. Pero no daban fruto, y nunca
iría a brotar de ellas ningún pequeño maíz que uno pudiera ver crecer para
nutrirse luego. Consideré que su crecimiento no tenía sentido. La
belleza me ciega; desproporciona las cualidades del alimento dentro mí.
Me envicia sin poder integrarme a la sustancia. Las arranqué una
por una de raíz. Tanta belleza me asfixia. Las junte contra el
cerco de la huerta, y cuando Puro llegó, en ese momento, y miro hacia arriba, y
miró hacia abajo, y vió la tierra oscura expidiendo olor a muerto, y cuando encontró
la fosa común, y fue hasta ahí desesperado, pisando restos de preguntas, presionándolas
para levantarse, y volvía al lugar de la tierra, y regresaba al lugar de la
muerte, supe que había cometido un crimen que ha de merecer un sacrificio a su
altura. Yo que no he dado ningún fruto, no quisiera que me agarren y me
jalen por los pies.
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