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Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Wednesday, June 25, 2014

IV

Tiene cuarenta y seis años más que yo y todavía llora.  Esta mañana
también lloró mientras tomábamos café en la mesa de la cocina.
Siempre se alza los lentes y seca, primero la lágrima de un ojo, y
luego la del otro.  El tema del desconsuelo es la soledad; pero el
desconsuelo de cada día tiene motivos diferentes.  Luego de setenta y
seis años de creer devotamente en un solo Dios todopoderoso la muerte
le parece algo brutal, y la inmortalidad del alma en la vida eterna no
le significa una ofrenda del propio ser  hacia la unión plena con lo
esencial; en su lugar, se apega mortalmente a las cosas de este mundo.
 Tal vez, ni las ratas que entran en su agujero se resignaría a
perder.  Hace unos días me mostró un armario grande, con vitrinas,
encerrado en un cuartito, donde tiene guardados y expuestos solo para
ella, pequeños objetos que ha ido acumulando a lo largo de la vida.
Cada uno es precioso a sus ojos.  Doña María dice que si alguien viene
a pedir comida, ella no lo piensa dos veces, lo que tiene se lo da.
Pero estos objetos que duran más que una vida sé que no los daría a
nadie a cambio de nada.  Los objetos la impulsan a seguir viviendo;
con su compañía puede desafiar simultáneamente tiempo y materia.  La
diminuta mujer china encabeza la carrera.  Doña María ha adoptado
algunos rasgos de ella y da pasitos cortos chinos pero rápidos, cuando
sale al pueblo.  No sé cómo con las gallinas que cría asume una
actitud diferente y luego de hablarles tanto y de quererlas, igual las
descogota y se las come.  Me pregunto si no será el miedo lo que ha
traicionado su voluntad de preservar las cosas y personas queridas (o
de terminar intercambiando con la vida personas por cosas).  Los dos
maridos que tuvo murieron precozmente.  El mandamiento que sirve de eje
a los demás dice: Temerás.  Doña María no se atreve a mostrar los
brazos ni aún cuando el calor abrasa.  Pero sí se permite enamorarse.
Es una niña que quiere divertir el corazón.  Le cuesta aceptar que
sólo Dios la acompaña, y no hallar en él la sensualidad, ni en San
Jorge,  ni en San Francisco.  Tal vez por eso le gusta tanto cocinar a
leña, la rudeza de los troncos, estar cerca del fuego, mirar el fuego.
 Cuando la última llama se apaga ella debe llorar por dentro.




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