IV
Tiene cuarenta y seis
años más que yo y todavía llora. Esta mañana
también lloró
mientras tomábamos café en la mesa de la cocina.
Siempre se alza los
lentes y seca, primero la lágrima de un ojo, y
luego la del
otro. El tema del desconsuelo es la soledad; pero el
desconsuelo de
cada día tiene motivos diferentes. Luego de setenta y
seis años de
creer devotamente en un solo Dios todopoderoso la muerte
le parece algo
brutal, y la inmortalidad del alma en la vida eterna no
le significa una
ofrenda del propio ser hacia la unión plena con lo
esencial; en su
lugar, se apega mortalmente a las cosas de este mundo.
Tal vez, ni
las ratas que entran en su agujero se resignaría a
perder.
Hace unos días me mostró un armario grande, con vitrinas,
encerrado en un
cuartito, donde tiene guardados y expuestos solo para
ella, pequeños
objetos que ha ido acumulando a lo largo de la vida.
Cada uno es
precioso a sus ojos. Doña María dice que si alguien viene
a pedir comida,
ella no lo piensa dos veces, lo que tiene se lo da.
Pero estos
objetos que duran más que una vida sé que no los daría a
nadie a cambio de
nada. Los objetos la impulsan a seguir viviendo;
con su compañía
puede desafiar simultáneamente tiempo y materia. La
diminuta mujer
china encabeza la carrera. Doña María ha adoptado
algunos rasgos de
ella y da pasitos cortos chinos pero rápidos, cuando
sale al pueblo.
No sé cómo con las gallinas que cría asume una
actitud diferente
y luego de hablarles tanto y de quererlas, igual las
descogota y se
las come. Me pregunto si no será el miedo lo que ha
traicionado su
voluntad de preservar las cosas y personas queridas (o
de terminar
intercambiando con la vida personas por cosas). Los dos
maridos que tuvo
murieron precozmente. El mandamiento que sirve de eje
a los demás dice:
Temerás. Doña María no se atreve a mostrar los
brazos ni aún
cuando el calor abrasa. Pero sí se permite enamorarse.
Es una niña que
quiere divertir el corazón. Le cuesta aceptar que
sólo Dios la
acompaña, y no hallar en él la sensualidad, ni en San
Jorge, ni
en San Francisco. Tal vez por eso le gusta tanto cocinar a
leña, la rudeza
de los troncos, estar cerca del fuego, mirar el fuego.
Cuando la
última llama se apaga ella debe llorar por dentro.
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