Cuando Lilí apareció hice retornar de inmediato la mirada
a la aguja y el hilo. Muy pronto sentí su sombra encima de mí. Miré sus pies sobre los adoquines del callejón. Llegué a su rostro. Era
un tejido de alpaca, de un hilado de manos bruscas aunque hábiles; de malas
terminaciones pero de puntos únicos y bien dispuestos en una red de tonalidades
que llegado a un punto, traslucía agua y tierra en las debidas proporciones.
- Qué lindo tu
trabajo, me gusta-
- Gracias-
contesté
- Yo canto-dijo
-¿Con algún
instrumento?
- Una pandereta,
al menos es algo.
- ¿Qué cantas?
- Música de estas
tierras. ¿ Donde están los hippies?
-preguntó.
- No sé, yo estoy
sola, pero hay más artesanos allá abajo. Tal vez te puedes quedar con
ellos.
Lilí sonreía
como preludio de una canción rota, mordía el pan como si fuera vidrio, y
babeaba.
-¿Quieres?- me
alcanzó un pan.
- No, gracias
Saqué una pera del
bolso.
-¿Quieres?
-Sí, gracias
Extendió la mano y
como en un acto de magia apareció una serpiente enredada en su cuello, que
suplicó con voz de niña.
Saqué otra pera.
-Vine a probar
suerte. Ya debe ser la hora de almuerzo-dijo.
- Te puede ir bien
por los restaurantes o en la plaza del mercado- le dije para que se fuera.
-¿Vamos? -exhortó a la serpiente, y siguió camino hacia la plaza.
Cuántas
miles de peras pudieran merecer los cantos de Lilí?
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