III
Fui a pedir cobijo a
la iglesia del pueblo, como resultado estoy
viviendo con Doña
María; todos la conocen como Doña María viuda de
Carrasco, y a
Carrasco nadie nunca lo conoció porque ella llegó a
Monteros cuando
él ya estaba muerto. Era de noche la primera vez que
nos vimos.
Siento que María hubiera tenido una vela agarrada de las
dos manos
mientras sus ojos me imploraban. Después de tres palabras
caminamos hacia
su casa. Para cortar camino fuimos por la cancha y
María prendió la
linterna. Era una linterna. La casa en una esquina,
su perro con
sarna nos recibe, y tres enorme lámparas en la entrada y
bajo el gigante
árbol de tamarindo. Después de recorrer el pueblo
durante semanas
no he visto casa tan iluminada como la de Doña María,
debe ser ella
quien tiene más necesidad de la luz. Luego de abrir el
candado del
portón, entramos en su pedazo de tierra. Cuando encendió
la lámpara de la
casa vi con un tinte borroso un montón de cosas
aglomeradas en
cada rincón: bolsas, cajas, gatos, y una multitud de
trastes, tarros,
cacharros, volcados, puestos, tirados por todos
partes.
Adentro seguía oscuro; esa lámpara no debía funcionar bien.
Nos sentamos en
torno a la mesa y en el
pequeño espacio
que quedaba para apoyar algo Doña María puso un plato
con un pedazo de
papaya que brilló de anaranjado y contra ese
resplandor volví
a ver los ojos de Doña María; me parecía tragar
partes de ellos
en cada bocado, hasta que me comí toda la papaya y
sentí que se me
revolcó el estómago y no tenía ganas de ponerme de
pie. Pero
debía acompañarla a una novena porque alguien había muerto.
No había
más de cinco personas en aquella casa, una mesa con flores
muriéndose y una
fotografía ampliada del muerto. Yo quedé entremedio
de Doña Juana y
Doña María. No sé cómo apareció el tema del hijo de
la última y esa
fue la primera vez que la vi llorar. Cuando dieron
las ocho y media
y no llegó nadie más sacó su librito de oraciones,
empezó a rezar, y
los otros contestaban los rezos. Yo miraba el piso,
con las manos
enlazas atrás, y los labios sellados. Al terminar la
novena regresamos
lentamente hacia su casa, y allí María me abrió la
puerta del
cuartito que había sido de su hijo. Colgaban de dos clavos
una máscara negra
y otra blanca de dos albañiles que habían dormido
ahí durante un
tiempo hacía unos meses atrás y desde entonces el
cuarto no se
abrió más. Una lona azul cubierta de polvo y tierra
estaba
desparramada sobre la cama; en el piso y sobre la mesa había
bolsas de estuco
y cemento, dos sillitas de niño y peluches viejos.
Saqué solamente
la lona azul, metí también mi mochila en el cuarto y
me senté al borde
la cama apretándola con las manos y mirando.
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