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Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Wednesday, June 25, 2014

III

Fui a pedir cobijo a la iglesia del pueblo, como resultado estoy
viviendo con Doña María; todos la conocen como Doña María viuda de
Carrasco, y a Carrasco nadie nunca lo conoció porque ella llegó a
Monteros cuando él ya estaba muerto.  Era de noche la primera vez que
nos vimos.  Siento que María hubiera tenido una vela agarrada de las
dos manos mientras sus ojos me imploraban.  Después de tres palabras
caminamos hacia su casa.  Para cortar camino fuimos por la cancha y
María prendió la linterna.  Era una linterna.  La casa en una esquina,
su perro con sarna nos recibe, y tres enorme lámparas en la entrada y
bajo el gigante árbol de tamarindo.  Después de recorrer el pueblo
durante semanas no he visto casa tan iluminada como la de Doña María,
debe ser ella quien tiene más necesidad de la luz.  Luego de abrir el
candado del portón, entramos en su pedazo de tierra.  Cuando encendió
la lámpara de la casa vi con un tinte borroso un montón de cosas
aglomeradas en cada rincón: bolsas, cajas, gatos,  y una multitud de
trastes, tarros, cacharros, volcados, puestos, tirados por  todos
partes.  Adentro seguía oscuro; esa lámpara no debía funcionar bien.
Nos sentamos en torno a la mesa y en el
pequeño espacio que quedaba para apoyar algo  Doña María puso un plato
con un pedazo de papaya que brilló de anaranjado y contra ese
resplandor volví a ver los ojos de Doña María; me parecía tragar
partes de ellos en cada bocado, hasta que me comí toda la papaya y
sentí que se me revolcó el estómago y no tenía ganas de ponerme de
pie.  Pero debía acompañarla a una novena porque alguien había muerto.
 No había más de cinco personas en aquella casa, una mesa con flores
muriéndose y una fotografía ampliada del muerto.  Yo quedé entremedio
de Doña Juana y Doña María.  No sé cómo apareció el tema del hijo de
la última y esa fue la primera vez que la vi llorar.  Cuando dieron
las ocho y media y no llegó nadie más sacó su librito de oraciones,
empezó a rezar, y los otros contestaban los rezos.  Yo miraba el piso,
con las manos enlazas atrás, y los labios sellados.   Al terminar la
novena regresamos lentamente hacia su casa, y allí María me abrió la
puerta del cuartito que había sido de su hijo.  Colgaban de dos clavos
una máscara negra y otra blanca de dos albañiles que habían dormido
ahí durante un tiempo hacía unos meses atrás y desde entonces el
cuarto no se abrió más.  Una lona azul cubierta de polvo y tierra
estaba desparramada sobre la cama; en el piso y sobre la mesa había
bolsas de estuco y cemento, dos sillitas de niño y peluches viejos.
Saqué solamente la lona azul, metí también mi mochila en el cuarto y
me senté al borde la cama apretándola con las manos y mirando.



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