.

Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Sunday, June 29, 2014

Yoga I




18-05-2014

Estoy empezando a relacionarme con las muchachas.  Ya sé que sus problemas, en general, son más grandes que los míos.   Ellas son hermosas; intentan sacarse de su fondo.  Quieren la transformación.  Siento que son sinceras.  Tal vez son más sinceras que yo que hace un tiempo vengo sintiendo que algo no anda bien en mi interior, que ya no tengo la voluntad y disciplina de antes.  Inclusive he abandonado mi práctica diaria a solas, y no sé por qué dejé que las maestras de yoga me deleiten con sus sesiones y que esto me baste.  No es verdad que me baste. Es verdad que estoy en el lugar indicado para asumir los desafíos que hoy se me presentan.  Tengo todo a mis pies ¿Cómo respondo acertadamente a esta realidad? sin empezar a patear ni echar a correr.  Tengo que adquirir mayor grado de consciencia sobre el punto en que física y psíquicamente estoy en el camino.  El destino se burla de mí y me dice: ¡Ah! ¿Hasta aquí era que podías llegar? ¿Ahora ya no eres capaz de superarte a ti misma? ¿Qué es lo que tanto te cuesta? ¿Abandonar la comodidad? ¿Finalmente se trataba de eso? ¿Tú que has hecho alarde de tus fuerzas, de tu autonomía, de tu capacidad de supervivencia, y que has considerado estos valores superiores a tantos otros? ¿Tú que te has creído especial? ¡Y ahora yo te restriego en la cara que no eres especial!, que eres una más del montón que busca, primero desesperada, y después encuentra la calma y sigue buscando.  Ahora te toca hacer muchas cosas nuevas.  Tienes que aventurarte por bosques donde no has puesto un pie todavía ¿Te acuerdas de la primera vez que entraste al bosque? Estabas llena de miedo ¿Te acuerdas que después ibas, desde muy temprano, y no te querías ir? Bueno, basta de paseos.  Ahora también habrá cerros altísimos para escalar.  Ahora habrá miles de formas en tu entorno que te causarán confusión.  Ahora no estamos tú y yo solamente.  Eran tan plácidos aquellos tiempos.  Ahora te dejo sola en medio del mundo, y en las orillas del mundo. Ahora vas a viajar y tu cuerpo va a permanecer en tu lugar de origen. Vas a ver la semilla, echaras raíz, y brotarás en tu suelo.  Esto tú no lo vas a decidir, lo decido yo.  Serás Ceiba; serás agricultora, serás escritora.  Pero tienes que atenderme primero a mí.  Tienes que llevar a cabo lo que yo te pido que hagas para tu perfección.  ¡Pobre de ti! ¡Estas tan lejos de la perfección! Tienes que empezar por callar ¿No te das cuenta que expresas todos tus defectos cuando hablas?  Tiene que reinar la paz en ti, perdonarte y amarte; y tú no te perdonas y no te amas todavía.  Siéntate a escucharte.  Espera, naturalmente se produce la decantación de la impureza y el agua se aclara.  Bébela.  El foco tiene que ser la nutrición, hacia ti misma, y hacia afuera.  Quiero que puedas nutrir a cualquiera que atraviese tu camino.   Que aunque aun no hayan crecido, puedan ver tus ramas y respirar el oxigeno que das.  Pero no quieras sobresalir y ser el árbol más fabuloso sobre la tierra.  Que tu objetivo sea caminar, a pesar de todo, y aunque seas árbol. 



Friday, June 27, 2014

Migajas

MIGAJAS

I
El cuartito estaba en una calle del barrio obrero de la ciudad.  Abrí la puerta: cuatro paredes, muy cercas unas de las otras.  El lugar para esconderme durante el sueño.  Voy bajando los cinco escalones con la lengua por fuera, de prisa.  Las piernas recientemente dieron un último estirón.  Me arranqué el pelo de la cabeza mirándome al espejo.  Es temprano; me suda la sangre.  Voy a donde quiero ir en un estrecho recorrido.  Leo líneas en los árboles y en las páginas.  En resumen, no entiendo.  Hasta el viento me muerde, me desgarra la piel.  Me lleva de esta manera a los encuentros.  Para qué, no discuto.  Estoy sentada y callada: llegué.  Recibo una humillación: la primera.  No les gusta mi cabeza, las piernas sí.  Hablan fuerte entre hombres.  Yo miro la luz del sol que entró tímida por el marco de la puerta y está tirada en el piso.  La miro sentada sobre un cajón.  Recibo una segunda humillación.  La música suena mal, pero me gusta el ruido.  El ruido me es familiar, me contiene, me conoce.  La voz no me escucha, mi voz no escucha.  Oigo solamente las pisadas.  Una momia puede ser feliz.  Conservo descubiertas las pupilas.  La destrucción completa me sobrevive.  Alargo la vista, extiendo mis ojos. Hacen lo que hacen con la mirada.  Bajan los hombros con la mirada.  Se vuelcan a la vida.  Arremeten contra la vida.  Se pudren solos.  Cargo con estos pobres ojos.  El ruido les flagela, pero no lo ven todavía.

II

Los periódicos estaban puestos sobre el mostrador.  Yo miraba mi reflejo a través de la puerta de cristal de la heladera.  No veía a más nadie que a mí.  Me habían dejado sola.  Tuve que vagar para encontrar una heladera donde introducirme y conservarme.  Tenía intacto el sentimiento de estarme congelando.  Era una penumbra diferente a la soledad del bosque.  El estrépito tenía la virtud de ser comunicable.  Yo hubiera querido ser la camarada pero fui tan solo un estrépito versificado, mi propio estrépito.  Si alguien escupía, mis ojos atrapaban esa espesura. Intentaba reacomodarme con el aire salivoso envolviéndome.  También, de algún modo, era fuente de calor lo que veía.  Cuando la luz se desmoronaba por completo ellos se iban sigilosamente por las calles sin querer hacerse notar.  En nada cambiaba que anduvieran despacio o de prisa.  El asombro se los había comido y no tenían más hambre ni de un lado ni del otro ni con un significado en particular.

III

Mi nariz olía la hora en que el Camarada estaba por llegar.  Cansado de haber vuelto de un día pesado en la obra de construcción se sentaba en un cajón, a mi lado.  Sus pupilas volvían a expandirse como si fueran las de un niño y no de un viejo que sufría una mortal enfermedad.  Huesudo, largo y casi siempre agonizante.  Teníamos cosas que hablar mientras la sangre se revolcara.  Nos decíamos bajito las conversaciones; formábamos un techo con nuestras dos cabezas.  Era congruente el ritmo de una y otra respiración.  Yo quería pasar todas las tardes así. Pero cuando el Camarada enmudecía se cerraban todas las puertas.  Yo insistía al ver que se estaba enamorando de mí.  Me apuntaba con un fusil entre las cejas, porque estando él y yo solos podía hacer conmigo lo que quería.  Pero se extenuaban sus fuerzas al sostener cualquier arma, aún si esa arma hubiera podido, verdaderamente, derrumbar el edificio que nos veía dormir. 

IV

Subo los escalones mordiendo un pedazo de pan.  La luz se está apagando; relampaguea adentro del cuartito.  Caen rayos.  Me siento al borde de la cama y no miro por las ventanas.  Las cierro.  Tranco con mis ojos la puerta.  Termino el pan.  Lleno de migajas todo el piso.  Me inclino a lamerlas hasta que ya no queda ni una.  Durante horas, hasta el amanecer estoy lamiendo migajas de pan en el piso.  Me duele el estómago.  Me estalla la cabeza.  No quiero que amanezca otra vez.  Intento alcanzar un libro con mi mano pero mi mano no me responde y el libro no me responde.  Nada sube hasta aquí aunque el camino sea corto.  Me preparo para estar de pie y trabajar en poco tiempo.  Hay que lograr pequeñas cosas cada día.  Hablar como si nada.  Mirar como si nada.  Trabajar.  Si no tengo una mano, si no tengo dos manos, si no tengo manos.  Clavo mis rodillas en el suelo.  La puerta se abre sola.  Nadie busca llegar hasta aquí.


Thursday, June 26, 2014

"Y si despues de tantas palabras no sobrevive la palabra? Que se lo coman todo y acabemos." CV

Tío Paquito estaba muerto hacía tiempo, o lo que era vida en el tenia una forma y un sentido distinto a lo que mis sentidos perciben como algo viviente. ¿De qué se alimentaba él? ¿Por qué en el estomago el cáncer y no en otra parte? Con toda seguridad debía comer arroz y también carne.  Pero me pregunto de que se alimentaba Paquito, y por que los huesos succionaron las comidas para aferrarse a la piel.  Paquito dejo de hablar hacía muchos años; aunque recuerdo su voz, era de un solo color, como del color de la puerta de su cuarto, un crema tirando a marrón.  Alguna vez pude asomarme a ver que había adentro, y las cuatro paredes manchadas de tiempo, la camita en la esquina, el olor a cigarrillo y las colillas, coincidía a la perfección con los rasgos de una celda.  Tampoco Paquito salía de ahí.  Era como si hubiese inventado su propio útero, para estar en la vida y al mismo tiempo no estar; para ser Paquito y al mismo tiempo nadie.  Eligio quedarse hasta el ultimo día en casa de abuela.  Se quedo en ella como en una madre-casa abandonada.  Eligio no morir en sus brazos.  A mí nunca me abrió la puerta.  De modo que para mí el era esa puerta color crema tirando a marrón.  De algo, ahí adentro, se alimentaba, de arroz, de cigarrillo, y también debía comerse todas sus palabras antes que salieran sin la raíz que las había hecho germinar; se las tragaba mezclándolas al sancocho de palabras que se apelmazaba del otro lado de la puerta; a todas les metió el tenedor, el cuchillo y el diente.  Se jarto de nuestras palabras y se jarto de la palabra. 

Ahora derrumbaría esa puerta y daría mi mano a aquel que supo guardar silencio durante casi sesenta años; aquel, que a pesar de a veces responder, no dijo nada.  Vivió tal como no decía, fue continuamente sincero, nunca brinco de alegría, ni sonrió con placer, ni mostro ninguna ambición ni deseo por nada.  Todo lo que no dijo que iba a hacer no lo hizo.  Por eso justo en el estomago.  Tantas palabras que él no hubiera querido comerse jamás.  Cuantas miles de palabras durante tantos años las veces que salía de su cuarto.  El mundo eran palabras que su paladar aborrecía.  Por eso los últimos vómitos interminables; su cuerpo enfermo hablando sin parar, repitiendo gestos grandilocuentes; expresándonos su más profundo asco.

Wednesday, June 25, 2014

VIII

Nunca me preguntó dónde enterré al perrito.  Le habíamos nombrado
Padua por San Antonio.  Ese era el día del santo y por ser franciscano
simpaticé con él.  Luego Doña María me contó que San Antonio de Padua
le da marido a quien no tiene, y le dije a la doñita que intentáramos,
pero ella dijo que ya a estas alturas, y yo después recapacité.  El
perrito lo había traído hacía unas semanas, se lo regaló una paisana
amiga, y cuando lo vi carcomido por las pulgas, lleno de calvas todo
su cuerpito, y aquellas todavía linchándolo multitudinariamente, me
dieron ganas de tirarle a Doña María con el televisor, y que terminara
esa doble existencia al unísono.  Con la Barcina inmunda de sarna, con
la casa llena de ratas, con los gatos mugrientos y las tarántulas, con
el gallinero demandándonos maíz a cada rato, no necesitábamos otro
perro enfermo.
- Pero se va a morir- dijo Doña María- a mi todos los perros se me mueren.
- ¿Y por qué diantres lo recoge Doña María?- le pregunté.
- Vamos a ver qué pasa- dijo
Agarré al perrito por el pescuezo, lo metí debajo del grifo del patio,
lo rocié con detergente y lo restregué y exprimí como si fuera un
trapo.  Le dije a Doña María que se hiciera cargo.  Le di la orden de
no dejarlo morir, y de curar de una vez a la perra sarnosa  que entra
a la casa como si nada y si no es porque yo estoy ahí María es capaz
de sentarla un día de estos a la mesa para que le haga compañía.
- Haga que le pongan a esa perra una inyección Doña María.
- Es que no tengo dinero, mija- me contestó.
- No me diga usted eso Doña María que su poquito dinero se lo malgasta
en la estúpida colectividad de la iglesia ¿Es que usted quiere ganarse
un premio por su colaboración? ¿Qué anuncien por los altoparlantes del
pueblo que Doña María viuda de Carrasco es la persona que mayor
aportación hace a la iglesia?  ¿Por qué en su lugar no cura a su
perro? ¿No la quiere ver sanita, con ánimo para ladrar y tiempo para
vivir? ¿No es acaso su familiar más cercano, quien único en este mundo
le responde? ¿La tiene sometida a una vida de sufrimiento porque hay
que poner el dinero para la torta de la novena, para que los cerdos
feligreses engullan hasta el hartazgo y al menos por la torta vayan a
despedirse del muerto que se comió también todas la tortas que la
pobre Barcina…? ¡Y usted le sigue dando sopa! ¡Y el diácono gordo de
contento! Porque Doña María es una mujer responsable y cada domingo
tira al canastito su buen diezmo. ¡Vidrio tiraría yo Doña María, para
cuando vayan a contar la platita, zas! ¡Le están chupando la sangre y
usted le chupa la sangre a la Barcina!

Creo que le puso una inyección de mentira porque la perra está cada
vez más enferma, y cuando me dijo, ya desparacité a Padua, era otra de
sus patrañas.  Mi pobre viejita la beata, a veces le place
desobedecer.

Cuando agarré el cuerpito de Padua para depositarlo en la sepultura y
lo presionaba con los dedos y llamaba por su nombre una y otra vez,
por si acaso de repente me oía, y al acomodarlo finalmente y tirarle
la primera palada de tierra, no me acordé de ella, sabía que su muerte
me pertenecía.

Bolivia, 2013

VII

No ha habido manera de desterrar las ratas que corretean y entran por
los espacios descubiertos entre el techo de chapa y las paredes de
Doña María, a pesar de haber tapado con estuco todos los orificios.
Sucede que las ratas poseen el don de la planicie así como los pájaros
vuelan.  No hay intersticios ni rejas imposibles de transformar en una
puerta abierta.  Claman al unísono por la virtud de la presencia y el
ataque, ostentan del mismo modo el arma de la fuga.  Así que estamos
todas aquí féminas y supervivientes.  Pero siempre hay qué comer.  Si
no tenemos dinero nos fían yuca o papa en la venta.  Como es época nos
la pasamos chupando naranjas, limones, tomando te de ruda o de cedro,
cenando papaya de los árboles que crecen en el jardín.  Los árboles
son serenos y pacientes, otras plantas pierden la paciencia con más
facilidad; les hace falta huesos de madera y manos que puedan agarrar
y pegar.  Entre ellas Doña María es la más resquebrajada que tiene las
hojas.  Todas se quedan quietitas exhibiéndolas y María las muestra de
aquí para allá.  Las que no se ven ella las muestra también.  Cómo me
enferma Doña María con su enfermedad.  Yo la quiero clavada de
rodillas ante su Dios y sus santos.  La quiero ofrendando sacrificios
y devotamente orando.  La quiero de casa en casa desgastando la suela
de sus últimos zapatos.  La quiero en un atril en medio de la plaza
soportando el sol o el frío.  Hoy despierta y vuelve a atormentarme
con sus quejas, dice que nunca estuvo tan enferma y sé que he venido a
enfermarla yo exigiéndole que cumpla su voluntad con Dios, que de
muerte a la vida de todos los días que tiene entre ceja y ceja.  He
venido a enfermarla con mi creciente juventud que da tantos frutos
diarios como nuestros naranjos.  Ya se dio cuenta que no ha sido para
acompañarla que Dios me trajo hasta aquí ni para secarle lágrimas.
Estoy cargada de ideas violentas que conmocionan nuestras mañanas.  He
venido a golpearla como nadie nunca lo ha hecho.


VI

Esta tarde vino a la casa el Doctor Omar.  Doña María lo conoce desde
que era niño; es el hijo de Doña Irma, la dueña de la casa que todavía
hoy va a limpiar.  El Doctor Omar quería cincuenta de nuestras naranjas.  Yo estaba
recién bañada, fresca, y me había puesto unos pantalones cortos porque
hacía calor, el pelo se me había secado con el viento y le quedaron
unos bucles preciosos.  Fui a ayudarlos a cosechar y como en ese árbol
las naranjas están altísimas, me trepé por los troncos con el gancho
en la mano y desde allá arriba las dejaba caer.  Sabía que el Doctor
Omar me miraba las piernas y que yo las lucía de ese modo sólo porque
era el Doctor Omar; el mismo que deja esperando horas en su oficina de
médico a Doña María.  Esta tarde estaba juguetón y ella juguetona.  Se
reía de cada cosa que decía el Doctor y él decía cosas como que las
naranjas eran sosas y que esos ganchos eran de viejita.  El Doctor me
preguntó mi nombre y lo repitió como exprimiéndole el jugo.  Yo me
bajaba del árbol con la sostenida conciencia de que él era el Doctor
Omar, que había llegado en ese auto y visitado muchas ciudades.
Cuando le preguntó a Doña María cuánto le debía por las naranjas ella
le dijo que nada, Doctor. ¡A nosotras todo se nos rompe y María
regalando gallinas y naranjas!  Yo que sólo pensaba en todo lo que nos
debía no solamente por las naranjas.  Pero lo dejamos ir.  Antes se
acercó a mí y nombrándome me extendió su mano con una tarjeta que
tenía impreso sus números de teléfono y dijo que llame para lo que
necesite.  Debajo del nombre decía: cardiólogo; y mi corazón él no lo
puede curar.  Pero guardé bien la tarjeta  que su mano nunca extendió
a Doña María.

V

Sentí unos pasos que avanzaban hacia mí, era de noche y yo iba
caminando por una calle del pueblo mirando la luna.  Los pasos se
apresuraban y de golpe, se detenían; volvían a apresurarse y volvían a
detenerse.  Pensé que debía ser Doña María que también había salido de
la casa para asistir a una reunión del Divino Niño.  La vejez le
habría hecho detenerse para tomar aire y descansar.  Pero cuando me
volteé a mirar, intrigada ya por saber si era ella, vi la joven
silueta de Scarlett. La esperé y nos unimos en el camino.  Ella se
quedó en silencio y yo también.  Me había visto leyendo en la plaza.
Patrullaban por el pueblo niños vestidos de policía.  Me contó que
habían pandillas que entraban a las casa a robar y que de la escuela se
habían llevado todas las computadoras.  A esos niños los estaban
entrenando para asirlos a la fuerza.  Ella me preguntó si yo no tenía
miedo de andar sola y le dije que últimamente me asustaban los perros
salvajes en las calles oscuras.  Además, le conté del episodio que más
pavor me había generado durante mi estadía en el pueblo.  Yo estaba
sentada, leyendo un libro de poesía a la vera de un camino y una
motocicleta frenó frente a mí.  Había un gordo policía sobre ella que
me preguntaba de dónde venía, a dónde iba, y al mismo tiempo me
invitaba a salir.  Yo evadía el cuestionario diciéndole que estaba muy
bien en compañía de Whitman.  Pero de igual modo me sentí presionada a
pararme y seguir otro camino.  Scarlett puso una cara como esperando
que contara qué fue lo me ocasionó pavor.
Ya estábamos en la esquina de la casa de Doña María y la invité a que
pasara porque tenía dos blusas que le quería regalar.  Ella entró al
cuartito y se quedó mirando los libros y papeles, pero sentada y con
ambas manos metidas entre las rodillas.  Empecé a rebuscar en la
mochila hasta que encontré las blusas.  Eran del estilo que a ella le
gusta, bien escotadsa y modernas.  Cuando las tuvo en sus manos las
miró con indiferencia y las dejó caer en su regazo.  Yo seguía de pie
y Scarlett sentada.  Fue como si ella hubiera estado ese rato  tomando
aire y descansado  para volver a correr.  Me miró de arriba abajo como
siempre hace, como hace su mamá, y su hermanita.

- Mis amigas dicen que tú eres como una hippie- dijo
-¿Y eso es malo?- le pregunté
- Es horrible

Cuando dijo es horrible su ceño se frunció, el rictus de su boca
cambió, había alzado el brazo como si me apuntara con un arma.

- No te sabes vestir- agregó con un tono de voz que rayaba el grito-
No te peinas…Mis amigas dicen que caminas así…A ver, ¿qué más sabes
hacer que estar viajando por ahí?…¿Cómo vas a ganar dinero?…¿Es que no
has aprendido nada en los lugares donde has estado?

Scarlett estaba verdaderamente furiosa; yo le dije que saliéramos, que
quería caminar un poco más.  Ella me esperaba en la calle cuando yo
cerraba la casa de Doña María y como vi que su cuerpo se inclinaba
hacia la derecha, di mis pasos hacia la izquierda.

-¡Vamos por acá!- me instigó

No contesté nada, pero hice un gesto con la mano, despidiéndome.



IV

Tiene cuarenta y seis años más que yo y todavía llora.  Esta mañana
también lloró mientras tomábamos café en la mesa de la cocina.
Siempre se alza los lentes y seca, primero la lágrima de un ojo, y
luego la del otro.  El tema del desconsuelo es la soledad; pero el
desconsuelo de cada día tiene motivos diferentes.  Luego de setenta y
seis años de creer devotamente en un solo Dios todopoderoso la muerte
le parece algo brutal, y la inmortalidad del alma en la vida eterna no
le significa una ofrenda del propio ser  hacia la unión plena con lo
esencial; en su lugar, se apega mortalmente a las cosas de este mundo.
 Tal vez, ni las ratas que entran en su agujero se resignaría a
perder.  Hace unos días me mostró un armario grande, con vitrinas,
encerrado en un cuartito, donde tiene guardados y expuestos solo para
ella, pequeños objetos que ha ido acumulando a lo largo de la vida.
Cada uno es precioso a sus ojos.  Doña María dice que si alguien viene
a pedir comida, ella no lo piensa dos veces, lo que tiene se lo da.
Pero estos objetos que duran más que una vida sé que no los daría a
nadie a cambio de nada.  Los objetos la impulsan a seguir viviendo;
con su compañía puede desafiar simultáneamente tiempo y materia.  La
diminuta mujer china encabeza la carrera.  Doña María ha adoptado
algunos rasgos de ella y da pasitos cortos chinos pero rápidos, cuando
sale al pueblo.  No sé cómo con las gallinas que cría asume una
actitud diferente y luego de hablarles tanto y de quererlas, igual las
descogota y se las come.  Me pregunto si no será el miedo lo que ha
traicionado su voluntad de preservar las cosas y personas queridas (o
de terminar intercambiando con la vida personas por cosas).  Los dos
maridos que tuvo murieron precozmente.  El mandamiento que sirve de eje
a los demás dice: Temerás.  Doña María no se atreve a mostrar los
brazos ni aún cuando el calor abrasa.  Pero sí se permite enamorarse.
Es una niña que quiere divertir el corazón.  Le cuesta aceptar que
sólo Dios la acompaña, y no hallar en él la sensualidad, ni en San
Jorge,  ni en San Francisco.  Tal vez por eso le gusta tanto cocinar a
leña, la rudeza de los troncos, estar cerca del fuego, mirar el fuego.
 Cuando la última llama se apaga ella debe llorar por dentro.




III

Fui a pedir cobijo a la iglesia del pueblo, como resultado estoy
viviendo con Doña María; todos la conocen como Doña María viuda de
Carrasco, y a Carrasco nadie nunca lo conoció porque ella llegó a
Monteros cuando él ya estaba muerto.  Era de noche la primera vez que
nos vimos.  Siento que María hubiera tenido una vela agarrada de las
dos manos mientras sus ojos me imploraban.  Después de tres palabras
caminamos hacia su casa.  Para cortar camino fuimos por la cancha y
María prendió la linterna.  Era una linterna.  La casa en una esquina,
su perro con sarna nos recibe, y tres enorme lámparas en la entrada y
bajo el gigante árbol de tamarindo.  Después de recorrer el pueblo
durante semanas no he visto casa tan iluminada como la de Doña María,
debe ser ella quien tiene más necesidad de la luz.  Luego de abrir el
candado del portón, entramos en su pedazo de tierra.  Cuando encendió
la lámpara de la casa vi con un tinte borroso un montón de cosas
aglomeradas en cada rincón: bolsas, cajas, gatos,  y una multitud de
trastes, tarros, cacharros, volcados, puestos, tirados por  todos
partes.  Adentro seguía oscuro; esa lámpara no debía funcionar bien.
Nos sentamos en torno a la mesa y en el
pequeño espacio que quedaba para apoyar algo  Doña María puso un plato
con un pedazo de papaya que brilló de anaranjado y contra ese
resplandor volví a ver los ojos de Doña María; me parecía tragar
partes de ellos en cada bocado, hasta que me comí toda la papaya y
sentí que se me revolcó el estómago y no tenía ganas de ponerme de
pie.  Pero debía acompañarla a una novena porque alguien había muerto.
 No había más de cinco personas en aquella casa, una mesa con flores
muriéndose y una fotografía ampliada del muerto.  Yo quedé entremedio
de Doña Juana y Doña María.  No sé cómo apareció el tema del hijo de
la última y esa fue la primera vez que la vi llorar.  Cuando dieron
las ocho y media y no llegó nadie más sacó su librito de oraciones,
empezó a rezar, y los otros contestaban los rezos.  Yo miraba el piso,
con las manos enlazas atrás, y los labios sellados.   Al terminar la
novena regresamos lentamente hacia su casa, y allí María me abrió la
puerta del cuartito que había sido de su hijo.  Colgaban de dos clavos
una máscara negra y otra blanca de dos albañiles que habían dormido
ahí durante un tiempo hacía unos meses atrás y desde entonces el
cuarto no se abrió más.  Una lona azul cubierta de polvo y tierra
estaba desparramada sobre la cama; en el piso y sobre la mesa había
bolsas de estuco y cemento, dos sillitas de niño y peluches viejos.
Saqué solamente la lona azul, metí también mi mochila en el cuarto y
me senté al borde la cama apretándola con las manos y mirando.



II

Iba en dirección a la terminal de ómnibus esa noche, pensaba que mis
primeros sueños en Bolivia se iban a producir ahí. Caminaba con la
mochila a la espalda al costado de una avenida completamente oscura,
me faltaban algunos kilómetros para llegar y ya estaba muy cansada. La
lluvia hacía más largo el camino. Pasó un camión, me silbó con la
bocina y paró más adelante. Quería que me alcanzara hasta la terminal.
Cuando llegué donde había estacionado vi al chofer desde el otro lado
de la avenida asegurando cada una de las ataduras de la lona que
cubría la carga. Crucé la calle y al tenerlo de frente le pregunté a
qué distancia estaba de la terminal. “Te llevo”, me dijo. Cuando
terminó lo que estaba haciendo subimos al camión. Era más lujoso que
cualquier casa en la que hubiese estado desde hacía mucho tiempo. Era
la casa de Dixon. A los pocos minutos supe que tenía que descargar en
Santa Cruz. “Yo necesito llegar a Santa Cruz”, le dije. “Te llevo”,
contestó. “Pero las rutas están bloqueadas porque hay paro.” Ya yo lo
sabía. “Esta noche dormimos en el camión y seguramente mañana a la
noche salimos. Ahora vamos a tomar té.” Marcó un número en su celular
y sacando la cabeza por la ventana decía: “Grandote, préstame
doscientos bolivianos, ando con una amiga que acabo de conocer.” Dixon
era todavía un muchacho. Llegamos al lugar del té y la señora y la
hija estaban envueltas cada una en su frazada mirando una telenovela.
“Doña”, dijo Dixon, “sírvame tres tés”. El tercero era para Grandote,
que entró en ese momento por la puerta. Nos sentamos los tres y a cada
rato a ellos se le pegaban los ojos en la telenovela. Grandote se veía
con frío y yo temblaba. Me preguntó que qué hacía en Bolivia y le dije
que andaba viajando. Cuando acabamos el té nos fuimos. Llegamos a una
guardería de camiones. Ya los choferes estaban durmiendo a esa hora.
Grandote también llegó en su camión; otro de los de Dixon; Grandote
era su empleado. Había llegado el momento de poder cerrar los ojos.
Dixon me dijo que abajo, con él, no iba a pasar frío. “Duermo arriba”,
le dije. Ni bien amanecía ya estaba bajando de aquella tablilla y me
acomodé en el asiento del pasajero. Atrás estaba él, tenía los ojos
abiertos y jugaba con el celular. Me nombró y me volteé, empezó a
hablar lento y no escondía el objeto de mi vista. Quería que me
acostara con él, saber cómo era estar con alguien como yo. No le
contesté inmediatamente porque me quedé pensando en lo que me hacían
sentir las manos que me tocaron por última vez. Después le dije que
no, y él preguntó por qué. No le dije por qué.

Salimos del camión, no había nada que hacer allá dentro. Afuera ya
estaba despierto Grandote y unos diez camioneros más. Ya tenían
notificado que esa noche no saldríamos para Santa Cruz. Dixon no me
quería mirar, pero todos los demás sí. Al poco rato empezaron a jugar
billar y apenas más tarde llegaron las primeras botellas de vino. Uno
que le decían “El Tío” me sirvió un vaso. Vi cómo Dixon se tomó el
suyo de un trago. Grandote bebía más despacio y su cuerpo hacía pocos
movimientos. Llegaban más camioneros y más vinos. Dixon se abalanzaba
sobre sus vasos. Al poco tiempo se le había subido todo a la cabeza.
Lanzaba gritos de victoria por sus jugadas y usaba el palo de billar
como si fuera otro brazo; el que dirigía los aspavientos.
El reloj estaba a punto de marcar las doce, y unos mandaron a otros a
buscar no sé cuántos kilos de carne. Mientras tanto iban y venían
decenas de botellas más y cuando llegó la invitada de honor trajeron
una parrilla cerca del billar y dos camioneros se encargaban de hacer
el fuego y cocinarla. Dixon agarró las llaves del auto de alguien y
también lo trajo, en reversa, frenando y acelerando, y lo acercó de
espalda al billar. Abrió la puerta del baúl y puso cumbia a todo
volumen. Bailaba con una sonrisa que parecía haberse equivocado de
cara. De vez en cuando me miraba y yo levantaba la cabeza buscando el
cielo. Su apetito se hacía voraz. Agarró del fuego un pedazo grande de
carne cruda que recién habían puesto, lo metió entre dos panes y se lo
empujaba en la boca porque no le cabía. Después hizo lo mismo tres o
cuatro veces más. Luego no me volvió a mirar y se fue como pudo a su
camión. Grandote se sentó a mi lado, estábamos sobre un tronco. Me
dijo que mejor sería que durmiera esa noche en su camión. Los demás
seguían comiendo y bebiendo y ya todos se habían transformado, como el
día que devenía noche. Dixon dormía. Yo me fui al camión de Grandote,
y me quedé pensando. Después él llegó. Ya íbamos a dormir. Su camión
no era tan lujoso, aunque estaba bien. En la cama él se acostaría de
un lado y yo del otro. Pero Grandote me detuvo cuando me iba a
acomodar y de su bolsillo sacó un billete de cincuenta bolivianos.
“Vas a dormir mejor en un alojamiento del centro. Estos canallas
quieren abusar de ti. Ya nos vamos a cruzar.” Entonces tomé el dinero,
agarré la mochila, y nos dimos un abrazo.

Hechos de pedazos

I

Su nombre era Simona, y murió tirada en una zanja como un perro, murió muerta de frío, borracha y extenuada de tanto caminar.  La recuerdo con una claridad, con una fijación que desmerece la calidad de recuerdo que me he formado sobre otras personas, queridas, besadas, tocadas.  Simona es solamente un personaje del cine francés.  Ayer, en un momento cuando caminaba, giré la mirada hacia un costado y en mi reflejo a través de los cristales, la vi a ella.  A mi me abrigaban capas sobre capas; amarillo, verde, anaranjado, violeta; muchos colores como los de las frutas de Bolivia; donde ando.  Yo vestía una pollera, medias largas y zapatos.  Ella tenía jeans, una americana negra, la piel blanca, pálida.  Mi paso era lento, la pisada suave.  El suyo era un paso brusco, desposeído.  Nuestro cielo era igual de gris, la misma soledad.
Sus ojos duros quedan abiertos sin pestañar.  Tenemos la misma edad.  Una juventud que ya se ha escapado.  Sus palabras no dicen nada.  Simona no sabe responder.  Anterior a la respuesta, ella no sabe.  Hay una mujer que se ha subido la mochila al hombro y empezado a andar.  Camina sin recuerdos y sin anhelos.  Ese es el rostro.  No hay una ocupación del pensamiento.  No hay un lugar donde querer llegar, ni aún, imaginándolo.  El estímulo rechaza el nervio.  No hay sonrisa.  Hay que divagar primero antes de encontrarla en lo acontecido.  ¿De qué modo estuvo entre nosotros? ¿Qué nos provocó? ¿Cómo la interpelamos? Y con qué gusto.  Qué parte constituye Simona de nuestras hazañas, de nuestro asco.  Por qué se cruzan dos en el camino.  Cómo llega a ser símbolo lo que parece solo una imagen.
Hay una operación a la inversa que la conduce a la acción, la moviliza.  No hay nada que Simona quiera ver, o hacer, o decir.  Sin embargo, quiere decir más de lo que puede, hacer lo imposible, verlo todo.  Es la voluntad el valor que en más alto grado la sostiene.
Hay en Simona un acto de desaparición evolutivo.  Un olvidarse de sí misma como un acto supremo del recuerdo de sí.  Buscar ser es desapegarse de la intencionalidad como motivo, del propósito como argumento.  Simona rebota, en cuanto al movimiento, contra los márgenes más allá de los cuales se aleja desde su marginalidad.  Va a parar al fondo de la intrascendencia por medio de una dilatada precariedad.  Todo en ella corre hacia otro lugar donde no existe la existencia.  Y se va quedando así, Simona, aunque casi sin nombre, sin ni siquiera el nombre para abrigarla o contenerla.  Es su voluntad sobre la vida y sobre la muerte lo que confiere una identidad.  Esta tensión se vuelve soberana del carácter, deshace el tránsito promisorio, congela la raíz del esfuerzo, vulnera con sus garras el desierto de la medición.  De modo que se va volviendo perro, de aullido extravagante pero sin voz.  Vagó, desde el dedo más pequeño hasta la ínfima noción desconocida.  Mordió indulgentemente hasta destrozarlo, el cuerpo prosaico del alma.
Ella me mira a través del cristal y descuartiza mi percepción de mí misma, hace pedazos mi visión del cosmos; se burla de mi sonrisa, se ríe de mi esperanza.
2013

Tuesday, June 24, 2014

Cuando Lilí  apareció hice retornar de inmediato la mirada a la aguja y el hilo.  Muy pronto sentí su sombra encima de mí.  Miré sus pies sobre los adoquines del callejón.  Llegué a su rostro.  Era un tejido de alpaca, de un hilado de manos bruscas aunque hábiles; de malas terminaciones pero de puntos únicos y bien dispuestos en una red de tonalidades que llegado a un punto, traslucía agua y tierra en las debidas proporciones.

- Qué lindo tu trabajo, me gusta-
- Gracias- contesté
- Yo canto-dijo
-¿Con algún instrumento?
- Una pandereta, al menos es algo.
- ¿Qué cantas?
- Música de estas tierras.  ¿ Donde están los hippies? -preguntó.
- No sé, yo estoy sola, pero hay más artesanos allá abajo.  Tal vez te puedes quedar con ellos.

Lilí sonreía como preludio de una canción rota, mordía el pan como si fuera vidrio, y babeaba.

-¿Quieres?- me alcanzó un pan.
- No, gracias
Saqué una pera del bolso.
-¿Quieres?
-Sí, gracias

Extendió la mano y como en un acto de magia apareció una serpiente enredada en su cuello, que suplicó con voz de niña.
Saqué otra pera.

-Vine a probar suerte.  Ya debe ser la hora de almuerzo-dijo.
- Te puede ir bien por los restaurantes o en la plaza del mercado- le dije para que se fuera.
-¿Vamos? -exhortó a la serpiente, y siguió camino hacia la plaza.

 Cuántas miles de peras pudieran merecer los cantos de  Lilí?


Puro no regresa.  Cómo iba yo a saber que su ausencia me causaría tanto dolor.  Creo que lo escucho, llorando entre la madeja, gritando en los tejados, pero me equivoco, ni siquiera conozco su voz, nos conocimos ayer,  y hoy ya no está, no regresa Puro.  Lo trajo Pedrito, llegó montado en su potra, Mariposa.  Lo tenía en una mano y me lo dio.  Pedrito es el niño más puro que han visto mis ojos, y así lo nombré al gato.  Era tan chiquito que tuve miedo, no sé, de que se muriera, de no saber nutrirlo, ni cuidarlo ¿Dónde crees que pudo haber ido?
Rezo a San Lorenzo, y por si acaso, a San Cayetano. 
Apareció entre las ramas de espinas de las rosas del jardín.  No debo asustarlo más, nos entenderemos de otro modo. Poco a poco me perdona.  No he sido castigada por Dios, al contrario, es un nuevo regalo dotado de símbolos.  Jugamos en la tierra, somos igualmente contemplativos.  A ambos nos gusta recibir en la cara los rayos de sol, y quedarnos quietos.  Puro observa el mundo desde mi trapecio; yo indago paso a paso su naturaleza.  Pedrito debe estar galopando en las arenas a orillas de la playa.

Monday, June 23, 2014

No me perdono lo que hice con las plantas de maíz.  Ya habían crecido mucho.  Estaban tan altas que parecían palmeras en proporción a las dimensiones del jardín.  Ellas presumían el gesto más elevado de la belleza interior.  Se erguían en el centro de mi íntimo paisaje.  Puro y Lua jugaban ahí  dentro cual si fuera un bosque originario  Las luces del día las vigorizaban y distinguían.  Ante el viento eran férreas; en la noche no dormían. Pero no daban fruto, y nunca iría a brotar de ellas ningún pequeño maíz que uno pudiera ver crecer para nutrirse luego.  Consideré que su crecimiento no tenía sentido.  La belleza me ciega; desproporciona las cualidades del alimento dentro mí.  Me envicia sin poder integrarme a la sustancia.  Las arranqué una por una de raíz.  Tanta belleza me asfixia. Las junte contra el cerco de la huerta, y cuando Puro llegó, en ese momento, y miro hacia arriba, y miró hacia abajo, y vió la tierra oscura expidiendo olor a muerto, y cuando encontró la fosa común, y fue hasta ahí desesperado, pisando restos de preguntas, presionándolas para levantarse, y volvía al lugar de la tierra, y regresaba al lugar de la muerte, supe que había cometido un crimen que ha de merecer un sacrificio a su altura. Yo que no he dado ningún fruto, no quisiera que me agarren y me jalen por los pies.