No sé
por qué le dicen Grillo, capaz que cuando chico se la pasaba saltando y tenía
otra idea del futuro, allá lejos, contento, en los tiempos de su infancia en
Santiago, con campo y familia. Ahora está en la bacha, siempre está ahí,
fregando ollas, platos, vasijas, cualquier cosa. Hay un hueco que separa el
salón de la cocina, ahí está Grillo, su silueta de costado, moviendo sólo las
manos o sólo los dedos, parece lento, parece que inclusive no hace nada, que es
mera presencia, pero lo mantiene todo al día. Por ese hueco nos sacan los
platos con la comida lista, caliente, sabrosa y nosotros le devolvemos los
platos por ahí mismo a Grillo cuando ya están consumidos y sucios; el mínimo
pedazo de torta de chocolate, las últimas tres gotas de la gaseosa, las migas
de pan, las ganas de vomitar se las dejamos a Grillo y encima también le
tiramos tapitas, papeles, corchos, pelos. Todo muere ahí entre sus manos, con
su silencio. Pobre Grillo, que hay que intentar saludarlo un poco más de tres
veces para que responda, para que suba la cabeza hasta la mitad y uno se
encuentre con sus ojos y no sepa qué hacer . Como siempre está en la bacha
parece que la cabeza se le quedó colgando de frente al desague, ya no mira
hacia adelante, como la gente, es Grillo.
Buenos Aires, 2009
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