Estábamos
en el furgón del tren a Tigre y en la segunda parada, en Belgrano, subió ella
con su bici. En el furgón éramos como diez con nuestras bicis. La mía es una
playerita azul, vieja y sucia, muy usada y maltratada. La de ella era una todo
terreno, blanca, con unas súper ruedas. Cómo me carcomía la envidia. Yo me le
quedé mirando un rato, pero no tanto por la bici sino porque ella me parecía
hermosa, pero visiblemente enojada con la vida. Era flaquita, atlética, alta,
con una piel lozana, morocha, con el pelo corto y atado. Cuando subió al tren
venía escuchando música de su ipod. Irrumpió en el furgón con su bicicleta para
acomodarla donde quería. Me dijo: “¿Bajás en la próxima?”, “No”, le dije, y
pasó detrás de mí y del otro, hasta que llegó al lugar que buscaba. Ahí se
apoyaron la bici y ella contra la pared. Escuchando la musiquita se puso a
revisar su celular y de pronto, leyendo un mensaje de texto, le salió una
sonrisa, se chupó el labio de abajo, se lo apretaba con los dientes y se quedó
un ratito contenida en ese gesto. Seguro era el chico que le gusta, le envió un
mensajito y ella se puso re contenta, no lo pudo evitar.
Buenos Aires, 2007
Buenos Aires, 2007

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