Me viene a cada rato el verano, fue como un
relato de Pavese. El Hermoso Verano, así se titula una novela, donde
la muchacha trabaja en un obrador y se enamora de un pintor que desgarra su
figura desnuda cuando llega el invierno y el frío la carcome. Aunque las mujeres de
Pavese siempre tienen poca materia intelectual; son muy débiles en apariencia,
o muy fuertes en apariencia; están como enfermas de deseo, casi muertas;
friegan los platos, trabajan, pasean o compran, se emborrachan sin saber por
qué, bailan como idiotas, se alegran como idiotas. El verano no consuma
su ilusión de verano, el sueño de la felicidad; pero las pone en riesgo de
vida, se sustraen al presente y están obligadas a sentir, perdiéndose para
descubrir algo, son trastocadas por el designio del sol. Pavese
regresa al verano como a un lugar mítico, se la pasa mirando al cielo de día o
de noche; camina por las calles de la ciudad hasta encontrar una fuente, las
casas, el amanecer; o anda por el campo todo oscuro bajo la luz de
la luna. Le importa tanto si es invierno o verano, si
está solo o en compañía. Su solitariedad es más vasta que los
vínculos íntimos con la gente, es el terreno donde labra el intento de
comprensión y necesidad de autonomía, pero asimismo lo doblega el ánimo, la
transida emoción, el enmascaramiento del mundo a partir de los hechos que no se
dejan asir en cuanto símbolos y significados. Le niega a la mujer la
actitud contemplativa porque se aferra a ese dominio como lo único verdadero de
sí, volviéndolo un ámbito impenetrable a esas tramas que se le ocultan, pero
que, sin embargo, percibe como si hilvanaran su propia piel. Pavese
no sabe querer sino a través de la nostalgia, el presente es un nudo que
aprieta la claridad. Mi verano se distancia de esa condición
pavesiana que consideraba inmanente en mí, sentí por las
personas un genuino afecto mientras los miraba ser, o estando cerca,
vivenciando de las maneras como hoy me es posible.
2012

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