Las primeras aventuras del entretenimiento las
realicé junto a mi hermana. Por ser ella
mayor, nunca tuve la oportunidad de elegir mis propios juegos. Recuerdo vueltas
en bicicleta sin poder salir de las calles de la urbanización, tontos diálogos
con las muñecas, el escondite dentro de la casa. No tengo idea si mientras jugaba yo sospechara
algo acerca del giro que tomarían las cosas o cómo me proyectaba con
insistencia, porque sé que había prisa por crecer y andar sobre dos ruedas por
todas las calles desconocidas.
Le va a suceder lo mismo otra vez. Recibí un mensaje ayer, donde dice, que va
para la playa a pensar sobre ciertas cosas que, por lo que se entiende, están
atormentándola. Pero yo no me la imagino
en la playa sentada y pensando, sino de un modo diferente. Ahora, como ayer, está a punto de tirarse en
la manta, y soñar. Hace mucho tiempo
dejé de querer ser como ella; inclusive, recuerdo, cuando me invadió la
tristeza de no querer ser ya más como ella.
Al parecer, luego de tantos días de lluvia, hoy es un día de playa. De cualquier manera, no estoy ahí.
La falta de dinero aumentó desproporcionadamente
las distancias. Cuando ella se despide
del mar y regresa a su habitación, ya no recuerda donde estaban puestos sus
pies.
Quiero seguir mirando para allá, es el mismo
horizonte -debe serlo-, mas sin embargo, la vista me la tapan cerros y
volcanes.
Estoy creciendo en otra parte, lejísimos del
lugar donde nosotras nos empezamos a mirar por primera vez. Aquella casa donde vivíamos -lo recuerdo-
estaba llena de cucarachas. Durante la noche
hacían fiesta en la cocina. A mí, me
producían un asco terrible y además, me llenaban de vergüenza, haciéndome creer
que nos convertían en gente más pobre.
No sé qué estaba pensando ella en aquellos tiempos, ni qué tipo de odio
se le agrandaba adentro para luego desembocar en mi cuerpo. Teníamos más o menos, trece y catorce años.
Tantas veces al salir de la escuela y esperar en
la terminal de guaguas yo me quedaba contemplándola como a un cuadro. Carolina se sentaba siempre en el mismo
banco, y espantada por el sol se cubría con un brazo la cara y doblaba la
espalda de un costado, parecido a un libro que se estuviera cerrando. Yo sentía que ese silencio donde ella
permanecía tenía un poder que ejercía sobre todo el ambiente. Luego, cuando iba a la terminal sola, veía
que la música, el ruido, las habladurías de la gente, era un ámbito donde ella
no tenía intención de penetrar.
Ella me hablaba a través de la imagen que dejaba
caer en el piso con indiferencia. Hasta
ahora no sé qué le molestaba tanto, por qué mi voz le parecía insultante y qué
ella comenzaba a notar de mí cuando estaba entre la gente.
La terminal de guaguas era, desde mi punto de
vista, un gran escenario, donde a las dos de la tarde yo tenía la oportunidad
de asistir. Ya desde la salida de la
escuela iba saboreando por el camino de la calle el humo que desataban en el
aire los motores de los autos y que salía de las hornillas de comidas fritas en
aceite que despertaban mi paladar. Me
gustaba estar fuera de casa. Yo no sabía
para dónde iba esa gente que se aglomeraba en pleno movimiento, ni tampoco
hacia dónde iba mi hermana
Día a día, volvían los mismos rostros. Yo ponía cara de que los entendía para poder
estar de su lado. Los miraba muy seria,
pero al centro de los ojos. Me sentaba,
en ocasiones, un poco distante de ella, para verlos con claridad. La
necesitaba, pero la necesitaba de mi lado y del lado de la gente que
empezábamos a conocer y a saber que existía.
Mi
hermana esperaba que la guagua llegara para irnos de ese horrible lugar. Tenía las monedas listas en la mano, y un
semblante transformado por el tedio. Ya,
con dos bancos entremedio, comenzaba la historia de nuestra separación. Me doy cuenta que las palabras revisten mejor
su significado si han sido puestas a disposición de los hechos en algún momento
de la vida. Hoy yo también quisiera
sentarme frente al mar, en la playa. Al
menos a mí me vuelve muy para adentro.
Carolina nunca estuvo de otra manera, pero por alguna razón no ha dado
con el motivo para romper el hielo y expresarse. Yo sé que tiene algo que decir –y no sólo a
mí- que nos dejará con la boca abierta y hasta temblando. Debe haber, con seguridad, una verdad no
revelada; una verdad que no se remite a un hecho si no a un estado de su
imaginación que ha ido profundizándose a lo largo de sus noches. Su hermetismo es llave de un tesoro sin
destinatario. No ha sido suficiente para
ella el temor hacia mi causado durante el sueño, con su mano apretando la
mía. Le parecí muy poco interesante como
para caminar las dos, contándonos cosas bajo la luz del día y al contrario
prefirió enterrarme en la arena, cientos de veces, cavando el hoyo con sus
propias manos.
Si nos
encontráramos hoy en la playa, qué pasaría.
Tal vez, iremos corriendo una hacia la otra para fundirnos en un abrazo
prolongado o fingiremos una sonrisa, sin saber, claro, que sólo fingimos. Pero no habrá espacio para no detenernos en
el lugar de la otra. No se comprende lo que quiere decir esto. Hasta dónde yo dejé de ser como ella, y ella,
a su vez, desde cuándo se pareció más a mí.
Ahora
se desata adentro mío un grave estado de ansiedad. No soy capaz de regresar, de permanecer
esperando, como en la terminal, y sentir o creer que las diferentes formas de
la gente alrededor, los medios que utilizan para aparecer, la advertencia que reclaman
los ojos, el hilo invisible que los une y hace distinguir dentro del espacio,
puede sugerirme un modo nuevo de estar entre ellos.
Tengo la boca sucia y pegajosa, la experimento
de esa manera cada vez que debo responder.
No sé cómo estando tan juntas y habiendo salido a la superficie casi al
mismo tiempo, no tuvimos la posibilidad de alimentar una a la otra; sino que,
al contrario, nos dejamos consumir por idéntica hambre.
Yo me sumergí en el mundo pocos años después de
haber conocido ese ámbito de mi ciudad.
Al menos, me daba la impresión de que la acción que tomaba era
consciente y que el argumento radicaba en la necesidad de esclarecer
confusiones entre los relatos que configuraban mi apertura al pensamiento. No, yo hubiera querido que fuera así, es
decir, ahora pretendo tener una explicación original para todo lo que sucedió
después.
La
ventana que está frente a mis ojos tiene un pedazo de tela roja, como un velo
que no permite aflorar los recuerdos con todo su potencial de luz. Tanto rojo hace que me deslice, más bien, por
los lugares ensangrentados de la memoria.
Fui yo quien decidió irse de casa primero. Me despedí de las cucarachas y el vacio
intelectual que reinaba allá dentro.
Pero no por eso adquirí mayor posición de espíritu, ni de ninguna otra
cosa.
Se
llama adicción esa ausencia de compromiso con la vida. No sé cual de las dos ha sufrido más. La amabilidad del entorno donde crecimos no
permitió que de nuestras manos surgieran las garras que íbamos a precisar para
rasgar el velo. Yo también siento el
impulso de estirarme en esta cama y soñar.
Las noches ya no están llenas de escarchas que
son como mariposas que vuelan, ni estamos juntas para atraparlas y sentirnos
tranquilas cuando al pestañar, vemos que aparecen otras y más luminosas.

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