Mariano quiere que relate las cosas como son,
no en vista de los sucesos tal como sucedieron, pero logrados a partir de haber
sido prensados bajo una eficiente máquina.
Puedo elegir una fecha cualquiera, encontrar un nudo argumentativo, una profunda
queja, un ensimismamiento prolongado, o una noche turbulenta, un choque, una
pierna rota; escoger el momento en que la pierna se rompió y dejé de andar, aquellos
tiempos cuando me pa-ra-li-cé. Puedo
pensar un poco más activamente, ser menos conformista con el impulso creativo,
hurgar un tanto más, intentar agarrar la vena, jugar a que la eludo y sin
embargo, al final, la pincho.
Mariano, que es un joven intelectual de este
siglo, me pide que someta mi experiencia a los contornos de la escritura, que
la vea camuflarse y coquetear inclusive, con la muerte. Yo creo entender lo que me dice, pero se
trata, en cada caso, de volver sobre las pretensiones que han acobardado uno
tras otro, uno tras otro. Y eso es lo
que sucede, finalmente, que no estoy segura de hasta dónde puedo llegar, no sé
si decir “casa” o “familia”, tampoco eso, por dónde empezar. El debe tener más claridades que yo, a pesar
del entorno de cosas lúgubres y campanas lúgubres y lámparas y posesiones
lúgubres que lo atraen con fuerza. Su
escritura se vuelve redonda y sin rodeos.
Voy para allá, este es mi objetivo; para llegar hasta ahí, necesito esto
y aquello, ordenarlo de tal manera, con el propósito de causar este
efecto. Pero acá, observen lo que pasa,
si está a simple vista. No puedo ir a la
“casa” aunque quiera, por más que quiera ir a la “casa” y sacar de ahí, de lo
que fue, parte por parte, las vivencias.
Tardará mucho tiempo, brincaré muchas rejas, hasta que por fin pueda determinar
el aspecto de la cosa. Necesariamente,
qué he venido a buscar a la “casa”, y sin avisar; ese debe ser uno de los
peligros, llegar a reventar la puerta y que nadie escuche, que nadie esté
adentro ya, desde hace varios años atrás, pero del mismo modo ver caer la
puerta y acomodarme en los rincones, abrir armarios, cajones, encender y
apagar; aún al interior del baño un eco parecido al eco.
Claro, como a él pertenecen otras tradiciones,
más rigurosas y anarquistas (entiéndase que puede producirse esta simbiosis),
tiene la posibilidad de agarrar un objeto específico, mirarlo por la mayor
cantidad de ángulos, y hasta tirarlo contra la pared a ver si se rompe, para
finalmente conducirse con esmero sobre el papel, y abacorado de inteligencia,
recordarme que las palabras me han quedado equívocamente distribuidas; lo que
provoca que no se escuche bien, que no se sienta bien, que no se explique. En relatos con esas características, después
de restregarme las lágrimas, lo miro con coraje; acto seguido le suelto un:
“Gracias, vos siempre tan atento y comprensivo, tan, como se dice, estimulante”.
Luego lo abrazo con pasión porque es lo
último que nos queda, junto con las noches que empiezan a opacar este invierno;
que este invierno empieza a opacar.
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