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Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Saturday, June 20, 2015

El Ultimo Rincon de la Alegria: Clun Social y Deportivo Malvicino (reportaje para revista, 2010)


El Camino Malvicino
En un auto prestado y pequeño, con la pintura blanca descascarada, que a veces se detiene en medio del camino y hay que bajarse a empujar para que arranque de nuevo, van Marcela y Gabriel, desde el centro al sur de la ciudad de Zárate, en dirección a su casa en el Barrio Malvicino.  Son pocos minutos los que toma atravesar esa distancia en auto, sin embargo, Marcela dice con toda seguridad: “hay chicos del barrio que jamás en su vida han ido al centro de Zárate”, como si se tratara de un viaje con maletas y estadía en un hotel o como si estuvieran encerrados allá “abajo”. 
A pocos pasos de su casa, en un amplio terreno de 120m x 70m aproximadamente, frente a las vías del Ferrocarril Urquiza, llegando al fin de la ciudad de Zárate, crearon en unión a Jorge, ­­quien es colaborador originario del proyecto y director técnico de la categoría de los más pequeños, el Club Social y Deportivo Malvicino.  Habiendo comenzado apenas en el 2007,  el club de futbol tiene registrados a 256 chicos en las diferentes categorías que cubren entre los 6 a 18 años de edad, y en tan corto tiempo  han  participado en cinco campeonatos.
La casa de Marcela Chaparro, Gabriel Guerrero y sus dos hijos: Facundo y Julio de 13 y 17 años respectivamente, ya no es sólo de ellos.  Al abrirse la puerta de entrada, la luz del sol se proyecta sobre una multitud de trofeos expuestos en hileras. En las hileras restantes, que abarcan la pared entera, están ordenadas decenas de camisetas, pantalones y zapatillas; esa es el área de la entrega de ropa comunitaria.
Cuentan también con un taller de alfabetización de adultos.  En sus comienzos, los adolescentes se juntaban en casa de Marcela para buscar los resultados de los partidos de futbol en el diario La Voz de Zárate. En ese proceso se dieron cuenta que podían informarse y aprender de otras cosas y se interesaron por la lectura.  Aunque tienen pocos libros, una de las metas del Club es tener una biblioteca popular.
Historias del Club
Alrededor de una mesa familiar, en medio de una ronda interminable de mate, salen historias a borbotones de adentro de la historia del club.  Primero surgen aspectos en relación a las preocupaciones sociales, en torno al barrio, que los fueron movilizando.  Sobre todo por el tema de la droga, de la escolaridad y de las condiciones de pobreza en las que viven.  “Son los mismos problemas de toda la provincia de Buenos Aires”, dice Gabriel.  Sin embargo, Marcela y Roxana, -hermana de Gabriel-, reconocen que el Club de Futbol de Malvicino no se ideó pensando en sus propios hijos.  En comparación con tantas otras familias desmembradas, como adjetiva Marcela, y con las particulares carencias de todo tipo que afectan a los chicos del barrio, ellos, además de una iniciativa descomunal, tienen a sus hijos en la escuela y bien contenidos.   Precisamente esta última, la falta de contención, puede ser el tipo de carencia que mayores límites le impone a las posibilidades de desarrollo en la vida de los chicos.  Además, muchas veces, la falta de contención entra con violencia al interior de las casas.  Marcela, Gabriel, Roxana, Jorge y los demás colaboradores le hacen la batalla, día y noche: siempre.  Por eso a la casa de la Calle 12 llega todo el mundo, es el punto de encuentro, pero también el lugar donde se responde a las necesidades básicas de los chicos; porque hay muchos que no tienen qué comer y hay otros que tampoco tienen dónde dormir. 
A partir de las relaciones de amistad que se crearon entre ellos, como integrantes del club deportivo, los chicos se buscan aunque no tengan que entrenar o jugar un partido.  Los que antes no se saludaban, viviendo inclusive en la misma calle, ahora son inseparables.  A veces -cuenta Julio, el hijo de 17, quien es también estudiante- los chicos se meten en su casa, sacan los colchones de los cuartos, los arrastran hasta la sala, los acomodan unos al lado del otro,  juntos y pegados, y se quedan a dormir.  Si hay juego un domingo a las 10 de la mañana en la cancha, ya están reunidos frente a la casa de Marcela a las 8 de la mañana.  Si el partido es en otra cancha, se meten por grupos, como pueden, en un auto de principio de los 90’, de esos redonditos con los asientos bien rotos, sacando las cabezas por las ventanas, con Gabriel al volante y haciendo varios viajes de ida y vuelta hasta que lleguen todos a su destino.  En la cancha, durante el partido con los equipos de otros barrios, se dan otras situaciones, aparecen nuevas historias. 
En una ocasión, uno de los más pequeños, de apenas seis añitos, hizo un gol espectacular.  Lo natural era que éste agarrara por el pecho la camiseta de su equipo, la besara con orgullo y luego, para sellar el momento, buscara la mirada de mamá o papá, de alguien, para dedicarle el gol.  Pero no la encontró, y Jorge fue rápidamente hacia él para abrazarlo.  Por eso ellos, los máximos fundadores del club, se han convertido en referente de una gran cantidad de chicos, aunque no quieran atribuirse ese rol, como opina Gabriel. 
Ser del barrio
Antes Malvicino era tierra de nadie.  Allá abajo no había nada que buscar.  Por las calles se pasaban los jóvenes, pero muy jóvenes, drogándose de un lado para el otro.  Todos coinciden en que uno de los grandes problemas en Malvicino sigue siendo la deserción escolar o la escolaridad, como prefiera entenderse.  La escuela más cercana a la casa de Marcela queda a 15 cuadras.  Es difícil encontrarse con niños que persistan en el sistema educativo luego de concluir la primaria. En cuanto a las drogas, eso era antes, cuentan Marcela y Gabriel; la experiencia del club ha conducido a que se tenga una nueva mirada sobre el barrio Malvicino.  Ya no se ven chicos en estado de indigencia por la adicción a las drogas.  No quiere decir que esta problemática haya desaparecido por completo, pero ahora, según los referentes del club, es mucho menor la cantidad de jóvenes en esta situación. 
Los principios en los que se basa el club apuestan a la inclusión, y no lo contrario.  De los barrios cercanos continúa llegando la gente, en apoyo; también reciben respaldo de la municipalidad y de empresas que se están acercando.  Los domingos en la cancha de Malvicino no cabe un alma.  Pero esto no quita que los chicos del barrio sigan siendo discriminados, lo que sí cambia es que ahora, como señala Julio, “en vez de defenderse a las piñas, se defienden con futbol”.


Malvicino organizado
“Gracias a que Malvicino se pudo organizar, se organizaron ellos, y vieron que era posible”, comenta Gabriel, refiriéndose a los otros barrios de Zárate que ahora tienen sus propios clubes de futbol: Villa Negri, 6 de Agosto, La Esperanza y Matadero.  El hecho que origina todos estos resultados se concentra en una imagen: Gabriel; solo, comenzando a tapar, poco a poco, el pozo de la laguna, con la idea en mente de convertir ese terreno en una plaza para los niños y en una cancha de futbol.  Al principio, dice Gabriel, los niños se peleaban porque no habían visto nunca una plaza.  Cada vez apuestan a más; las necesidades son muchas, así como el deseo.  En un gigante plano arquitectónico se observan los detalles de una de las metas semi-finales del club: el polideportivo.  Vestuarios, cocina y parrilla, depósito, enfermería, kiosko, galería, baños, en fin, de todo.  Lo van a lograr, ya han dado muestra de cómo apuntar a un objetivo.  Por el momento, lo más importante es incluir a las mujeres.  Están a la espera de la contestación del Ministerio de Desarrollo Social por un proyecto que presentaron para el armado de una murga.  Por otra parte, una de las urgencias del club es lograr que la categoría de adolescentes pueda tener más participación en campeonatos porque es justamente esta etapa en la que se potencian los niveles de vulnerabilidad social.
La práctica de todos

A las cinco de la tarde inicia la práctica de los chicos.  Toma un tiempo conducirlos al orden.  Pero ellos ríen y se revuelcan en el césped porque es el mejor momento del día y están locos por jugar: “¡Aguante Malvicino!”, gritan.  Pasadas las cinco van llegando más de una decena de personas, todos del barrio: el grupo de colaboradores.  Llegan a pie, en moto, del trabajo, de las casas.  Comienza oficialmente la práctica.  Desde las vías del Ferrocarril Urquiza se ven dos filas formadas por niños de la categoría de seis a ocho años, sentados sobre el terreno de la cancha, arrastrándose hacia adelante con las manos, como parte de un ejercicio de entrenamiento.  Parecen más grandes.  Siguen paso a paso las instrucciones de los técnicos, pero no dejan de divertirse; con el crepúsculo se cruzan algunas carcajadas.  Están al final de la ciudad, lo llaman “El Ultimo Rincón de la Alegría”.

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