El Camino Malvicino
En un auto prestado y pequeño, con la pintura
blanca descascarada, que a veces se detiene en medio del camino y hay que
bajarse a empujar para que arranque de nuevo, van Marcela y Gabriel, desde el
centro al sur de la ciudad de Zárate, en dirección a su casa en el Barrio
Malvicino. Son pocos minutos los que
toma atravesar esa distancia en auto, sin embargo, Marcela dice con toda seguridad:
“hay chicos del barrio que jamás en su vida han ido al centro de Zárate”, como
si se tratara de un viaje con maletas y estadía en un hotel o como si estuvieran
encerrados allá “abajo”.
A pocos pasos de su casa, en un amplio terreno
de 120m x 70m aproximadamente, frente a las vías del Ferrocarril Urquiza,
llegando al fin de la ciudad de Zárate, crearon en unión a Jorge, quien es
colaborador originario del proyecto y director técnico de la categoría de los más
pequeños, el Club Social y Deportivo Malvicino.
Habiendo comenzado apenas en el 2007,
el club de futbol tiene registrados a 256 chicos en las diferentes categorías
que cubren entre los 6 a 18 años de edad, y en tan corto tiempo han participado en cinco campeonatos.
La casa de Marcela Chaparro, Gabriel Guerrero y
sus dos hijos: Facundo y Julio de 13 y 17 años respectivamente, ya no es sólo
de ellos. Al abrirse la puerta de
entrada, la luz del sol se proyecta sobre una multitud de trofeos expuestos en
hileras. En las hileras restantes, que abarcan la pared entera, están ordenadas
decenas de camisetas, pantalones y zapatillas; esa es el área de la entrega de
ropa comunitaria.
Cuentan también con un taller de alfabetización
de adultos. En sus comienzos, los
adolescentes se juntaban en casa de Marcela para buscar los resultados de los
partidos de futbol en el diario La Voz de
Zárate. En ese proceso se dieron
cuenta que podían informarse y aprender de otras cosas y se interesaron por la lectura. Aunque tienen pocos libros, una de las metas
del Club es tener una biblioteca popular.
Historias del Club
Alrededor de una mesa familiar, en medio de una
ronda interminable de mate, salen historias a borbotones de adentro de la
historia del club. Primero surgen
aspectos en relación a las preocupaciones sociales, en torno al barrio, que los
fueron movilizando. Sobre todo por el
tema de la droga, de la escolaridad y de las condiciones de pobreza en las que viven. “Son los mismos problemas de toda la
provincia de Buenos Aires”, dice Gabriel.
Sin embargo, Marcela y Roxana, -hermana de Gabriel-, reconocen que el Club
de Futbol de Malvicino no se ideó pensando en sus propios hijos. En comparación con tantas otras familias
desmembradas, como adjetiva Marcela, y con las particulares carencias de todo
tipo que afectan a los chicos del barrio, ellos, además de una iniciativa
descomunal, tienen a sus hijos en la escuela y bien contenidos. Precisamente
esta última, la falta de contención, puede ser el tipo de carencia que mayores
límites le impone a las posibilidades de desarrollo en la vida de los chicos. Además, muchas veces, la falta de contención
entra con violencia al interior de las casas.
Marcela, Gabriel, Roxana, Jorge y los demás colaboradores le hacen la
batalla, día y noche: siempre. Por eso a
la casa de la Calle 12 llega todo el mundo, es el punto de encuentro, pero
también el lugar donde se responde a las necesidades básicas de los chicos;
porque hay muchos que no tienen qué comer y hay otros que tampoco tienen dónde
dormir.
A partir de las relaciones de amistad que se
crearon entre ellos, como integrantes del club deportivo, los chicos se buscan aunque
no tengan que entrenar o jugar un partido.
Los que antes no se saludaban, viviendo inclusive en la misma calle,
ahora son inseparables. A veces -cuenta
Julio, el hijo de 17, quien es también estudiante- los chicos se meten en su
casa, sacan los colchones de los cuartos, los arrastran hasta la sala, los
acomodan unos al lado del otro, juntos y
pegados, y se quedan a dormir. Si hay
juego un domingo a las 10 de la mañana en la cancha, ya están reunidos frente a
la casa de Marcela a las 8 de la mañana.
Si el partido es en otra cancha, se meten por grupos, como pueden, en un
auto de principio de los 90’, de esos redonditos con los asientos bien rotos,
sacando las cabezas por las ventanas, con Gabriel al volante y haciendo varios
viajes de ida y vuelta hasta que lleguen todos a su destino. En la cancha, durante el partido con los
equipos de otros barrios, se dan otras situaciones, aparecen nuevas
historias.
En una ocasión, uno de los más pequeños, de
apenas seis añitos, hizo un gol espectacular.
Lo natural era que éste agarrara por el pecho la camiseta de su equipo,
la besara con orgullo y luego, para sellar el momento, buscara la mirada de
mamá o papá, de alguien, para dedicarle el gol.
Pero no la encontró, y Jorge fue rápidamente hacia él para
abrazarlo. Por eso ellos, los máximos
fundadores del club, se han convertido en referente de una gran cantidad de
chicos, aunque no quieran atribuirse ese rol, como opina Gabriel.
Ser del barrio
Antes Malvicino era tierra de nadie. Allá abajo no había nada que buscar. Por las calles se pasaban los jóvenes, pero
muy jóvenes, drogándose de un lado para el otro. Todos coinciden en que uno de los grandes
problemas en Malvicino sigue siendo la deserción escolar o la escolaridad, como
prefiera entenderse. La escuela más
cercana a la casa de Marcela queda a 15 cuadras. Es difícil encontrarse con niños que
persistan en el sistema educativo luego de concluir la primaria. En cuanto a
las drogas, eso era antes, cuentan Marcela y Gabriel; la experiencia del club
ha conducido a que se tenga una nueva mirada sobre el barrio Malvicino. Ya no se ven chicos en estado de indigencia
por la adicción a las drogas. No quiere
decir que esta problemática haya desaparecido por completo, pero ahora, según
los referentes del club, es mucho menor la cantidad de jóvenes en esta
situación.
Los principios en los que se basa el club
apuestan a la inclusión, y no lo contrario.
De los barrios cercanos continúa llegando la gente, en apoyo; también
reciben respaldo de la municipalidad y de empresas que se están acercando. Los domingos en la cancha de Malvicino no
cabe un alma. Pero esto no quita que los
chicos del barrio sigan siendo discriminados, lo que sí cambia es que ahora,
como señala Julio, “en vez de defenderse a las piñas, se defienden con futbol”.
Malvicino organizado
“Gracias a que Malvicino se pudo organizar, se
organizaron ellos, y vieron que era posible”, comenta Gabriel, refiriéndose a
los otros barrios de Zárate que ahora tienen sus propios clubes de futbol:
Villa Negri, 6 de Agosto, La Esperanza y Matadero. El hecho que origina todos estos resultados
se concentra en una imagen: Gabriel; solo, comenzando a tapar, poco a poco, el
pozo de la laguna, con la idea en mente de convertir ese terreno en una plaza
para los niños y en una cancha de futbol.
Al principio, dice Gabriel, los niños se peleaban porque no habían visto
nunca una plaza. Cada vez apuestan a
más; las necesidades son muchas, así como el deseo. En un gigante plano arquitectónico se
observan los detalles de una de las metas semi-finales del club: el
polideportivo. Vestuarios, cocina y
parrilla, depósito, enfermería, kiosko, galería, baños, en fin, de todo. Lo van a lograr, ya han dado muestra de cómo
apuntar a un objetivo. Por el momento,
lo más importante es incluir a las mujeres.
Están a la espera de la contestación del Ministerio de Desarrollo Social
por un proyecto que presentaron para el armado de una murga. Por otra parte, una de las urgencias del club
es lograr que la categoría de adolescentes pueda tener más participación en
campeonatos porque es justamente esta etapa en la que se potencian los niveles
de vulnerabilidad social.
La práctica de todos
A las cinco de la tarde inicia la práctica de
los chicos. Toma un tiempo conducirlos
al orden. Pero ellos ríen y se revuelcan
en el césped porque es el mejor momento del día y están locos por jugar: “¡Aguante
Malvicino!”, gritan. Pasadas las cinco
van llegando más de una decena de personas, todos del barrio: el grupo de
colaboradores. Llegan a pie, en moto,
del trabajo, de las casas. Comienza
oficialmente la práctica. Desde las vías
del Ferrocarril Urquiza se ven dos filas formadas por niños de la categoría de
seis a ocho años, sentados sobre el terreno de la cancha, arrastrándose hacia
adelante con las manos, como parte de un ejercicio de entrenamiento. Parecen más grandes. Siguen paso a paso las instrucciones de los
técnicos, pero no dejan de divertirse; con el crepúsculo se cruzan algunas
carcajadas. Están al final de la ciudad,
lo llaman “El Ultimo Rincón de la Alegría”.
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