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Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Tuesday, June 23, 2015

Me viene a cada rato el verano, fue como un relato de Pavese.  El Hermoso Verano, así se titula una novela, donde la muchacha trabaja en un obrador y se enamora de un pintor que desgarra su figura desnuda cuando llega el invierno y el frío la carcome. Aunque las mujeres de Pavese siempre tienen poca materia intelectual; son muy débiles en apariencia, o muy fuertes en apariencia; están como enfermas de deseo, casi muertas; friegan los platos, trabajan, pasean o compran, se emborrachan sin saber por qué, bailan como idiotas, se alegran como idiotas.  El verano no consuma su ilusión de verano, el sueño de la felicidad; pero las pone en riesgo de vida, se sustraen al presente y están obligadas a sentir, perdiéndose para descubrir algo, son trastocadas por el designio del sol.  Pavese regresa al verano como a un lugar mítico, se la pasa mirando al cielo de día o de noche; camina por las calles de la ciudad hasta encontrar una fuente, las casas, el amanecer; o anda por el campo todo oscuro bajo  la luz de la luna.  Le importa tanto  si es invierno o verano, si está solo o en compañía.  Su solitariedad es más vasta que los vínculos íntimos con la gente, es el terreno donde labra el intento de comprensión y necesidad de autonomía, pero asimismo lo doblega el ánimo, la transida emoción, el enmascaramiento del mundo a partir de los hechos que no se dejan asir en cuanto símbolos y significados.  Le niega a la mujer la actitud contemplativa porque se aferra a ese dominio como lo único verdadero de sí, volviéndolo un ámbito impenetrable a esas tramas que se le ocultan, pero que, sin embargo, percibe como si hilvanaran su propia piel.  Pavese no sabe querer sino a través de la nostalgia, el presente es un nudo que aprieta la claridad.  Mi verano se distancia de esa condición pavesiana que consideraba inmanente en mí, sentí por las personas un genuino afecto mientras los miraba ser, o estando cerca, vivenciando de las maneras como hoy me es posible. 
2012 

Monday, June 22, 2015

Día de Playa

Las primeras aventuras del entretenimiento las realicé junto a mi hermana.  Por ser ella mayor, nunca tuve la oportunidad de elegir mis propios juegos. Recuerdo vueltas en bicicleta sin poder salir de las calles de la urbanización, tontos diálogos con las muñecas, el escondite dentro de la casa.  No tengo idea si mientras jugaba yo sospechara algo acerca del giro que tomarían las cosas o cómo me proyectaba con insistencia, porque sé que había prisa por crecer y andar sobre dos ruedas por todas   las calles desconocidas.
Le va a suceder lo mismo otra vez.  Recibí un mensaje ayer, donde dice, que va para la playa a pensar sobre ciertas cosas que, por lo que se entiende, están atormentándola.  Pero yo no me la imagino en la playa sentada y pensando, sino de un modo diferente.  Ahora, como ayer, está a punto de tirarse en la manta, y soñar.  Hace mucho tiempo dejé de querer ser como ella; inclusive, recuerdo, cuando me invadió la tristeza de no querer ser ya más como ella.  Al parecer, luego de tantos días de lluvia, hoy es un día de playa.  De cualquier manera, no estoy ahí. 
La falta de dinero aumentó desproporcionadamente las distancias.  Cuando ella se despide del mar y regresa a su habitación, ya no recuerda donde estaban puestos sus pies. 
Quiero seguir mirando para allá, es el mismo horizonte -debe serlo-, mas sin embargo, la vista me la tapan cerros y volcanes.
Estoy creciendo en otra parte, lejísimos del lugar donde nosotras nos empezamos a mirar por primera vez.  Aquella casa donde vivíamos -lo recuerdo- estaba llena de cucarachas.  Durante la noche hacían fiesta en la cocina.  A mí, me producían un asco terrible y además, me llenaban de vergüenza, haciéndome creer que nos convertían en gente más pobre.  No sé qué estaba pensando ella en aquellos tiempos, ni qué tipo de odio se le agrandaba adentro para luego desembocar en mi cuerpo.  Teníamos más o menos, trece y catorce años.
Tantas veces al salir de la escuela y esperar en la terminal de guaguas yo me quedaba contemplándola como a un cuadro.  Carolina se sentaba siempre en el mismo banco, y espantada por el sol se cubría con un brazo la cara y doblaba la espalda de un costado, parecido a un libro que se estuviera cerrando.  Yo sentía que ese silencio donde ella permanecía tenía un poder que ejercía sobre todo el ambiente.  Luego, cuando iba a la terminal sola, veía que la música, el ruido, las habladurías de la gente, era un ámbito donde ella no tenía intención de penetrar.
Ella me hablaba a través de la imagen que dejaba caer en el piso con indiferencia.  Hasta ahora no sé qué le molestaba tanto, por qué mi voz le parecía insultante y qué ella comenzaba a notar de mí cuando estaba entre la gente.
La terminal de guaguas era, desde mi punto de vista, un gran escenario, donde a las dos de la tarde yo tenía la oportunidad de asistir.  Ya desde la salida de la escuela iba saboreando por el camino de la calle el humo que desataban en el aire los motores de los autos y que salía de las hornillas de comidas fritas en aceite que despertaban mi paladar.  Me gustaba estar fuera de casa.  Yo no sabía para dónde iba esa gente que se aglomeraba en pleno movimiento, ni tampoco hacia dónde iba mi hermana
Día a día, volvían los mismos rostros.  Yo ponía cara de que los entendía para poder estar de su lado.  Los miraba muy seria, pero al centro de los ojos.  Me sentaba, en ocasiones, un poco distante de ella, para verlos con claridad. La necesitaba, pero la necesitaba de mi lado y del lado de la gente que empezábamos a conocer y a saber que existía.
Mi hermana esperaba que la guagua llegara para irnos de ese horrible lugar.  Tenía las monedas listas en la mano, y un semblante transformado por el tedio.  Ya, con dos bancos entremedio, comenzaba la historia de nuestra separación.  Me doy cuenta que las palabras revisten mejor su significado si han sido puestas a disposición de los hechos en algún momento de la vida.  Hoy yo también quisiera sentarme frente al mar, en la playa.  Al menos a mí me vuelve muy para adentro.  Carolina nunca estuvo de otra manera, pero por alguna razón no ha dado con el motivo para romper el hielo y expresarse.  Yo sé que tiene algo que decir –y no sólo a mí- que nos dejará con la boca abierta y hasta temblando.  Debe haber, con seguridad, una verdad no revelada; una verdad que no se remite a un hecho si no a un estado de su imaginación que ha ido profundizándose a lo largo de sus noches.  Su hermetismo es llave de un tesoro sin destinatario.  No ha sido suficiente para ella el temor hacia mi causado durante el sueño, con su mano apretando la mía.  Le parecí muy poco interesante como para caminar las dos, contándonos cosas bajo la luz del día y al contrario prefirió enterrarme en la arena, cientos de veces, cavando el hoyo con sus propias manos.
 
Si nos encontráramos hoy en la playa, qué pasaría.  Tal vez, iremos corriendo una hacia la otra para fundirnos en un abrazo prolongado o fingiremos una sonrisa, sin saber, claro, que sólo fingimos.  Pero no habrá espacio para no detenernos en el lugar de la otra. No se comprende lo que quiere decir esto.  Hasta dónde yo dejé de ser como ella, y ella, a su vez, desde cuándo se pareció más a mí.

Ahora se desata adentro mío un grave estado de ansiedad.  No soy capaz de regresar, de permanecer esperando, como en la terminal, y sentir o creer que las diferentes formas de la gente alrededor, los medios que utilizan para aparecer, la advertencia que reclaman los ojos, el hilo invisible que los une y hace distinguir dentro del espacio, puede sugerirme un modo nuevo de estar entre ellos.
 

Tengo la boca sucia y pegajosa, la experimento de esa manera cada vez que debo responder.  No sé cómo estando tan juntas y habiendo salido a la superficie casi al mismo tiempo, no tuvimos la posibilidad de alimentar una a la otra; sino que, al contrario, nos dejamos consumir por idéntica hambre. 
Yo me sumergí en el mundo pocos años después de haber conocido ese ámbito de mi ciudad.  Al menos, me daba la impresión de que la acción que tomaba era consciente y que el argumento radicaba en la necesidad de esclarecer confusiones entre los relatos que configuraban mi apertura al pensamiento.  No, yo hubiera querido que fuera así, es decir, ahora pretendo tener una explicación original para todo lo que sucedió después.
La ventana que está frente a mis ojos tiene un pedazo de tela roja, como un velo que no permite aflorar los recuerdos con todo su potencial de luz.  Tanto rojo hace que me deslice, más bien, por los lugares ensangrentados de la memoria.  Fui yo quien decidió irse de casa primero.  Me despedí de las cucarachas y el vacio intelectual que reinaba allá dentro.  Pero no por eso adquirí mayor posición de espíritu, ni de ninguna otra cosa.

Se llama adicción esa ausencia de compromiso con la vida.  No sé cual de las dos ha sufrido más.  La amabilidad del entorno donde crecimos no permitió que de nuestras manos surgieran las garras que íbamos a precisar para rasgar el velo.  Yo también siento el impulso de estirarme en esta cama y soñar.


Las noches ya no están llenas de escarchas que son como mariposas que vuelan, ni estamos juntas para atraparlas y sentirnos tranquilas cuando al pestañar, vemos que aparecen otras y más luminosas.

Catamarca, 2010 

La Chica del Furgón

Estábamos en el furgón del tren a Tigre y en la segunda parada, en Belgrano, subió ella con su bici. En el furgón éramos como diez con nuestras bicis. La mía es una playerita azul, vieja y sucia, muy usada y maltratada. La de ella era una todo terreno, blanca, con unas súper ruedas. Cómo me carcomía la envidia. Yo me le quedé mirando un rato, pero no tanto por la bici sino porque ella me parecía hermosa, pero visiblemente enojada con la vida. Era flaquita, atlética, alta, con una piel lozana, morocha, con el pelo corto y atado. Cuando subió al tren venía escuchando música de su ipod. Irrumpió en el furgón con su bicicleta para acomodarla donde quería. Me dijo: “¿Bajás en la próxima?”, “No”, le dije, y pasó detrás de mí y del otro, hasta que llegó al lugar que buscaba. Ahí se apoyaron la bici y ella contra la pared. Escuchando la musiquita se puso a revisar su celular y de pronto, leyendo un mensaje de texto, le salió una sonrisa, se chupó el labio de abajo, se lo apretaba con los dientes y se quedó un ratito contenida en ese gesto. Seguro era el chico que le gusta, le envió un mensajito y ella se puso re contenta, no lo pudo evitar.
Buenos Aires, 2007

Saturday, June 20, 2015

La Boca

La Boca se abre un domingo.
Nada como un domingo en La Boca.
Nada el domingo por La Boca
que se abre.
Nada como gritar un gol de River en el balcón de La Boca
o ir a la cancha con el santafesino, un domingo
La Vuelta de Rocha
Ribera del Sur

Torbellino de amor, que me arrastra a tu vida.


Allanaron en lo de Amanda y encontraron cantidad de drogas duras
mientras el misionero toma mate tranquilamente
y los pibes pintan un mural que todavía parece indescifrable.
3-0
Me gusta llegar, sí, y estar realmente sola
Me hacés quedar mal, River.
La puta madre, loco!
El mural es como una construcción humana levantándose
o una infraestructura humana, desde abajo, de a poco, construyéndose.
Hugo no se entera, re tranquilo, con su mate, como si nada.
Como si le pareciera bien estar parado 18 horas al día, en el mismo lugar, a cambio de un salario de mierda.
El torbellino me pareció peruano, cuando pasaba.
El amor es mío, afilado como el cuchillo del carnicero de enfrente 


Buenos Aires, 2007

No sé por qué le dicen Grillo

No sé por qué le dicen Grillo, capaz que cuando chico se la pasaba saltando y tenía otra idea del futuro, allá lejos, contento, en los tiempos de su infancia en Santiago, con campo y familia. Ahora está en la bacha, siempre está ahí, fregando ollas, platos, vasijas, cualquier cosa. Hay un hueco que separa el salón de la cocina, ahí está Grillo, su silueta de costado, moviendo sólo las manos o sólo los dedos, parece lento, parece que inclusive no hace nada, que es mera presencia, pero lo mantiene todo al día. Por ese hueco nos sacan los platos con la comida lista, caliente, sabrosa y nosotros le devolvemos los platos por ahí mismo a Grillo cuando ya están consumidos y sucios; el mínimo pedazo de torta de chocolate, las últimas tres gotas de la gaseosa, las migas de pan, las ganas de vomitar se las dejamos a Grillo y encima también le tiramos tapitas, papeles, corchos, pelos. Todo muere ahí entre sus manos, con su silencio. Pobre Grillo, que hay que intentar saludarlo un poco más de tres veces para que responda, para que suba la cabeza hasta la mitad y uno se encuentre con sus ojos y no sepa qué hacer . Como siempre está en la bacha parece que la cabeza se le quedó colgando de frente al desague, ya no mira hacia adelante, como la gente, es Grillo.
Buenos Aires, 2009

El Ultimo Rincon de la Alegria: Clun Social y Deportivo Malvicino (reportaje para revista, 2010)


El Camino Malvicino
En un auto prestado y pequeño, con la pintura blanca descascarada, que a veces se detiene en medio del camino y hay que bajarse a empujar para que arranque de nuevo, van Marcela y Gabriel, desde el centro al sur de la ciudad de Zárate, en dirección a su casa en el Barrio Malvicino.  Son pocos minutos los que toma atravesar esa distancia en auto, sin embargo, Marcela dice con toda seguridad: “hay chicos del barrio que jamás en su vida han ido al centro de Zárate”, como si se tratara de un viaje con maletas y estadía en un hotel o como si estuvieran encerrados allá “abajo”. 
A pocos pasos de su casa, en un amplio terreno de 120m x 70m aproximadamente, frente a las vías del Ferrocarril Urquiza, llegando al fin de la ciudad de Zárate, crearon en unión a Jorge, ­­quien es colaborador originario del proyecto y director técnico de la categoría de los más pequeños, el Club Social y Deportivo Malvicino.  Habiendo comenzado apenas en el 2007,  el club de futbol tiene registrados a 256 chicos en las diferentes categorías que cubren entre los 6 a 18 años de edad, y en tan corto tiempo  han  participado en cinco campeonatos.
La casa de Marcela Chaparro, Gabriel Guerrero y sus dos hijos: Facundo y Julio de 13 y 17 años respectivamente, ya no es sólo de ellos.  Al abrirse la puerta de entrada, la luz del sol se proyecta sobre una multitud de trofeos expuestos en hileras. En las hileras restantes, que abarcan la pared entera, están ordenadas decenas de camisetas, pantalones y zapatillas; esa es el área de la entrega de ropa comunitaria.
Cuentan también con un taller de alfabetización de adultos.  En sus comienzos, los adolescentes se juntaban en casa de Marcela para buscar los resultados de los partidos de futbol en el diario La Voz de Zárate. En ese proceso se dieron cuenta que podían informarse y aprender de otras cosas y se interesaron por la lectura.  Aunque tienen pocos libros, una de las metas del Club es tener una biblioteca popular.
Historias del Club
Alrededor de una mesa familiar, en medio de una ronda interminable de mate, salen historias a borbotones de adentro de la historia del club.  Primero surgen aspectos en relación a las preocupaciones sociales, en torno al barrio, que los fueron movilizando.  Sobre todo por el tema de la droga, de la escolaridad y de las condiciones de pobreza en las que viven.  “Son los mismos problemas de toda la provincia de Buenos Aires”, dice Gabriel.  Sin embargo, Marcela y Roxana, -hermana de Gabriel-, reconocen que el Club de Futbol de Malvicino no se ideó pensando en sus propios hijos.  En comparación con tantas otras familias desmembradas, como adjetiva Marcela, y con las particulares carencias de todo tipo que afectan a los chicos del barrio, ellos, además de una iniciativa descomunal, tienen a sus hijos en la escuela y bien contenidos.   Precisamente esta última, la falta de contención, puede ser el tipo de carencia que mayores límites le impone a las posibilidades de desarrollo en la vida de los chicos.  Además, muchas veces, la falta de contención entra con violencia al interior de las casas.  Marcela, Gabriel, Roxana, Jorge y los demás colaboradores le hacen la batalla, día y noche: siempre.  Por eso a la casa de la Calle 12 llega todo el mundo, es el punto de encuentro, pero también el lugar donde se responde a las necesidades básicas de los chicos; porque hay muchos que no tienen qué comer y hay otros que tampoco tienen dónde dormir. 
A partir de las relaciones de amistad que se crearon entre ellos, como integrantes del club deportivo, los chicos se buscan aunque no tengan que entrenar o jugar un partido.  Los que antes no se saludaban, viviendo inclusive en la misma calle, ahora son inseparables.  A veces -cuenta Julio, el hijo de 17, quien es también estudiante- los chicos se meten en su casa, sacan los colchones de los cuartos, los arrastran hasta la sala, los acomodan unos al lado del otro,  juntos y pegados, y se quedan a dormir.  Si hay juego un domingo a las 10 de la mañana en la cancha, ya están reunidos frente a la casa de Marcela a las 8 de la mañana.  Si el partido es en otra cancha, se meten por grupos, como pueden, en un auto de principio de los 90’, de esos redonditos con los asientos bien rotos, sacando las cabezas por las ventanas, con Gabriel al volante y haciendo varios viajes de ida y vuelta hasta que lleguen todos a su destino.  En la cancha, durante el partido con los equipos de otros barrios, se dan otras situaciones, aparecen nuevas historias. 
En una ocasión, uno de los más pequeños, de apenas seis añitos, hizo un gol espectacular.  Lo natural era que éste agarrara por el pecho la camiseta de su equipo, la besara con orgullo y luego, para sellar el momento, buscara la mirada de mamá o papá, de alguien, para dedicarle el gol.  Pero no la encontró, y Jorge fue rápidamente hacia él para abrazarlo.  Por eso ellos, los máximos fundadores del club, se han convertido en referente de una gran cantidad de chicos, aunque no quieran atribuirse ese rol, como opina Gabriel. 
Ser del barrio
Antes Malvicino era tierra de nadie.  Allá abajo no había nada que buscar.  Por las calles se pasaban los jóvenes, pero muy jóvenes, drogándose de un lado para el otro.  Todos coinciden en que uno de los grandes problemas en Malvicino sigue siendo la deserción escolar o la escolaridad, como prefiera entenderse.  La escuela más cercana a la casa de Marcela queda a 15 cuadras.  Es difícil encontrarse con niños que persistan en el sistema educativo luego de concluir la primaria. En cuanto a las drogas, eso era antes, cuentan Marcela y Gabriel; la experiencia del club ha conducido a que se tenga una nueva mirada sobre el barrio Malvicino.  Ya no se ven chicos en estado de indigencia por la adicción a las drogas.  No quiere decir que esta problemática haya desaparecido por completo, pero ahora, según los referentes del club, es mucho menor la cantidad de jóvenes en esta situación. 
Los principios en los que se basa el club apuestan a la inclusión, y no lo contrario.  De los barrios cercanos continúa llegando la gente, en apoyo; también reciben respaldo de la municipalidad y de empresas que se están acercando.  Los domingos en la cancha de Malvicino no cabe un alma.  Pero esto no quita que los chicos del barrio sigan siendo discriminados, lo que sí cambia es que ahora, como señala Julio, “en vez de defenderse a las piñas, se defienden con futbol”.


Malvicino organizado
“Gracias a que Malvicino se pudo organizar, se organizaron ellos, y vieron que era posible”, comenta Gabriel, refiriéndose a los otros barrios de Zárate que ahora tienen sus propios clubes de futbol: Villa Negri, 6 de Agosto, La Esperanza y Matadero.  El hecho que origina todos estos resultados se concentra en una imagen: Gabriel; solo, comenzando a tapar, poco a poco, el pozo de la laguna, con la idea en mente de convertir ese terreno en una plaza para los niños y en una cancha de futbol.  Al principio, dice Gabriel, los niños se peleaban porque no habían visto nunca una plaza.  Cada vez apuestan a más; las necesidades son muchas, así como el deseo.  En un gigante plano arquitectónico se observan los detalles de una de las metas semi-finales del club: el polideportivo.  Vestuarios, cocina y parrilla, depósito, enfermería, kiosko, galería, baños, en fin, de todo.  Lo van a lograr, ya han dado muestra de cómo apuntar a un objetivo.  Por el momento, lo más importante es incluir a las mujeres.  Están a la espera de la contestación del Ministerio de Desarrollo Social por un proyecto que presentaron para el armado de una murga.  Por otra parte, una de las urgencias del club es lograr que la categoría de adolescentes pueda tener más participación en campeonatos porque es justamente esta etapa en la que se potencian los niveles de vulnerabilidad social.
La práctica de todos

A las cinco de la tarde inicia la práctica de los chicos.  Toma un tiempo conducirlos al orden.  Pero ellos ríen y se revuelcan en el césped porque es el mejor momento del día y están locos por jugar: “¡Aguante Malvicino!”, gritan.  Pasadas las cinco van llegando más de una decena de personas, todos del barrio: el grupo de colaboradores.  Llegan a pie, en moto, del trabajo, de las casas.  Comienza oficialmente la práctica.  Desde las vías del Ferrocarril Urquiza se ven dos filas formadas por niños de la categoría de seis a ocho años, sentados sobre el terreno de la cancha, arrastrándose hacia adelante con las manos, como parte de un ejercicio de entrenamiento.  Parecen más grandes.  Siguen paso a paso las instrucciones de los técnicos, pero no dejan de divertirse; con el crepúsculo se cruzan algunas carcajadas.  Están al final de la ciudad, lo llaman “El Ultimo Rincón de la Alegría”.

Friday, June 19, 2015

Grabadora de vos

Hace varios años tenía apagada una grabadora de voz.  Hoy le puse baterías. Y le di play.  Hablaba una argentina, joven.  Estaba en varias rutas argentinas, del norte, esperando que un auto la levantara para seguir viaje.  A veces la voz se la comía el viento, pero yo sabía cómo continuaba la narración, bocado a bocado.  Ella estaba acompañada, y en varios momentos se dirigía hacia él.  Y de pronto, aparecía la voz de él.  Apareciste vos y fue como volver a estar juntos de nuevo, vagando por el mundo, viendo, escuchando, y subiendo a los camiones, yendo atrás en las camionetas,  entrando en las casas de la gente, durmiendo en sus camas, clavando las estacas de la carpa en los centros de la nada.  Ella describía los paisajes, se quedaba contemplando dos burritos, contaba lo que habían vivido los pasados días, quería dejar algo que estuviera escrito con su voz y la del viento.  Ahora que me encontré con ella le volví a tomar mucho cariño, me sentí muy afín con lo que expresaba y hasta me dio nostalgia de no ser ella al mismo tiempo que soy yo, de poder vivir simultáneamente su vida y la mía de hoy, que también es urgente.  Me dio nostalgia el viento, la ferocidad de esos vientos que ellos desafiaban. 

Thursday, June 18, 2015

...Las Cuatro Lunas


Era el cumpleaños de Julie. Alguien había dicho que en una galería, a pocas cuadras, había música, y que no cobraban la entrada. Bruno se acercó a ella; la felicitó. Todos nos despedíamos de Matías que se quedó atendiendo la librería. Manuel y Julie se subieron a sus bicicletas para llegar a la galería y los demás fuimos caminando. Me acerqué a alguien que todavía no conocía, tenía un tambor colgándole del cuello, y el pelo largo atado atrás. Bruno me había hablado de él el día que regresé. Dijo que hubiera querido conocerlo antes, cuando era más joven y perdía el tiempo con otras personas. En su cara se veían los años que aventajaban a Bruno. Yo simplemente caminaba a su lado. Veía a Bruno extinguiéndose en la distancia. Nosotros nos trasladábamos paso a paso.

-¿Cómo se puede viajar solo?- le pregunté-
El seguía mirando hacia delante y yo me quedaba atenta a su perfil.
-Puede ser que necesites encontrar en vos tu compañía y buscar el conocimiento de lo esencial, pero no podés encerrarte en vos misma, te podés convertir en tu propia prisión.
-Quiero ir a la selva -dije-
-No tenés por qué hacer esos saltos. Además, no vas a durar en la selva si dejás que te invadan esas emociones. Podés viajar de muchas maneras y en muchos tipos de lugares. En el viaje no se puede sufrir, mejor camina despacio; el viaje te va a ir llevando donde tenés que estar en ese momento. Los caminos se te van a mostrar.  Tenés que confiar.

Habíamos llegado a la puerta de la galería. Entramos juntos y no sé por qué nos separamos. Bruno estaba de espalda, recostado de una pared, de brazos cruzados y quieto, mirando hacia la muchacha con guitarra que cantaba. Julie estaba dos pasos detrás de él, no miraba nada, estaba inquieta. Me detuve antes de pasar por su lado. Era una presentación de música triste compuesta en especial para esa noche. Preferí salir. Me senté en el cordón de la vereda, armé un tabaco y me puse a mirar el cielo sin estrellas. Manuel también había salido, pero se quedó cerca de la puerta y no hablábamos. El humo se escapaba de mi boca y traspasaba mi visión. Julie apareció a mi lado, se sentó muy cerca de mí, se tocaban nuestros brazos. Sacó un cigarro de una cajetilla y lo encendió.
-Felicidades- le dije.
-Gracias- contestó- Disculpá que anoche entrara al Triscaleón. Estábamos muy cansados y no queríamos volver en bici; pensamos que, tal vez, nos podíamos quedar ahí.
-No había espacio de todas maneras- dije.
-¿Qué vas a hacer ahora?- preguntó
-No sé
-¿Qué tenés ganas de hacer?- volvió a preguntar
Acerqué mi cara a la suya. Nos mirábamos a los ojos. Podía abarcar, tras el humo, sus labios, su frente, el pelo lacio alrededor.
-Quiero irme de aquí; viajar sola.- le dije
-Yo siempre he viajado sola. También quiero irme, dejar esto.
-¿Dejar qué?
Julie se quedó pensativa
-El materialismo- dijo, dividiendo en sílabas la palabra, en tono dubitativo, con su acento francés.
-¿Cómo son los de tu signo?- le pregunté
-Muy cerebrales-
-La mente también es materia- le dije
-Y el corazón- contestó Julie
-¿Nunca has sufrido viajando?
Julie buscó la respuesta
-No- dijo- He pasado hambre, pero al siguiente día estaba en un palacio; así es el viaje.

Julie encendió otro cigarrillo, yo armé otro tabaco. Nos quedamos un rato en silencio mientras fumábamos. Mis ojos se iban a la calle en lugar de al cielo. Julie miraba para todos lados, como buscando algo, alguien, pasaba la vista por encima de Manuel. Había más movimiento de gente entrando y saliendo de la galería. Julie se dirigió nuevamente hacia mí.
-¿Qué escritores te siguen?- preguntó
Llevé la mirada hacia un punto invisible de mi lado izquierdo y cuando retorné a ella le contesté.
-Hay uno que es pianista, y pobre. Sus relatos se construyen en base al recuerdo, pero la operación de la memoria funciona de tal forma que de lo vivido rescata lo no vivido, lo que no participa de lo aparente, ni de lo inteligible, y que es hasta cierto punto intraducible en acción o en imagen. Va detrás del símbolo sin tener explicaciones previas. El símbolo concatena y sostiene el texto por sí mismo. La idea se elabora en un recorrido sin progreso. La realidad tiene miles de pasadizos secretos.
No despegábamos nuestras miradas. Frente a nosotras estaban de pie Bruno y Manuel.
-Vamos a casa a tomar un vino- dijo Manuel.

-¿Vamos?- me incitó Julie.

Tuesday, June 16, 2015

Mariano quiere que relate las cosas como son, no en vista de los sucesos tal como sucedieron, pero logrados a partir de haber sido prensados bajo una eficiente máquina.  Puedo elegir una fecha cualquiera, encontrar un nudo argumentativo, una profunda queja, un ensimismamiento prolongado, o una noche turbulenta, un choque, una pierna rota; escoger el momento en que la pierna se rompió y dejé de andar, aquellos tiempos cuando me pa-ra-li-cé.  Puedo pensar un poco más activamente, ser menos conformista con el impulso creativo, hurgar un tanto más, intentar agarrar la vena, jugar a que la eludo y sin embargo, al final, la pincho.
Mariano, que es un joven intelectual de este siglo, me pide que someta mi experiencia a los contornos de la escritura, que la vea camuflarse y coquetear inclusive, con la muerte.  Yo creo entender lo que me dice, pero se trata, en cada caso, de volver sobre las pretensiones que han acobardado uno tras otro, uno tras otro.  Y eso es lo que sucede, finalmente, que no estoy segura de hasta dónde puedo llegar, no sé si decir “casa” o “familia”, tampoco eso, por dónde empezar.  El debe tener más claridades que yo, a pesar del entorno de cosas lúgubres y campanas lúgubres y lámparas y posesiones lúgubres que lo atraen con fuerza.  Su escritura se vuelve redonda y sin rodeos.  Voy para allá, este es mi objetivo; para llegar hasta ahí, necesito esto y aquello, ordenarlo de tal manera, con el propósito de causar este efecto.  Pero acá, observen lo que pasa, si está a simple vista.  No puedo ir a la “casa” aunque quiera, por más que quiera ir a la “casa” y sacar de ahí, de lo que fue, parte por parte, las vivencias.  Tardará mucho tiempo, brincaré muchas rejas, hasta que por fin pueda determinar el aspecto de la cosa.  Necesariamente, qué he venido a buscar a la “casa”, y sin avisar; ese debe ser uno de los peligros, llegar a reventar la puerta y que nadie escuche, que nadie esté adentro ya, desde hace varios años atrás, pero del mismo modo ver caer la puerta y acomodarme en los rincones, abrir armarios, cajones, encender y apagar; aún al interior del baño un eco parecido al eco.

Claro, como a él pertenecen otras tradiciones, más rigurosas y anarquistas (entiéndase que puede producirse esta simbiosis), tiene la posibilidad de agarrar un objeto específico, mirarlo por la mayor cantidad de ángulos, y hasta tirarlo contra la pared a ver si se rompe, para finalmente conducirse con esmero sobre el papel, y abacorado de inteligencia, recordarme que las palabras me han quedado equívocamente distribuidas; lo que provoca que no se escuche bien, que no se sienta bien, que no se explique.  En relatos con esas características, después de restregarme las lágrimas, lo miro con coraje; acto seguido le suelto un: “Gracias, vos siempre tan atento y comprensivo, tan, como se dice, estimulante”.  Luego lo abrazo con pasión porque es lo último que nos queda, junto con las noches que empiezan a opacar este invierno; que este invierno empieza a opacar. 

Buenos Aires, 2008 
Tejer es una bella manera de estar sola

Feb, 2014
No hay nada más hermoso que la concentración.

Feb, 2014
Y si me llevo a Puro?

marzo, 2014

Sunday, June 14, 2015

El señor de Capetillo

Hay personas, rostros de personas, que no importa en qué lugar del mundo esté, ni en qué época de la vida ni en qué rincón de mi país sicológico, esos rostros se repiten, reaparecen, regresan desde alguna esquina, se asoman por una ventana o desde un puente o debajo de una ola, y me dicen lo mismo, me repiten con su aparición la misma idea que yo insisto en olvidar y hacer desaparecer cada cierto tiempo.  Estos rostros me lo recuerda ahora el señor de la casa de Capetillo que saludo casi todos los días. O será que yo vivo buscando volver a ver estos rostros  con los que me comunico en un ritmo de escritura primitiva.  Debe ser que compartimos el anhelo de encontrarnos en otra dimensión.   No pienso en los rostros pero es como si rescataran mi consciencia en el momento en que sucede la aparición.  Si mi mente estaba en baja el rostro vuelve y la pone en su lugar.  Si mi espíritu medio que se apagaba, el rostro lo ilumina.

Saturday, June 13, 2015

Mariano encarna el mito de lo verdadero y la falsedad
Camille encarna el mito de la libertad y la opresión
Vale encarna el mito de la amistad y la traición
Nahuel encarna el mito del amor y el odio
Sol encarna el mito de la tierra y los agrotóxicos
Laura encarna el mito de la creación y la destrucción

Yo encarno el mito de la esencia y la apariencia.

Monday, June 8, 2015

Desconcierto para Armónicas

El cielo era el cielo, y la tierra era toda la tierra.  Al abrir los ojos en la oscuridad aparecían galopando en derredor nuestro, decenas de caballos corpulentos.  Había llegado hasta nosotros la desesperación y teníamos que esperar humildemente que el silencio retornara.  Encontramos un escondite de troncos en un bosque, construimos con las ramas nuestra choza.  Eran las fogatas la hora más preciada, mis ojos ardiendo, suplicaban.  Miraba los árboles tirada sobre la yerba, comparaba las ramas con la luz, con la propia presencia de las ramas.  Mis años se habían despedazado contra las rocas de mis pequeños viajes hacia mí.  Me sorprendía estar viviendo aún, tragando sangre y arrancando flores.  Tuve la idea de irme sin ningún conocimiento.  Dejé de subir y creer y entrar.  Voy a convertirme en alguien para mí.  Voy a golpear con toda mi violencia.  Voy a sudar con mi mayor calma.  Voy a respetar a la noche y al día.  Pero cómo voy a suprimir el miedo y mirarme a los ojos sin pavura.  Mi mente es pobre como el más pobre y surge de la nada de su pobreza con la mirada descocida y torcida hasta el tuétano.  Cuento con el dolor y algo que aún no pueden ver mis ojos verdaderos.  Yazco en medio de lo naturalmente dicho y la imposibilidad de decir. Mi telón de fondo es cada minuto aferrado a una tenue visión con palcos repletos que me miran, que la luz no me deja ver.  Voy a continuar marcando una distancia insalvable entre ellos y yo hasta atascar mi nombre en sus gargantas.  Tengo la facultad de respirar ahogada.  Este verano que uno anhelaba con la lengua palpitante se ha vuelto llamas para lengua.  No puedo soportar los rostros que me circundan e interpelan.  No hay un ápice de belleza ni aun cuando el sol refulge en el paisaje.  Debo entender que la imaginación es destructiva; es mi otro yo, mi miedo de mí.  El gran golpe es yo no haber sabido antes y caer en cuenta de no saber ahora.  Pero son estas unas horas muy ruidosas, muy calamitosas, como para fijar la atención en un diminuto aspecto que va de una mano a otra y se me esconde hasta que yo me atrevo a ponerle un cuerpo algo más grande que el mío.  Pero estas horas son para temer hasta a mis propias manos.**He visto el sol salir en este instante, de súbito.  Pronto se empieza a esconder entre las nubes.  Estoy comiendo la madera que se desprende de esta precaria construcción.  No he sabido qué otra cosa hacer con ella, que plegarla a mis vértebras, músculos, tejidos y huesos.  Pensé ir corriendo a ver el amanecer en la playa, porque está el mar a pocos pasos y el sol sale justo ahí.  Pero aquí estoy, tal vez mañana.  He intentado escuchar las voces que me hablan y me hostigan; son alborotosas y por lo tanto confusas, muy confusas.  Me arrastran del presente hacia ningún lugar.  Yo iba dando pasos considerables y la fuerza de esas voces pareciera haberlos desmoronado.  La más débil es quien pregunta, con la debilidad de conceptos correspondiente; las otras la tienen acorralada y ya no busca salir.  Tengo que empezar, a aprender...***
Lo que aterra es la superficialidad, la propia, y la profunda superficialidad del mundo.  No hay personas.  Soy una falsedad.  Bajé los brazos, enterré todo lo que tenía.  El mundo de las cosas se hundió en el universo para mí, pero aun así todo es materia.  Se interpone a mi alrededor el estado concreto de las sustancias cognoscibles.  He hecho una casa para proteger el fuego que mis manos atacan.  Ahí me quedo, sentada, o caminando de un lado hacia el otro, o mirando el techo de mi consternación por donde pasan dudas, miedos, y relámpagos.  Debo vivir el tiempo necesario; cargar, nómade, con mis temblores.  ****Hace tiempo que no puedo hablar conmigo.  Me falta aire para reclamar mi atención, a pesar de que esto sea el bosque y suenen los tambores con exacta armonía.  Voy a derramar mi dolor en todas las cabezas posibles.  Ya no estoy más en mi boca, ni en mis ojos, ni circulo, ni recorro.  Yo conozco el terror.  Soy parte de algo que rechaza mi torpe nacimiento.  Estoy a un paso de perderlo todo.  Debo mirarme convertida en algo puro que me devuelva la mirada.  Me estoy quedando sin voz, sin hermanos.  El pensamiento gravita en un contrasentido exasperante.  Intento imaginar un lugar, un día sucedido por otro, una época, una vida para vivir.  Busco una preocupación inminente, esencial, continuar construyendo la casa sobre ella; encontrar las preguntas en mí, en ellos, en el bosque.

Sur Atlántico,2012