Me viene a cada rato el verano, fue como un
relato de Pavese. El Hermoso Verano, así se titula una novela, donde
la muchacha trabaja en un obrador y se enamora de un pintor que desgarra su
figura desnuda cuando llega el invierno y el frío la carcome. Aunque las mujeres de
Pavese siempre tienen poca materia intelectual; son muy débiles en apariencia,
o muy fuertes en apariencia; están como enfermas de deseo, casi muertas;
friegan los platos, trabajan, pasean o compran, se emborrachan sin saber por
qué, bailan como idiotas, se alegran como idiotas. El verano no consuma
su ilusión de verano, el sueño de la felicidad; pero las pone en riesgo de
vida, se sustraen al presente y están obligadas a sentir, perdiéndose para
descubrir algo, son trastocadas por el designio del sol. Pavese
regresa al verano como a un lugar mítico, se la pasa mirando al cielo de día o
de noche; camina por las calles de la ciudad hasta encontrar una fuente, las
casas, el amanecer; o anda por el campo todo oscuro bajo la luz de
la luna. Le importa tanto si es invierno o verano, si
está solo o en compañía. Su solitariedad es más vasta que los
vínculos íntimos con la gente, es el terreno donde labra el intento de
comprensión y necesidad de autonomía, pero asimismo lo doblega el ánimo, la
transida emoción, el enmascaramiento del mundo a partir de los hechos que no se
dejan asir en cuanto símbolos y significados. Le niega a la mujer la
actitud contemplativa porque se aferra a ese dominio como lo único verdadero de
sí, volviéndolo un ámbito impenetrable a esas tramas que se le ocultan, pero
que, sin embargo, percibe como si hilvanaran su propia piel. Pavese
no sabe querer sino a través de la nostalgia, el presente es un nudo que
aprieta la claridad. Mi verano se distancia de esa condición
pavesiana que consideraba inmanente en mí, sentí por las
personas un genuino afecto mientras los miraba ser, o estando cerca,
vivenciando de las maneras como hoy me es posible.
2012
.
Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.
Tuesday, June 23, 2015
Monday, June 22, 2015
Día de Playa
Las primeras aventuras del entretenimiento las
realicé junto a mi hermana. Por ser ella
mayor, nunca tuve la oportunidad de elegir mis propios juegos. Recuerdo vueltas
en bicicleta sin poder salir de las calles de la urbanización, tontos diálogos
con las muñecas, el escondite dentro de la casa. No tengo idea si mientras jugaba yo sospechara
algo acerca del giro que tomarían las cosas o cómo me proyectaba con
insistencia, porque sé que había prisa por crecer y andar sobre dos ruedas por
todas las calles desconocidas.
Le va a suceder lo mismo otra vez. Recibí un mensaje ayer, donde dice, que va
para la playa a pensar sobre ciertas cosas que, por lo que se entiende, están
atormentándola. Pero yo no me la imagino
en la playa sentada y pensando, sino de un modo diferente. Ahora, como ayer, está a punto de tirarse en
la manta, y soñar. Hace mucho tiempo
dejé de querer ser como ella; inclusive, recuerdo, cuando me invadió la
tristeza de no querer ser ya más como ella.
Al parecer, luego de tantos días de lluvia, hoy es un día de playa. De cualquier manera, no estoy ahí.
La falta de dinero aumentó desproporcionadamente
las distancias. Cuando ella se despide
del mar y regresa a su habitación, ya no recuerda donde estaban puestos sus
pies.
Quiero seguir mirando para allá, es el mismo
horizonte -debe serlo-, mas sin embargo, la vista me la tapan cerros y
volcanes.
Estoy creciendo en otra parte, lejísimos del
lugar donde nosotras nos empezamos a mirar por primera vez. Aquella casa donde vivíamos -lo recuerdo-
estaba llena de cucarachas. Durante la noche
hacían fiesta en la cocina. A mí, me
producían un asco terrible y además, me llenaban de vergüenza, haciéndome creer
que nos convertían en gente más pobre.
No sé qué estaba pensando ella en aquellos tiempos, ni qué tipo de odio
se le agrandaba adentro para luego desembocar en mi cuerpo. Teníamos más o menos, trece y catorce años.
Tantas veces al salir de la escuela y esperar en
la terminal de guaguas yo me quedaba contemplándola como a un cuadro. Carolina se sentaba siempre en el mismo
banco, y espantada por el sol se cubría con un brazo la cara y doblaba la
espalda de un costado, parecido a un libro que se estuviera cerrando. Yo sentía que ese silencio donde ella
permanecía tenía un poder que ejercía sobre todo el ambiente. Luego, cuando iba a la terminal sola, veía
que la música, el ruido, las habladurías de la gente, era un ámbito donde ella
no tenía intención de penetrar.
Ella me hablaba a través de la imagen que dejaba
caer en el piso con indiferencia. Hasta
ahora no sé qué le molestaba tanto, por qué mi voz le parecía insultante y qué
ella comenzaba a notar de mí cuando estaba entre la gente.
La terminal de guaguas era, desde mi punto de
vista, un gran escenario, donde a las dos de la tarde yo tenía la oportunidad
de asistir. Ya desde la salida de la
escuela iba saboreando por el camino de la calle el humo que desataban en el
aire los motores de los autos y que salía de las hornillas de comidas fritas en
aceite que despertaban mi paladar. Me
gustaba estar fuera de casa. Yo no sabía
para dónde iba esa gente que se aglomeraba en pleno movimiento, ni tampoco
hacia dónde iba mi hermana
Día a día, volvían los mismos rostros. Yo ponía cara de que los entendía para poder
estar de su lado. Los miraba muy seria,
pero al centro de los ojos. Me sentaba,
en ocasiones, un poco distante de ella, para verlos con claridad. La
necesitaba, pero la necesitaba de mi lado y del lado de la gente que
empezábamos a conocer y a saber que existía.
Mi
hermana esperaba que la guagua llegara para irnos de ese horrible lugar. Tenía las monedas listas en la mano, y un
semblante transformado por el tedio. Ya,
con dos bancos entremedio, comenzaba la historia de nuestra separación. Me doy cuenta que las palabras revisten mejor
su significado si han sido puestas a disposición de los hechos en algún momento
de la vida. Hoy yo también quisiera
sentarme frente al mar, en la playa. Al
menos a mí me vuelve muy para adentro.
Carolina nunca estuvo de otra manera, pero por alguna razón no ha dado
con el motivo para romper el hielo y expresarse. Yo sé que tiene algo que decir –y no sólo a
mí- que nos dejará con la boca abierta y hasta temblando. Debe haber, con seguridad, una verdad no
revelada; una verdad que no se remite a un hecho si no a un estado de su
imaginación que ha ido profundizándose a lo largo de sus noches. Su hermetismo es llave de un tesoro sin
destinatario. No ha sido suficiente para
ella el temor hacia mi causado durante el sueño, con su mano apretando la
mía. Le parecí muy poco interesante como
para caminar las dos, contándonos cosas bajo la luz del día y al contrario
prefirió enterrarme en la arena, cientos de veces, cavando el hoyo con sus
propias manos.
Si nos
encontráramos hoy en la playa, qué pasaría.
Tal vez, iremos corriendo una hacia la otra para fundirnos en un abrazo
prolongado o fingiremos una sonrisa, sin saber, claro, que sólo fingimos. Pero no habrá espacio para no detenernos en
el lugar de la otra. No se comprende lo que quiere decir esto. Hasta dónde yo dejé de ser como ella, y ella,
a su vez, desde cuándo se pareció más a mí.
Ahora
se desata adentro mío un grave estado de ansiedad. No soy capaz de regresar, de permanecer
esperando, como en la terminal, y sentir o creer que las diferentes formas de
la gente alrededor, los medios que utilizan para aparecer, la advertencia que reclaman
los ojos, el hilo invisible que los une y hace distinguir dentro del espacio,
puede sugerirme un modo nuevo de estar entre ellos.
Tengo la boca sucia y pegajosa, la experimento
de esa manera cada vez que debo responder.
No sé cómo estando tan juntas y habiendo salido a la superficie casi al
mismo tiempo, no tuvimos la posibilidad de alimentar una a la otra; sino que,
al contrario, nos dejamos consumir por idéntica hambre.
Yo me sumergí en el mundo pocos años después de
haber conocido ese ámbito de mi ciudad.
Al menos, me daba la impresión de que la acción que tomaba era
consciente y que el argumento radicaba en la necesidad de esclarecer
confusiones entre los relatos que configuraban mi apertura al pensamiento. No, yo hubiera querido que fuera así, es
decir, ahora pretendo tener una explicación original para todo lo que sucedió
después.
La
ventana que está frente a mis ojos tiene un pedazo de tela roja, como un velo
que no permite aflorar los recuerdos con todo su potencial de luz. Tanto rojo hace que me deslice, más bien, por
los lugares ensangrentados de la memoria.
Fui yo quien decidió irse de casa primero. Me despedí de las cucarachas y el vacio
intelectual que reinaba allá dentro.
Pero no por eso adquirí mayor posición de espíritu, ni de ninguna otra
cosa.
Se
llama adicción esa ausencia de compromiso con la vida. No sé cual de las dos ha sufrido más. La amabilidad del entorno donde crecimos no
permitió que de nuestras manos surgieran las garras que íbamos a precisar para
rasgar el velo. Yo también siento el
impulso de estirarme en esta cama y soñar.
Las noches ya no están llenas de escarchas que
son como mariposas que vuelan, ni estamos juntas para atraparlas y sentirnos
tranquilas cuando al pestañar, vemos que aparecen otras y más luminosas.
La Chica del Furgón
Estábamos
en el furgón del tren a Tigre y en la segunda parada, en Belgrano, subió ella
con su bici. En el furgón éramos como diez con nuestras bicis. La mía es una
playerita azul, vieja y sucia, muy usada y maltratada. La de ella era una todo
terreno, blanca, con unas súper ruedas. Cómo me carcomía la envidia. Yo me le
quedé mirando un rato, pero no tanto por la bici sino porque ella me parecía
hermosa, pero visiblemente enojada con la vida. Era flaquita, atlética, alta,
con una piel lozana, morocha, con el pelo corto y atado. Cuando subió al tren
venía escuchando música de su ipod. Irrumpió en el furgón con su bicicleta para
acomodarla donde quería. Me dijo: “¿Bajás en la próxima?”, “No”, le dije, y
pasó detrás de mí y del otro, hasta que llegó al lugar que buscaba. Ahí se
apoyaron la bici y ella contra la pared. Escuchando la musiquita se puso a
revisar su celular y de pronto, leyendo un mensaje de texto, le salió una
sonrisa, se chupó el labio de abajo, se lo apretaba con los dientes y se quedó
un ratito contenida en ese gesto. Seguro era el chico que le gusta, le envió un
mensajito y ella se puso re contenta, no lo pudo evitar.
Buenos Aires, 2007
Buenos Aires, 2007
Saturday, June 20, 2015
La Boca
La Boca se abre un domingo.
Nada como un domingo en La Boca.
Nada el domingo por La Boca
que se abre.
Nada como gritar un gol de River en el balcón de La Boca
o ir a la cancha con el santafesino, un domingo
La Vuelta de Rocha
Ribera del Sur
Nada el domingo por La Boca
que se abre.
Nada como gritar un gol de River en el balcón de La Boca
o ir a la cancha con el santafesino, un domingo
La Vuelta de Rocha
Ribera del Sur
Torbellino de amor, que me
arrastra a tu vida.
Allanaron
en lo de Amanda y encontraron cantidad de drogas duras
mientras el misionero toma mate tranquilamente
y los pibes pintan un mural que todavía parece indescifrable.
3-0
Me gusta llegar, sí, y estar realmente sola
Me hacés quedar mal, River.
La puta madre, loco!
El mural es como una construcción humana levantándose
o una infraestructura humana, desde abajo, de a poco, construyéndose.
Hugo no se entera, re tranquilo, con su mate, como si nada.
Como si le pareciera bien estar parado 18 horas al día, en el mismo lugar, a cambio de un salario de mierda.
El torbellino me pareció peruano, cuando pasaba.
El amor es mío, afilado como el cuchillo del carnicero de enfrente
Buenos Aires, 2007
mientras el misionero toma mate tranquilamente
y los pibes pintan un mural que todavía parece indescifrable.
3-0
Me gusta llegar, sí, y estar realmente sola
Me hacés quedar mal, River.
La puta madre, loco!
El mural es como una construcción humana levantándose
o una infraestructura humana, desde abajo, de a poco, construyéndose.
Hugo no se entera, re tranquilo, con su mate, como si nada.
Como si le pareciera bien estar parado 18 horas al día, en el mismo lugar, a cambio de un salario de mierda.
El torbellino me pareció peruano, cuando pasaba.
El amor es mío, afilado como el cuchillo del carnicero de enfrente
Buenos Aires, 2007
No sé por qué le dicen Grillo
No sé
por qué le dicen Grillo, capaz que cuando chico se la pasaba saltando y tenía
otra idea del futuro, allá lejos, contento, en los tiempos de su infancia en
Santiago, con campo y familia. Ahora está en la bacha, siempre está ahí,
fregando ollas, platos, vasijas, cualquier cosa. Hay un hueco que separa el
salón de la cocina, ahí está Grillo, su silueta de costado, moviendo sólo las
manos o sólo los dedos, parece lento, parece que inclusive no hace nada, que es
mera presencia, pero lo mantiene todo al día. Por ese hueco nos sacan los
platos con la comida lista, caliente, sabrosa y nosotros le devolvemos los
platos por ahí mismo a Grillo cuando ya están consumidos y sucios; el mínimo
pedazo de torta de chocolate, las últimas tres gotas de la gaseosa, las migas
de pan, las ganas de vomitar se las dejamos a Grillo y encima también le
tiramos tapitas, papeles, corchos, pelos. Todo muere ahí entre sus manos, con
su silencio. Pobre Grillo, que hay que intentar saludarlo un poco más de tres
veces para que responda, para que suba la cabeza hasta la mitad y uno se
encuentre con sus ojos y no sepa qué hacer . Como siempre está en la bacha
parece que la cabeza se le quedó colgando de frente al desague, ya no mira
hacia adelante, como la gente, es Grillo.
Buenos Aires, 2009
El Ultimo Rincon de la Alegria: Clun Social y Deportivo Malvicino (reportaje para revista, 2010)
El Camino Malvicino
En un auto prestado y pequeño, con la pintura
blanca descascarada, que a veces se detiene en medio del camino y hay que
bajarse a empujar para que arranque de nuevo, van Marcela y Gabriel, desde el
centro al sur de la ciudad de Zárate, en dirección a su casa en el Barrio
Malvicino. Son pocos minutos los que
toma atravesar esa distancia en auto, sin embargo, Marcela dice con toda seguridad:
“hay chicos del barrio que jamás en su vida han ido al centro de Zárate”, como
si se tratara de un viaje con maletas y estadía en un hotel o como si estuvieran
encerrados allá “abajo”.
A pocos pasos de su casa, en un amplio terreno
de 120m x 70m aproximadamente, frente a las vías del Ferrocarril Urquiza,
llegando al fin de la ciudad de Zárate, crearon en unión a Jorge, quien es
colaborador originario del proyecto y director técnico de la categoría de los más
pequeños, el Club Social y Deportivo Malvicino.
Habiendo comenzado apenas en el 2007,
el club de futbol tiene registrados a 256 chicos en las diferentes categorías
que cubren entre los 6 a 18 años de edad, y en tan corto tiempo han participado en cinco campeonatos.
La casa de Marcela Chaparro, Gabriel Guerrero y
sus dos hijos: Facundo y Julio de 13 y 17 años respectivamente, ya no es sólo
de ellos. Al abrirse la puerta de
entrada, la luz del sol se proyecta sobre una multitud de trofeos expuestos en
hileras. En las hileras restantes, que abarcan la pared entera, están ordenadas
decenas de camisetas, pantalones y zapatillas; esa es el área de la entrega de
ropa comunitaria.
Cuentan también con un taller de alfabetización
de adultos. En sus comienzos, los
adolescentes se juntaban en casa de Marcela para buscar los resultados de los
partidos de futbol en el diario La Voz de
Zárate. En ese proceso se dieron
cuenta que podían informarse y aprender de otras cosas y se interesaron por la lectura. Aunque tienen pocos libros, una de las metas
del Club es tener una biblioteca popular.
Historias del Club
Alrededor de una mesa familiar, en medio de una
ronda interminable de mate, salen historias a borbotones de adentro de la
historia del club. Primero surgen
aspectos en relación a las preocupaciones sociales, en torno al barrio, que los
fueron movilizando. Sobre todo por el
tema de la droga, de la escolaridad y de las condiciones de pobreza en las que viven. “Son los mismos problemas de toda la
provincia de Buenos Aires”, dice Gabriel.
Sin embargo, Marcela y Roxana, -hermana de Gabriel-, reconocen que el Club
de Futbol de Malvicino no se ideó pensando en sus propios hijos. En comparación con tantas otras familias
desmembradas, como adjetiva Marcela, y con las particulares carencias de todo
tipo que afectan a los chicos del barrio, ellos, además de una iniciativa
descomunal, tienen a sus hijos en la escuela y bien contenidos. Precisamente
esta última, la falta de contención, puede ser el tipo de carencia que mayores
límites le impone a las posibilidades de desarrollo en la vida de los chicos. Además, muchas veces, la falta de contención
entra con violencia al interior de las casas.
Marcela, Gabriel, Roxana, Jorge y los demás colaboradores le hacen la
batalla, día y noche: siempre. Por eso a
la casa de la Calle 12 llega todo el mundo, es el punto de encuentro, pero
también el lugar donde se responde a las necesidades básicas de los chicos;
porque hay muchos que no tienen qué comer y hay otros que tampoco tienen dónde
dormir.
A partir de las relaciones de amistad que se
crearon entre ellos, como integrantes del club deportivo, los chicos se buscan aunque
no tengan que entrenar o jugar un partido.
Los que antes no se saludaban, viviendo inclusive en la misma calle,
ahora son inseparables. A veces -cuenta
Julio, el hijo de 17, quien es también estudiante- los chicos se meten en su
casa, sacan los colchones de los cuartos, los arrastran hasta la sala, los
acomodan unos al lado del otro, juntos y
pegados, y se quedan a dormir. Si hay
juego un domingo a las 10 de la mañana en la cancha, ya están reunidos frente a
la casa de Marcela a las 8 de la mañana.
Si el partido es en otra cancha, se meten por grupos, como pueden, en un
auto de principio de los 90’, de esos redonditos con los asientos bien rotos,
sacando las cabezas por las ventanas, con Gabriel al volante y haciendo varios
viajes de ida y vuelta hasta que lleguen todos a su destino. En la cancha, durante el partido con los
equipos de otros barrios, se dan otras situaciones, aparecen nuevas
historias.
En una ocasión, uno de los más pequeños, de
apenas seis añitos, hizo un gol espectacular.
Lo natural era que éste agarrara por el pecho la camiseta de su equipo,
la besara con orgullo y luego, para sellar el momento, buscara la mirada de
mamá o papá, de alguien, para dedicarle el gol.
Pero no la encontró, y Jorge fue rápidamente hacia él para
abrazarlo. Por eso ellos, los máximos
fundadores del club, se han convertido en referente de una gran cantidad de
chicos, aunque no quieran atribuirse ese rol, como opina Gabriel.
Ser del barrio
Antes Malvicino era tierra de nadie. Allá abajo no había nada que buscar. Por las calles se pasaban los jóvenes, pero
muy jóvenes, drogándose de un lado para el otro. Todos coinciden en que uno de los grandes
problemas en Malvicino sigue siendo la deserción escolar o la escolaridad, como
prefiera entenderse. La escuela más
cercana a la casa de Marcela queda a 15 cuadras. Es difícil encontrarse con niños que
persistan en el sistema educativo luego de concluir la primaria. En cuanto a
las drogas, eso era antes, cuentan Marcela y Gabriel; la experiencia del club
ha conducido a que se tenga una nueva mirada sobre el barrio Malvicino. Ya no se ven chicos en estado de indigencia
por la adicción a las drogas. No quiere
decir que esta problemática haya desaparecido por completo, pero ahora, según
los referentes del club, es mucho menor la cantidad de jóvenes en esta
situación.
Los principios en los que se basa el club
apuestan a la inclusión, y no lo contrario.
De los barrios cercanos continúa llegando la gente, en apoyo; también
reciben respaldo de la municipalidad y de empresas que se están acercando. Los domingos en la cancha de Malvicino no
cabe un alma. Pero esto no quita que los
chicos del barrio sigan siendo discriminados, lo que sí cambia es que ahora,
como señala Julio, “en vez de defenderse a las piñas, se defienden con futbol”.
Malvicino organizado
“Gracias a que Malvicino se pudo organizar, se
organizaron ellos, y vieron que era posible”, comenta Gabriel, refiriéndose a
los otros barrios de Zárate que ahora tienen sus propios clubes de futbol:
Villa Negri, 6 de Agosto, La Esperanza y Matadero. El hecho que origina todos estos resultados
se concentra en una imagen: Gabriel; solo, comenzando a tapar, poco a poco, el
pozo de la laguna, con la idea en mente de convertir ese terreno en una plaza
para los niños y en una cancha de futbol.
Al principio, dice Gabriel, los niños se peleaban porque no habían visto
nunca una plaza. Cada vez apuestan a
más; las necesidades son muchas, así como el deseo. En un gigante plano arquitectónico se
observan los detalles de una de las metas semi-finales del club: el
polideportivo. Vestuarios, cocina y
parrilla, depósito, enfermería, kiosko, galería, baños, en fin, de todo. Lo van a lograr, ya han dado muestra de cómo
apuntar a un objetivo. Por el momento,
lo más importante es incluir a las mujeres.
Están a la espera de la contestación del Ministerio de Desarrollo Social
por un proyecto que presentaron para el armado de una murga. Por otra parte, una de las urgencias del club
es lograr que la categoría de adolescentes pueda tener más participación en
campeonatos porque es justamente esta etapa en la que se potencian los niveles
de vulnerabilidad social.
La práctica de todos
A las cinco de la tarde inicia la práctica de
los chicos. Toma un tiempo conducirlos
al orden. Pero ellos ríen y se revuelcan
en el césped porque es el mejor momento del día y están locos por jugar: “¡Aguante
Malvicino!”, gritan. Pasadas las cinco
van llegando más de una decena de personas, todos del barrio: el grupo de
colaboradores. Llegan a pie, en moto,
del trabajo, de las casas. Comienza
oficialmente la práctica. Desde las vías
del Ferrocarril Urquiza se ven dos filas formadas por niños de la categoría de
seis a ocho años, sentados sobre el terreno de la cancha, arrastrándose hacia
adelante con las manos, como parte de un ejercicio de entrenamiento. Parecen más grandes. Siguen paso a paso las instrucciones de los
técnicos, pero no dejan de divertirse; con el crepúsculo se cruzan algunas
carcajadas. Están al final de la ciudad,
lo llaman “El Ultimo Rincón de la Alegría”.
Friday, June 19, 2015
Grabadora de vos
Hace varios años tenía apagada una grabadora de voz. Hoy le puse baterías. Y le di play. Hablaba una argentina, joven. Estaba en varias rutas argentinas, del norte, esperando que un auto la levantara para seguir viaje. A veces la voz se la comía el viento, pero yo sabía cómo continuaba la narración, bocado a bocado. Ella estaba acompañada, y en varios momentos se dirigía hacia él. Y de pronto, aparecía la voz de él. Apareciste vos y fue como volver a estar juntos de nuevo, vagando por el mundo, viendo, escuchando, y subiendo a los camiones, yendo atrás en las camionetas, entrando en las casas de la gente, durmiendo en sus camas, clavando las estacas de la carpa en los centros de la nada. Ella describía los paisajes, se quedaba contemplando dos burritos, contaba lo que habían vivido los pasados días, quería dejar algo que estuviera escrito con su voz y la del viento. Ahora que me encontré con ella le volví a tomar mucho cariño, me sentí muy afín con lo que expresaba y hasta me dio nostalgia de no ser ella al mismo tiempo que soy yo, de poder vivir simultáneamente su vida y la mía de hoy, que también es urgente. Me dio nostalgia el viento, la ferocidad de esos vientos que ellos desafiaban.
Thursday, June 18, 2015
...Las Cuatro Lunas
Era el cumpleaños de Julie. Alguien había dicho que en una galería, a pocas cuadras, había música, y que no cobraban la entrada. Bruno se acercó a ella; la felicitó. Todos nos despedíamos de Matías que se quedó atendiendo la librería. Manuel y Julie se subieron a sus bicicletas para llegar a la galería y los demás fuimos caminando. Me acerqué a alguien que todavía no conocía, tenía un tambor colgándole del cuello, y el pelo largo atado atrás. Bruno me había hablado de él el día que regresé. Dijo que hubiera querido conocerlo antes, cuando era más joven y perdía el tiempo con otras personas. En su cara se veían los años que aventajaban a Bruno. Yo simplemente caminaba a su lado. Veía a Bruno extinguiéndose en la distancia. Nosotros nos trasladábamos paso a paso.
-¿Cómo se puede
viajar solo?- le pregunté-
El seguía mirando
hacia delante y yo me quedaba atenta a su perfil.
-Puede ser que
necesites encontrar en vos tu compañía y buscar el conocimiento de lo esencial,
pero no podés encerrarte en vos misma, te podés convertir en tu propia prisión.
-Quiero ir a la selva
-dije-
-No tenés por qué
hacer esos saltos. Además, no vas a durar en la selva si dejás que te invadan
esas emociones. Podés viajar de muchas maneras y en muchos tipos de lugares. En
el viaje no se puede sufrir, mejor camina despacio; el viaje te va a ir
llevando donde tenés que estar en ese momento. Los caminos se te van a mostrar. Tenés que confiar.
Habíamos llegado a la
puerta de la galería. Entramos juntos y no sé por qué nos separamos. Bruno
estaba de espalda, recostado de una pared, de brazos cruzados y quieto, mirando
hacia la muchacha con guitarra que cantaba. Julie estaba dos pasos detrás de
él, no miraba nada, estaba inquieta. Me detuve antes de pasar por su lado. Era
una presentación de música triste compuesta en especial para esa noche. Preferí
salir. Me senté en el cordón de la vereda, armé un tabaco y me puse a mirar el
cielo sin estrellas. Manuel también había salido, pero se quedó cerca de la
puerta y no hablábamos. El humo se escapaba de mi boca y traspasaba mi visión.
Julie apareció a mi lado, se sentó muy cerca de mí, se tocaban nuestros brazos.
Sacó un cigarro de una cajetilla y lo encendió.
-Felicidades- le
dije.
-Gracias- contestó-
Disculpá que anoche entrara al Triscaleón. Estábamos muy cansados y no
queríamos volver en bici; pensamos que, tal vez, nos podíamos quedar ahí.
-No había espacio de
todas maneras- dije.
-¿Qué vas a hacer
ahora?- preguntó
-No sé
-¿Qué tenés ganas de
hacer?- volvió a preguntar
Acerqué mi cara a la
suya. Nos mirábamos a los ojos. Podía abarcar, tras el humo, sus labios, su
frente, el pelo lacio alrededor.
-Quiero irme de aquí;
viajar sola.- le dije
-Yo siempre he viajado
sola. También quiero irme, dejar esto.
-¿Dejar qué?
Julie se quedó
pensativa
-El materialismo-
dijo, dividiendo en sílabas la palabra, en tono dubitativo, con su acento
francés.
-¿Cómo son los de tu
signo?- le pregunté
-Muy cerebrales-
-La mente también es
materia- le dije
-Y el corazón-
contestó Julie
-¿Nunca has sufrido
viajando?
Julie buscó la
respuesta
-No- dijo- He pasado
hambre, pero al siguiente día estaba en un palacio; así es el viaje.
Julie encendió otro
cigarrillo, yo armé otro tabaco. Nos quedamos un rato en silencio mientras
fumábamos. Mis ojos se iban a la calle en lugar de al cielo. Julie miraba para
todos lados, como buscando algo, alguien, pasaba la vista por encima de Manuel.
Había más movimiento de gente entrando y saliendo de la galería. Julie se
dirigió nuevamente hacia mí.
-¿Qué escritores te
siguen?- preguntó
Llevé la mirada hacia
un punto invisible de mi lado izquierdo y cuando retorné a ella le contesté.
-Hay uno que es
pianista, y pobre. Sus relatos se construyen en base al recuerdo, pero la
operación de la memoria funciona de tal forma que de lo vivido rescata lo no
vivido, lo que no participa de lo aparente, ni de lo inteligible, y que es
hasta cierto punto intraducible en acción o en imagen. Va detrás del símbolo
sin tener explicaciones previas. El símbolo concatena y sostiene el texto por
sí mismo. La idea se elabora en un recorrido sin progreso. La realidad tiene
miles de pasadizos secretos.
No despegábamos
nuestras miradas. Frente a nosotras estaban de pie Bruno y Manuel.
-Vamos a casa a tomar
un vino- dijo Manuel.
Tuesday, June 16, 2015
Mariano quiere que relate las cosas como son,
no en vista de los sucesos tal como sucedieron, pero logrados a partir de haber
sido prensados bajo una eficiente máquina.
Puedo elegir una fecha cualquiera, encontrar un nudo argumentativo, una profunda
queja, un ensimismamiento prolongado, o una noche turbulenta, un choque, una
pierna rota; escoger el momento en que la pierna se rompió y dejé de andar, aquellos
tiempos cuando me pa-ra-li-cé. Puedo
pensar un poco más activamente, ser menos conformista con el impulso creativo,
hurgar un tanto más, intentar agarrar la vena, jugar a que la eludo y sin
embargo, al final, la pincho.
Mariano, que es un joven intelectual de este
siglo, me pide que someta mi experiencia a los contornos de la escritura, que
la vea camuflarse y coquetear inclusive, con la muerte. Yo creo entender lo que me dice, pero se
trata, en cada caso, de volver sobre las pretensiones que han acobardado uno
tras otro, uno tras otro. Y eso es lo
que sucede, finalmente, que no estoy segura de hasta dónde puedo llegar, no sé
si decir “casa” o “familia”, tampoco eso, por dónde empezar. El debe tener más claridades que yo, a pesar
del entorno de cosas lúgubres y campanas lúgubres y lámparas y posesiones
lúgubres que lo atraen con fuerza. Su
escritura se vuelve redonda y sin rodeos.
Voy para allá, este es mi objetivo; para llegar hasta ahí, necesito esto
y aquello, ordenarlo de tal manera, con el propósito de causar este
efecto. Pero acá, observen lo que pasa,
si está a simple vista. No puedo ir a la
“casa” aunque quiera, por más que quiera ir a la “casa” y sacar de ahí, de lo
que fue, parte por parte, las vivencias.
Tardará mucho tiempo, brincaré muchas rejas, hasta que por fin pueda determinar
el aspecto de la cosa. Necesariamente,
qué he venido a buscar a la “casa”, y sin avisar; ese debe ser uno de los
peligros, llegar a reventar la puerta y que nadie escuche, que nadie esté
adentro ya, desde hace varios años atrás, pero del mismo modo ver caer la
puerta y acomodarme en los rincones, abrir armarios, cajones, encender y
apagar; aún al interior del baño un eco parecido al eco.
Claro, como a él pertenecen otras tradiciones,
más rigurosas y anarquistas (entiéndase que puede producirse esta simbiosis),
tiene la posibilidad de agarrar un objeto específico, mirarlo por la mayor
cantidad de ángulos, y hasta tirarlo contra la pared a ver si se rompe, para
finalmente conducirse con esmero sobre el papel, y abacorado de inteligencia,
recordarme que las palabras me han quedado equívocamente distribuidas; lo que
provoca que no se escuche bien, que no se sienta bien, que no se explique. En relatos con esas características, después
de restregarme las lágrimas, lo miro con coraje; acto seguido le suelto un:
“Gracias, vos siempre tan atento y comprensivo, tan, como se dice, estimulante”.
Luego lo abrazo con pasión porque es lo
último que nos queda, junto con las noches que empiezan a opacar este invierno;
que este invierno empieza a opacar.
No hay nada más hermoso que la concentración.
Feb, 2014
Feb, 2014
Sunday, June 14, 2015
El señor de Capetillo
Hay personas, rostros de personas, que no importa en qué lugar del mundo esté, ni en qué época de la vida ni en qué rincón de mi país sicológico, esos rostros se repiten, reaparecen, regresan desde alguna esquina, se asoman por una ventana o desde un puente o debajo de una ola, y me dicen lo mismo, me repiten con su aparición la misma idea que yo insisto en olvidar y hacer desaparecer cada cierto tiempo. Estos rostros me lo recuerda ahora el señor de la casa de Capetillo que saludo casi todos los días. O será que yo vivo buscando volver a ver estos rostros con los que me comunico en un ritmo de escritura primitiva. Debe ser que compartimos el anhelo de encontrarnos en otra dimensión. No pienso en los rostros pero es como si rescataran mi consciencia en el momento en que sucede la aparición. Si mi mente estaba en baja el rostro vuelve y la pone en su lugar. Si mi espíritu medio que se apagaba, el rostro lo ilumina.
Saturday, June 13, 2015
Mariano encarna
el mito de lo verdadero y la falsedad
Camille encarna el mito de la libertad y la opresión
Vale encarna el
mito de la amistad y la traición
Nahuel encarna el
mito del amor y el odio
Sol encarna el
mito de la tierra y los agrotóxicos
Laura encarna el
mito de la creación y la destrucción
Yo encarno el
mito de la esencia y la apariencia.
Monday, June 8, 2015
Desconcierto para Armónicas
El cielo era el cielo, y la tierra era toda la
tierra. Al abrir los ojos en la
oscuridad aparecían galopando en derredor nuestro, decenas de caballos
corpulentos. Había llegado hasta
nosotros la desesperación y teníamos que esperar humildemente que el silencio
retornara. Encontramos un escondite de
troncos en un bosque, construimos con las ramas nuestra choza. Eran las fogatas la hora más preciada, mis
ojos ardiendo, suplicaban. Miraba los
árboles tirada sobre la yerba, comparaba las ramas con la luz, con la propia
presencia de las ramas. Mis años se
habían despedazado contra las rocas de mis pequeños viajes hacia mí. Me sorprendía estar viviendo aún, tragando
sangre y arrancando flores. Tuve la idea
de irme sin ningún conocimiento. Dejé de
subir y creer y entrar. Voy a
convertirme en alguien para mí. Voy a
golpear con toda mi violencia. Voy a
sudar con mi mayor calma. Voy a respetar
a la noche y al día. Pero cómo voy a
suprimir el miedo y mirarme a los ojos sin pavura. Mi mente es pobre como el más pobre y surge
de la nada de su pobreza con la mirada descocida y torcida hasta el
tuétano. Cuento con el dolor y algo que
aún no pueden ver mis ojos verdaderos.
Yazco en medio de lo naturalmente dicho y la imposibilidad de decir. Mi
telón de fondo es cada minuto aferrado a una tenue visión con palcos repletos
que me miran, que la luz no me deja ver.
Voy a continuar marcando una distancia insalvable entre ellos y yo hasta
atascar mi nombre en sus gargantas.
Tengo la facultad de respirar ahogada.
Este verano que uno anhelaba con la lengua palpitante se ha vuelto
llamas para lengua. No puedo soportar
los rostros que me circundan e interpelan.
No hay un ápice de belleza ni aun cuando el sol refulge en el
paisaje. Debo entender que la
imaginación es destructiva; es mi otro yo, mi miedo de mí. El gran golpe es yo no haber sabido antes y
caer en cuenta de no saber ahora. Pero
son estas unas horas muy ruidosas, muy calamitosas, como para fijar la atención
en un diminuto aspecto que va de una mano a otra y se me esconde hasta que yo
me atrevo a ponerle un cuerpo algo más grande que el mío. Pero estas horas son para temer hasta a mis
propias manos.**He visto el sol salir en este instante, de
súbito. Pronto se empieza a esconder
entre las nubes. Estoy comiendo la
madera que se desprende de esta precaria construcción. No he sabido qué otra cosa hacer con ella,
que plegarla a mis vértebras, músculos, tejidos y huesos. Pensé ir corriendo a ver el amanecer en la
playa, porque está el mar a pocos pasos y el sol sale justo ahí. Pero aquí estoy, tal vez mañana. He intentado escuchar las voces que me hablan
y me hostigan; son alborotosas y por lo tanto confusas, muy confusas. Me arrastran del presente hacia ningún
lugar. Yo iba dando pasos considerables y
la fuerza de esas voces pareciera haberlos desmoronado. La más débil es quien pregunta, con la
debilidad de conceptos correspondiente; las otras la tienen acorralada y ya no
busca salir. Tengo que empezar, a
aprender...***
Lo que aterra es la
superficialidad, la propia, y la profunda superficialidad del mundo. No hay personas. Soy una falsedad. Bajé los brazos, enterré todo lo que
tenía. El mundo de las cosas se hundió
en el universo para mí, pero aun así todo es materia. Se interpone a mi alrededor el estado
concreto de las sustancias cognoscibles.
He hecho una casa para proteger el fuego que mis manos atacan. Ahí me quedo, sentada, o caminando de un lado
hacia el otro, o mirando el techo de mi consternación por donde pasan dudas,
miedos, y relámpagos. Debo vivir el
tiempo necesario; cargar, nómade, con mis temblores. ****Hace tiempo que no puedo hablar
conmigo. Me falta aire para reclamar mi
atención, a pesar de que esto sea el bosque y suenen los tambores con exacta
armonía. Voy a derramar mi dolor en
todas las cabezas posibles. Ya no estoy
más en mi boca, ni en mis ojos, ni circulo, ni recorro. Yo conozco el terror. Soy parte de algo que rechaza mi torpe
nacimiento. Estoy a un paso de perderlo
todo. Debo mirarme convertida en algo
puro que me devuelva la mirada. Me estoy
quedando sin voz, sin hermanos. El
pensamiento gravita en un contrasentido exasperante. Intento imaginar un lugar, un día sucedido
por otro, una época, una vida para vivir.
Busco una preocupación inminente, esencial, continuar construyendo la
casa sobre ella; encontrar las preguntas en mí, en ellos, en el bosque.
Sur Atlántico,2012
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