En alguna
aplicación para smartphone, Julio Cortázar y los estudiantes de undécimo grado de
la Escuela Ramón Vila Mayo, se hubieran podido entender. Pero no porque ellos no entiendan a Cortázar,
y menos, con la ayuda de los niveles de comprensión lectora a donde los guía el
maestro Juan Cortés; si no, entenderse en el sentido de conectar, de encontrarse
en códigos, reconocerse en el otro, volverse a conocer a sí mismo desde lo
olvidado desde siempre. Por alguna
razón, en la clase de Español de la Vila Mayo, los muchacho/as no se paran en
el lugar de ser lectores de Cortázar; pasan las páginas para llegar al final,
hasta cerrar el capítulo del año, y no para pasar hacia otro año escolar, si no
para zumbarse de cabeza en el verano. Corren los tiempos
de finales de abril del 2016. “El futuro
ya llegó.” Pero en la Vila Mayo es como si estuviéramos en la década de 1980,
más cerca de los 70’s que de los 90’s.
Sólo un indicador confirma que hemos pasado el 2010: los smartphones. Los smartphones nos sitúan en contexto histórico,
pero sugieren también la idea de vivir en una época en que estos aparatos los
regalan. Es una de las cosas que abundan
en esta escuela pública del país; aunque también hay abundancia de otras. La cosa podría ser:
introducirles a Cortázar en el smartphone, narrarle los relatos en voz alta, con
los auriculares puestos, y cada dos minutos, lanzarles un anuncio de reguetón,
volver al texto, dos minutos más y reguetón: meneo, sudor, lírica de verdad,
lírica cuerpo con cuerpo. ¿Cómo se
entenderían Cortázar y ello/as, si supieran cómo entender la necesidad de
Cortázar? La vida tan presente inmediato
y Cortázar tantas palabras mediadas de significados tan lejos de donde vivimos. A Cortázar que ni le gustaría el reguetón si
hubiera nacido puertorriqueño, ni siquiera el ritmo; y la bachata tampoco, porque
en esta escuela muchos somos dominicanos también. ¿Y si los ponemos a jugar con literatura de
Cortázar en videogames para que les
entre? ¿Y si estudiamos de Cortázar algo más, que ello/as conviertan en objeto
de estudio? ¿Si nos apropiamos del texto? ¿Si dejamos de decir Cortázar? ¿Tan
empeñado estaría él en momificarse? ¿Si la literatura se revolcara de una vez
en la dimensión del alma? ¿Y si trabajamos productiva y conscientemente la
literatura de Cortázar integrando tecnologías educativas? ¿Si los chavos que
Juan afirma que no llegan a la escuela, que se lo quedan los burócratas,
llegaran? ¿Si los maestros contaran con la capacitación y las herramientas? ¿Si
hubiera abanico en los salones para no asarse? ¿O si la escuela y los
estudiantes no desearan lo que el Departamento de Educación les debe? Aunque no
quedara otra todavía que acatar su currículo ¿Qué sería la literatura de
Cortázar en la vida de los estudiantes de la Vila Mayo? Pero, “la literatura va a desaparecer del mapa
curricular”. Es un hecho visionario de
Juan. No son predicciones para el año
2050, no, para mañana, 2017, tal vez, a más tardar. Cortázar, que se salvó de desaparecer durante
la última dictadura argentina. Quizás
nadie extrañe la literatura, porque hacía rato estaba muerta, peor,
convaleciente, daba indicios de vida, pero era superada por la pulsión de
muerte. Inadaptada, vieja, había perdido
el sentido y la voluntad de vivir en medio de cambios vertiginosos. Ahora se vienen los textos informativos:
legales, científicos y de turismo. La
revolución del nuevo currículo del área de español, cambiará el país. Va a cambiar, definitivamente será otro país,
sin Cortázar, que, aunque muerto, siempre uno que otro lo revive; aunque
lejano, siempre podemos encontrar maneras de conectar. Hubiéramos podido conectar, con un poco más
de imaginación docente, de propósito, y hoy, con tecnología en la educación.
Pero si no hay, si la tecnología abunda por su ausencia, ¿podemos inventar
entre maestros y estudiantes tecnologías de la conciencia y la imaginación? ¿Podemos desafiar y denunciar, bastándonos
con nuestros propios recursos, la situación de maltrato político que vivimos? Mira, hay once
computadoras en la Ramón Vila Mayo, pocas sirven todavía, todas están en el
salón de español de Juan, él las consiguió a través de una propuesta
privada. Hay un proyector y una
impresora que también salió de su salario de maestro y presta a los
estudiantes, docentes y personal. ¿Qué le importa
a una señorita en París[1]
lo que a mí me pasa en Capetillo? Eso estaría pensando el inconsciente de Laleshka
cuando llegó a la clase de español con los auriculares puestos, conectados al smartphone, escuchando algo que evidentemente era reguetón, porque se paró frente a
la proyección donde se leía el texto, y con la cadencia del género musical, movía
el cuerpo y la cabeza, como diciendo, NO.
[1] Referencia
al cuento de Cortázar leído en la clase de Juan Cortés.
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