El infierno de las papayas, el
infierno de las french toast, he
querido hablar de esto, hay más infierno de pagas exorbitantes a extramuros del
cinturón rosa. Soy de cinturón rosa, de
clavos rosas con rostro a papa frita congelada, de clavos en la lengua rosa
sumergidos una noche de verano, un sábado rosa comiendo papaya en tierra de
nadie. Hay infiernos de sacarosa donde
me he visto negra con manchas negras.
Todos los infiernos se parecen al de tomar órdenes con el delantal
asfixiando el grano de agua condensada donde estoy mínima y curiosa todavía por
ver este mundo que me espera para contemplarlo desde una montaña donde hay
amigos cantando, y yo canto. Comemos
pomarrosas de los árboles. No hay
esclavos confundiéndose de vida con french
toasts al borde de papayas tóxicas.
No hay nadie cosechando el odio de otro odio de otro odio de otro odio,
ni vendiendo muerte para la muerte con la muerte de la muerte que hace cosas
feas, congeladas, tontas, tontas, tontas.
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