Una vez sólo había atardeceres. Aunque también había caballos. Y una zanja que se estaba abriendo en la cabeza con
margaritas en una zona pre audiovisual.
Hubo tiempo para pelear a la luz del sol frío con el doble de años que
el sol caliente y esperar el pelo sobreviviente al ciclo de sonidos que
arrancan temprano cuando todavía se puede traspasar y verlo más o menos todo
con detalles que después terminan apareciendo en personas que aparecen y me gustan
y hasta me enamoro. Aquello era
trabajo. Para saber antes que los
colores existieron a favor de los pecados en un mundo donde se debatían las
malicias de Dios cotidianamente. Así
éramos, físicos y cerebrales, viviendo en el ojo de un mar de ángeles. A zambullirse de dolor en la ternura de
pasarte mi último nunca. De volver a
pasar por el atardecer un desarrollo de colas largas haciendo un círculo que de
noche se ve clarito.
No comments:
Post a Comment