Entre abuela y yo hay montañas. De este lado alguien pregunta, y del otro,
nadie recuerda. Me preparo para
dedicarme a subir pacientemente y pasar la noche donde sea. Veo un parpadear inconsistente en el
cielo. Siento la amenaza de un naufragio
de reflejos. Observo la caída. Pero sigo
trepando hasta poder verla y ella se escapa y me deja sola con ella. La toda de vida de madre y tabaquera. Me
enseña la paciencia que quiero cultivar con mis manos en la tierra. Me mira y yo no sé si siente vergüenza, por
mí. Me pasea por la fábrica de lo que
dejé de sentir y lo que olvidé trabajar.
Pero me aguzo, porque no me voy a quedar atrás, con tanto campo para
nosotras, del interior de la isla en sombras, de la organización de los sueños
en torno al almuerzo desperdigado en hijos, en nietos, en biznietos necios,
callados hasta ahora, como yo, como ella, Salvadora.
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