La maestra vino hasta mí. Siempre quiso hacerse notar y por eso la evadía. Ella no tenía autoridad sobre los hechos a discreción de la vida y amarraba mis sueños de una pata de una mesa. Si yo la encuentro hoy va a encontrarse con la realidad hecha pedazos de patas arriba y mis tejidos a su exposición. La maestra que vino después fue muestra de la pura idea a concebir en mi imaginación y me ofreció la traición como si fuera algo para beber en la noche y ver pasar en la calle el tiempo hasta borrarla del pizarrón. La maestra se fugó. Se casó. Se hartó del oficio de enseñarme estrellas, de inculcarme dudas, de presentir la sangre, de escrambear con una alumna, de levantar muertos, de afinidad. No prefiero ninguna y si huyen o descansan regresan y casi nadie recuerda mi nombre salvo ella, la maestra parida en dos madre y marida por la fuerza a la poesía.
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