No sé si fue la
primera vez, o luego de cuánto tiempo comencé a tener una experiencia real de
transformación. Hasta hace unos minutos
no había encontrado la manera de describirme a mi misma la ruta hacia el pico
más alto de los hallazgos, donde no he estado todavía, pero del cual reconozco
su existencia. De algún modo sabía que
había estado en una cima y contemplado el llano desde ahí, en silencio, en
soledad. Pero no podía saber si visitaba
a alguien, ni cómo me trataba, ni qué me enseñaba, ni si yo quería vivir ahí o
si debía hacerlo, al menos por un período en el cual, gradualmente, obtuviera el aprendizaje
que había ido a buscar, sin saber qué era, pero sabiendo al menos que algo
tenía que aprender y que no estaba entre las cosas que abundan y se esconden a
mi alrededor. Entre todas estas cosas no
sé cuál elegir, si el sueño, la introspección, la música, o los botes de
pesca. Elijo no atentar contra las
pérdidas. Acomodo las cosas en sitios
distantes para ver qué se puede hacer con eso hasta que ya no hay nada. Como este instante se renueva, tengo que
volver a empezar, pero siempre por un lugar distinto, entro por otra puerta,
por la que no quieren dejarme entrar, entro.
Tiro sogas hacia cualquier punto que encuentre y me deslizo como los
pájaros. Cuando llego a un punto de
castillo en ruinas dejo de pensar, y me preparo para que el pensamiento me
sujete, y me lleve lejos, hacia el punto más diminuto de los que caen del
árbol, me lo como y entro al Palacio de la Paz.
De allí me robo tantas cosas.
Cuando regreso, porque la paz dura poco tiempo, el entendimiento me
visita, y siento que puedo abrazar el mundo y que no hay gesto humano más
deformado que ese.
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