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Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Thursday, November 6, 2014

Milagros I

Milagros no tiene vocación de niña.  Pasan los días y no la vemos.  En el lugar que ella eligió para vivir hay un jardín bien grande.  A veces paso por ahí.  Y ella parece que estuviera sembrada.  Casi nunca viene a la escuela y nadie la extraña, pero yo siento que falta Milagros.  He tenido peleas con otras niñas, y soy yo quien les corre detrás.   No se me escapa una.  Dicen que no tengo piedad y que debería tenerla.  Desde que era más chiquita me gustaba pelear con los niños y las niñas. Los niños tampoco me ganan y las maestras me tienen miedo y no me dicen nada.  Yo siento que estoy viviendo mi niñez de una forma rara, debe ser que soy rara.  Me molesto mucho y me aburro cuando no sé qué hacer.  En la escuela me molesto más todavía porque tengo que hacer cosas que no quiero.  Me molesto tanto que las ganas de pelear vienen solas, quiero que los demás sientan lo que yo siento y que nadie pueda crecer y se acabe todo.  Si crezco también va a crecer mi molestia y si ellos crecen no van a saber qué hacer, como ahora.  Ayer nos mandaron a dibujar algo, yo dibujé algo y se lo entregué a la maestra.  Ella dijo que dibujara otra cosa y me enseñó el dibujo de Felicia, para que viera.  Yo me molesté mucho.  La maestra me vio algo en los ojos y me dijo que en el pueblo vivía una señora que hacía con sus manos ojos de arco iris, como los colores del dibujo de Felicia, que la señora era muy vieja y que ya no veía bien porque le había dado a los niños toda su visión y que vivía cerquita del río, cruzando el puente.  Cuando dejó de hablar se me quitaron las ganas de perseguir a Felicia y salí corriendo y preguntándole a la gente que dónde vivía Doña Esmeralda.  Cuando escuché el río sonar supe que ya la había encontrado.  Afuera de la casita había dos caballos, tres vacas, como treinta gallinas y tres gallos. La puerta estaba abierta.  Le grité su nombre y una brisa bien fuerte me despeinó más.  Entré a la casa y Doña Esmeralda estaba sentada en el sillón con los ojos abiertos pero no miraba nada.  Me senté en una sillita frente a ella y le toqué las manos.  No me sentía molesta con Doña Esmeralda por no haberme esperado.  Busqué en las gavetas y en los rincones de la casa y no encontré los ojos de arcoíris de los que me habló la maestra.  Pero encontré sentimientos de los que la maestra ni nadie sabía, porque estaban bien guardados.  Le di un beso a Doña Esmeralda en las manos y salí a bañarme en el río.  Cuando bajé la jalda vi a Milagros entrando al agua,y elegí vivir ahí, del otro lado del puente, bajo el arco iris.

Donde Milagros vive hay un jardín bien grande pero la casa no se ve.  Esta tarde fuimos juntas a la escuela pero no entramos, nos trepamos en uno de los árboles que están del otro lado de la calle y nos quedamos ahí sentadas, mirando para allá en la hora del recreo.  Las piernas de Milagros estaban colgando, quietas, y las mías se mecían en el tronco.  Le pregunté si ella había conocido a Doña Esmeralda y me dijo que sí, que Doña Esmeralda era su abuela. Cuando respondió me miró fijamente a los ojos, y vi que tenían los colores del arco iris.  No me sentí molesta con Milagros por tener en los ojos todos esos colores, que además, la hacían lucir hermosa.  Ella me dijo que si yo quería me los podía traspasar, pero que tenía que ser uno por uno, hasta completar los siete.  Me parecía raro que Milagros hablara de esas cosas pero lo decía tan tranquila que sabía que tenía que ser verdad.  Volvimos a mirar para la escuela y vimos que Lucinda y  Santino estaban peleando.  El le jalaba el pelo y ella le mordía un brazo.  Los demás niños y niñas hacían un círculo alrededor; unos repetían en voz bien alta el nombre de ella y otros el nombre de él.  Mis piernas se empezaron a menear más rápido en el tronco y cuando miré para al lado Milagros había desaparecido.  Estaba abajo del árbol, esperándome.  Cuando bajé, me preguntó que quién yo quería que ganara la pelea.  Le dije que prefería que ganara Santino porque Lucinda nunca me miraba ni me hablaba.  Milagros me dijo que iba a tener que traspasarme primero el color rojo, y me agarró las manos como yo hice con Doña Esmeralda.  Después me llevó hasta la verja que encerraba a los niños y niñas en el patio de la escuela y mirábamos para adentro pero nadie nos veía.  Misis Pérez salió y se metió adentro del círculo.  Separó a Lucinda y a Santino.  Se veía que estaba muy molesta.  Regañó a todos los niños y niñas y se los llevó para adentro de la escuela donde nadie podía ver.  Nosotras brincamos la verja y entramos al patio.  Milagros estaba haciendo movimientos que yo no había visto nunca antes.  Dijo que me mostraba para que yo también los pudiera hacer.  Pero aunque me quedé mirando, sin decirle nada de vuelta, pensaba que era imposible que yo pudiera hacer eso que ella hacía.  Era uno de sus juegos favoritos.  Le gustaba mucho quedarse paralizada en uno de los movimientos, como una estatua viviente.  Eran estatuas raras pero parecían obras de arte.  Como nunca hemos ido de gira al museo, no podría comparar.  Cuando terminó me traspasó el anaranjado y sentí que tenía una amiga por primera vez.  Milagro juntó sus dos manos para que yo apoyara el pie y se me hiciera más fácil subir para brincar la verja.



Estábamos del otro lado escalando una montaña porque ella me advirtió que sólo si llegábamos hasta el pico y nos parábamos debajo del sol, me podría dar el amarillo.  Como yo quería todos los colores le dije que sí aunque me sentía débil y la barriga me rugía como un león.  Escalando la montaña le pregunté si su abuela Esmeralda la regañaba mucho y era por eso que parecía que no la extrañaba tanto.  Milagros me dijo que nunca la regañó, que era una mujer silenciosa pero siempre que la iba a visitar le contaba alguna historia y que todas las historias las tiene guardadas.  Me dieron más ganas de haber conocido a Doña Esmeralda porque debía ser una mujer muy rara.  Cuando por fin llegamos al pico Milagros sacó un pan de su bolsillo y con la mirada me traspasó el amarillo.  Lo que sucedió después tal vez nadie me lo creería, pero de verdad pasó.  Cuando iba a volver a bajar la montaña, para regresar al pueblo, Milagros me detuvo y dijo que si yo quería los ojos de arco iris, teníamos que seguir subiendo.  Esperamos que una nube se acercara y cuando ya estaba ahí ella me agarró de la mano y nos trepamos.  Desde la nube mirábamos a los niños y las niñas en la escuela, los negocios, la gente, las casas y los animales.  Pero como la nube siguió volando veíamos desde arriba otros pueblos, gentes, escuelas, casas, negocios y animales.  Le pregunté a  Milagros con un poco de miedo que qué pasaba si la nube se rompía y ella me dijo que no importaba porque podía caminar en el cielo.  Esto último que me dijo me causó una impresión muy grande, pero más me asombré cuando señaló hacia abajo, hacia una tierra desconocida y me dijo, mírate.  Tenía otro cuerpo, otra cara, otra edad, hacía otras cosas, pero no tenía duda de que era yo.  Después de cruzar el océano por mucho rato, me volvió a mostrar a mí en otros lugares y tiempos.  Allá ella me pidió que nos bajáramos de la nube y regresamos caminando por el cielo.  De camino, Milagros se paró para quitarse los zapatos, y yo hice lo mismo.  En ese momento aprovechó y con la mirada me traspasó el verde.  Dijo que ese color era el tesoro de su abuela Esmeralda, el que más apreciaba de todos los colores, y me dio un abrazo por primera vez, que yo sentí bien hondo en el corazón.  Sentía que tenía juguetes nuevos, con los que ni siquiera me habría atrevido a soñar, porque eran perfectos aunque muy delicados y tendría que cuidarlos muchísimo y usarlos bien.  Le dije a Milagros que yo quería todos los colores, pero que por ahora era suficiente.  Después de sentirme tan liviana no quería ser una glotona.  Le di las gracias como cien veces, y seguimos caminando entre el cielo y la tierra.

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