Voy de la mano de Felisberto; lo
comprendo, pero cuando intento acercarme a sus obras tempranas se produce una
suerte de hecatombe; no quiero estar más junto a él, detrás de él, quiero que
se aleje. Detesto que sea tan tonto como
para escribir la palabra loco, y luego, dos palabras adelante, contar sobre
quienes están a punto de no poderse entretener.
El aburrimiento de estos días está fomentado por un enorme vacío
intelectual. Felisberto no me está
ayudando en nada. Pobre Felisberto, que
en la grandiosa edición de sus obras tempranas, han pegado una foto suya para
ilustrar un marcador y exprimirlo entre la seis y la siete, entre la noventa y
la noventa y dos. En la librería saben
que a mí me gusta Felisberto Hernández; hay una pequeña sección exclusivamente
suya. Borges está en todas partes: su
inmenso rostro en la pared, sus poesías donde corresponden, los cuentos que
cubren tres anaqueles; está también en la otra sucursal, y en el depósito, y
siempre viene alguno de camino. También
están detrás de mí, velándome las espaldas, las partes que completan su
producción literaria. Las han guardado
en el puesto de caja como un tesoro cuyo valor se estima dentro de los
parámetros que encierra un tesoro. Estoy
en contacto con los números en el salón de las letras. Este mes recibo el aguinaldo y con el
descuento que tengo como empleada me llevo uno de los tres libritos que hay de
Felisberto. Mientras tanto puedo elegir
otras lecturas, pedir permiso, llevarlas a mi casa y ubicarlas nuevamente en su
lugar. Me tiemblan hasta los dientes
cuando encuentro que Roberto Arlt en carpeta dura clava su mirada sobre mí
desde adentro de mi bolso. Arlt es
despiadado, pero Felisberto, no digo que es un boludo, pero hay actitudes de él
que me molestan, que me dejan sin defensas ante este mundo arltiano. Es un lugar triste, sobretodo en el momento
de intercambiar el libro por dinero. Me
he fijado con atención, más que nada, en los pocos individuos que han llevado
consigo algún pedazo de Felisberto. Me
he fijado con atención pero he encontrado muy pocas cosas en ellos. Puede estar relacionado con un particular
descreimiento por ambas partes. No creen
que yo sea una verdadera lectora de Felisberto; yo tampoco creo que ellos lo
sean. Ahora se está poniendo de moda en
la universidad y las muchachas gritan “Ay, Felisberto”. Tan insalvable es el destino. Todo se convierte en coca cola. Han dicho que los cuentos de Felisberto
subyacen a cuatro niveles de ficción; lo han dicho en voz alta y con micrófono
en un auditorio frente a quinientos estudiantes. En la desgrabación impresa de la clase no hay
ningún enunciado que contradiga esta afirmación. A mí me encantan sus símiles y metáforas,
aunque no estoy segura si son esas figuras literarias en específico pero sí que
me asombran. Cuando caigo sobre una de
ellas, dentro del extraño mundo que ha creado Felisberto, sucede como si la
extrañeza ya no fuera sólo de la historia. Imagino que para Felisberto, él en persona,
esos saltos a la vista -primero, y luego- esas transformaciones de la mirada,
se remiten al significado que sobre lo artesanal tuviera su trabajo literario. En algunas de sus metáforas uno se queda más
rato en actitud contemplativa y casi incrédulo ante la superposición de escenas,
las grietas que abre al relato, la voz huidiza que ilumina al acompañante. Las metáforas de Felisberto pueden ser tan violentas que pugnan por la destrucción del texto desde un lugar de poder totalitarista. Poco a poco cada frase se impregna de los estragos que ha ido dejando su trastocada visión.
Andando de la mano nos pasa que a mí me mata la prisa y a él no; tal vez por
eso puede crear con esmero, aunque al mismo tiempo -el que transcurre lento por
su cuerpo hasta el cansancio- cala profundamente en mi incomprensión. El se detiene sin razón alguna. Tal vez no nos encontramos en todos
lados; al parecer, es indigno en estos casos determinar un punto de
encuentro. Los dos juntos no cabemos en
la hache. Cada vez que alguien se lleva
de la librería una edición póstuma de Felisberto yo le suelto algún comentario,
algo así como: “Justo puse el marcador en un cuento increíble, de manera que
cuando lo abras se te hará imposible no comenzar por ahí.” Luego me ataca la tristeza, no sé por qué
adjetivé injustamente un cuento de Felisberto, justo él que rechazaba los
lugares comunes del lenguaje. Y me pongo
a pensar. Me siento en la butaca unos
minutos proyectando la mirada hacia la sección de filosofía y pienso. No puedo pensar, es uno de los resultados del
proceso mental que se desarrolla durante ese breve espacio de tiempo. Desde que entré por esa puerta se cancelaron
mis valores, acá adentro me es imposible sentir amor por Felisberto ni por nada. Lo que logro sentir puedo pensarlo
vivencialmente unas semanas más tarde.
Pero cuando estoy ahí, solamente lo estoy viviendo. Vender
libros es casi tan humillante como no llegar a escribirlos nunca. Felisberto también tuvo que remarla, no
vendió libros pero quizás, medias de mujer.
Tuvo que reducir su vocación por el arte debido a una fatal
predisposición a la supervivencia; viajó por teatros y cafés de las dos
orillas, tocando una música que no apelaba a sus propias concepciones acerca de
la estética; y esto a pesar de haberse aferrado desde muy joven a sus ideas,
parecidas a las que son representadas en este fragmento de Clement
Colling, momento en que comienza -a
través de un concierto de piano al cual él asiste como espectador- a captar la
naturaleza de su relación con la realidad, el arte y el conocimiento.
Mucho más tarde me di cuenta que quería rebelarme contra la injusticia
de insistir demasiado en lo que más sobresalía, sin ser lo más importante. Y si podía sobreponerme a ese ruido que
cierta crítica hace en algún lugar del pensamiento y que no deja sentir o no
deja formarse otras ideas menos fáciles de concretar, si podía evitar el
entregarme fácilmente a la comodidad de apoyarme en ciertas síntesis, de esas
que se hacen sin tener previamente gran contenido, entonces me encontraba con
un misterio que me provocaba otra
calidad de interés por las cosas que ocurrían.
Una de sus metáforas dice: “En
aquel instante me sentí como el empleado al que le dieran un momento
libre.” En este punto, más que en ningún
otro, coincidimos él y yo. No sé a qué
alturas de su edad, pero ya bastante grandecito, el escritor tiene que rendirse
por enésima vez al modo de operación que rige el mundo laboral. Creo que le tocó ser mecanógrafo o
taquígrafo, lento como podía ser en comparación con la juventud de empleados
que colmaba su lugar de trabajo. El compañero
de trabajo que narra en una reseña esta etapa en la vida de Felisberto, lo
muestra rodeado de gente, todas las mañanas tiempo antes de comenzar la
jornada, contando cuentos y anécdotas
interminables a los demás, con el fin, según el joven amigo, de hacerse
querer. Da pena Felisberto, inadaptado
hasta el último momento. Cómo hago para conseguir la música de Felisberto. Por qué no se suicidó. Entre la primera y la segunda parte del
“Caballo Perdido” yo leo un terrible sufrimiento, pero también en “El
Acomodador” en medio de sus escabullidas como un ratón por la ciudad. En El
cocodrilo sola y únicamente sufre, cuando se hace el que mira las casas
mientras su agente le explica por qué no ha podido concretar ningún concierto
de piano.
Anoche, antes de dormirme, cerré los
ojos y lo vi, a su lado había un conejo.
Creo que tengo que regresarlo a su hábitat de modo permanente, no vaya a
ser que el frío y las conversaciones que tengo con los demás, en torno a él, lo
estén matando. Un compañero de trabajo
me preguntó quién era Felisberto y le contesté que un pobre pianista, tan siquiera
pude decir que era un escritor uruguayo de la primera mitad del siglo XX. Así, de ninguna manera, me van a creer. Llevo un tiempo intentando agarrar algo que
me ayude a construir un puente de comunicación entre nosotros.
2009
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