.

Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Wednesday, November 12, 2014

FELISBERTO HERNANDEZ


Voy de la mano de Felisberto; lo comprendo, pero cuando intento acercarme a sus obras tempranas se produce una suerte de hecatombe; no quiero estar más junto a él, detrás de él, quiero que se aleje.  Detesto que sea tan tonto como para escribir la palabra loco, y luego, dos palabras adelante, contar sobre quienes están a punto de no poderse entretener.  El aburrimiento de estos días está fomentado por un enorme vacío intelectual.  Felisberto no me está ayudando en nada.  Pobre Felisberto, que en la grandiosa edición de sus obras tempranas, han pegado una foto suya para ilustrar un marcador y exprimirlo entre la seis y la siete, entre la noventa y la noventa y dos.  En la librería saben que a mí me gusta Felisberto Hernández; hay una pequeña sección exclusivamente suya.  Borges está en todas partes: su inmenso rostro en la pared, sus poesías donde corresponden, los cuentos que cubren tres anaqueles; está también en la otra sucursal, y en el depósito, y siempre viene alguno de camino.  También están detrás de mí, velándome las espaldas, las partes que completan su producción literaria.  Las han guardado en el puesto de caja como un tesoro cuyo valor se estima dentro de los parámetros que encierra un tesoro.  Estoy en contacto con los números en el salón de las letras.  Este mes recibo el aguinaldo y con el descuento que tengo como empleada me llevo uno de los tres libritos que hay de Felisberto.  Mientras tanto puedo elegir otras lecturas, pedir permiso, llevarlas a mi casa y ubicarlas nuevamente en su lugar.  Me tiemblan hasta los dientes cuando encuentro que Roberto Arlt en carpeta dura clava su mirada sobre mí desde adentro de mi bolso.  Arlt es despiadado, pero Felisberto, no digo que es un boludo, pero hay actitudes de él que me molestan, que me dejan sin defensas ante este mundo arltiano.  Es un lugar triste, sobretodo en el momento de intercambiar el libro por dinero.  Me he fijado con atención, más que nada, en los pocos individuos que han llevado consigo algún pedazo de Felisberto.  Me he fijado con atención pero he encontrado muy pocas cosas en ellos.  Puede estar relacionado con un particular descreimiento por ambas partes.  No creen que yo sea una verdadera lectora de Felisberto; yo tampoco creo que ellos lo sean.  Ahora se está poniendo de moda en la universidad y las muchachas gritan “Ay, Felisberto”.  Tan insalvable es el destino.  Todo se convierte en coca cola.  Han dicho que los cuentos de Felisberto subyacen a cuatro niveles de ficción; lo han dicho en voz alta y con micrófono en un auditorio frente a quinientos estudiantes.  En la desgrabación impresa de la clase no hay ningún enunciado que contradiga esta afirmación.  A mí me encantan sus símiles y metáforas, aunque no estoy segura si son esas figuras literarias en específico pero sí que me asombran.  Cuando caigo sobre una de ellas, dentro del extraño mundo que ha creado Felisberto, sucede como si la extrañeza ya no fuera sólo de la historia.  Imagino que para Felisberto, él en persona, esos saltos a la vista -primero, y luego- esas transformaciones de la mirada, se remiten al significado que sobre lo artesanal tuviera su trabajo literario.  En algunas de sus metáforas uno se queda más rato en actitud contemplativa y casi incrédulo ante la superposición de escenas, las grietas que abre al relato, la voz huidiza que ilumina al acompañante. Las metáforas de Felisberto pueden ser tan violentas que pugnan por la destrucción del texto desde un lugar de poder totalitarista.  Poco a poco cada frase se impregna de los estragos que ha ido dejando su trastocada visión.  

Andando de la mano nos pasa que a mí me mata la prisa y a él no; tal vez por eso puede crear con esmero, aunque al mismo tiempo -el que transcurre lento por su cuerpo hasta el cansancio- cala profundamente en mi incomprensión.  El se detiene sin razón alguna. Tal vez no nos encontramos en todos lados; al parecer, es indigno en estos casos determinar un punto de encuentro.  Los dos juntos no cabemos en la hache.  Cada vez que alguien se lleva de la librería una edición póstuma de Felisberto yo le suelto algún comentario, algo así como: “Justo puse el marcador en un cuento increíble, de manera que cuando lo abras se te hará imposible no comenzar por ahí.”  Luego me ataca la tristeza, no sé por qué adjetivé injustamente un cuento de Felisberto, justo él que rechazaba los lugares comunes del lenguaje.  Y me pongo a pensar.  Me siento en la butaca unos minutos proyectando la mirada hacia la sección de filosofía y pienso.  No puedo pensar, es uno de los resultados del proceso mental que se desarrolla durante ese breve espacio de tiempo.  Desde que entré por esa puerta se cancelaron mis valores, acá adentro me es imposible sentir amor por Felisberto ni por nada.  Lo que logro sentir puedo pensarlo vivencialmente unas semanas más tarde.  Pero cuando estoy ahí, solamente lo estoy viviendo.   Vender libros es casi tan humillante como no llegar a escribirlos nunca.  Felisberto también tuvo que remarla, no vendió libros pero quizás, medias de mujer.  Tuvo que reducir su vocación por el arte debido a una fatal predisposición a la supervivencia; viajó por teatros y cafés de las dos orillas, tocando una música que no apelaba a sus propias concepciones acerca de la estética; y esto a pesar de haberse aferrado desde muy joven a sus ideas, parecidas a las que son representadas en este fragmento de Clement Colling,  momento en que comienza -a través de un concierto de piano al cual él asiste como espectador- a captar la naturaleza de su relación con la realidad, el arte  y el conocimiento.
  
Mucho más tarde me di cuenta que quería rebelarme contra la injusticia de insistir demasiado en lo que más sobresalía, sin ser lo más importante.  Y si podía sobreponerme a ese ruido que cierta crítica hace en algún lugar del pensamiento y que no deja sentir o no deja formarse otras ideas menos fáciles de concretar, si podía evitar el entregarme fácilmente a la comodidad de apoyarme en ciertas síntesis, de esas que se hacen sin tener previamente gran contenido, entonces me encontraba con un misterio que me provocaba  otra calidad de interés por las cosas que ocurrían.           

    Una de sus metáforas dice: “En aquel instante me sentí como el empleado al que le dieran un momento libre.”  En este punto, más que en ningún otro, coincidimos él y yo.  No sé a qué alturas de su edad, pero ya bastante grandecito, el escritor tiene que rendirse por enésima vez al modo de operación que rige el mundo laboral.  Creo que le tocó ser mecanógrafo o taquígrafo, lento como podía ser en comparación con la juventud de empleados que colmaba su lugar de trabajo.  El compañero de trabajo que narra en una reseña esta etapa en la vida de Felisberto, lo muestra rodeado de gente, todas las mañanas tiempo antes de comenzar la jornada,  contando cuentos y anécdotas interminables a los demás, con el fin, según el joven amigo, de hacerse querer.  Da pena Felisberto, inadaptado hasta el último momento. Cómo hago para conseguir la música de Felisberto.  Por qué no se suicidó.  Entre la primera y la segunda parte del “Caballo Perdido” yo leo un terrible sufrimiento, pero también en “El Acomodador” en medio de sus escabullidas como un ratón por la ciudad. En El cocodrilo sola y únicamente sufre, cuando se hace el que mira las casas mientras su agente le explica por qué no ha podido concretar ningún concierto de piano.

Anoche, antes de dormirme, cerré los ojos y lo vi, a su lado había un conejo.  Creo que tengo que regresarlo a su hábitat de modo permanente, no vaya a ser que el frío y las conversaciones que tengo con los demás, en torno a él, lo estén matando.  Un compañero de trabajo me preguntó quién era Felisberto y le contesté que un pobre pianista, tan siquiera pude decir que era un escritor uruguayo de la primera mitad del siglo XX.  Así, de ninguna manera, me van a creer.  Llevo un tiempo intentando agarrar algo que me ayude a construir un puente de comunicación entre nosotros.

2009

No comments:

Post a Comment