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Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Friday, November 14, 2014

A Katherine Mansfield

Katherine, sé que no pude hacer nada por ti.   Escribo y escribiré, pero ya es muy tarde.  Siento que haya tenido que ser así para ti y que mi vida haya corrido otra suerte.  También te dejé de leer, Katherine, hubo un momento en que no me interesó más, necesitaba de otras cosas que tú no podías darme saliendo de mí.  ¿Por qué iba a querer conocerme menos a fondo a través de ti? Es el año 2014, y estoy aquí.  Tengo la edad de Katherine, y estoy aquí reviviéndote de la manera que puedo.  Hace un tiempo atrás descubrí algo que a ti también hubiera podido salvarte y lanzarte a la vida. Tu problema sigue siendo la vida y mi descubrimiento es sobre la vida misma.  Estoy preparada para ayudarte a salir de ahí.  Mientras tú tocas el violín yo acomodo el espacio.  Katherine, no has hecho nada parecido a lo que estás por sentir.  Con el tiempo vas a dejar de soñar con la casita y el jardín; en tu cuerpo siempre vas a estar en casa. Pero tienes que estar dispuesta a estar aquí.  Deja los papeles a un lado y levántate; que esto que te voy a enseñar no tiene que ver con nada de este mundo ¿De verdad te interesa sobresalir? Pues yo te voy a mostrar la salida hacia ti.  Si continúas estando aquí vas a ver cómo lo imposible cambia de cara y te reconoce hasta el punto que se vuelven amigos.  Íntimos, como tú y yo.  Voy a acompañarte paso por paso, para que lentamente puedas encontrar tu corazón, tu voluntad, tu raíz, tu luz.  Katherine se desdoblará y multiplicará; morirá y nacerá de nuevo una y otra vez.  La literatura de Katherine iniciará una nueva época en la vida de Katherine.

Wednesday, November 12, 2014

FELISBERTO HERNANDEZ


Voy de la mano de Felisberto; lo comprendo, pero cuando intento acercarme a sus obras tempranas se produce una suerte de hecatombe; no quiero estar más junto a él, detrás de él, quiero que se aleje.  Detesto que sea tan tonto como para escribir la palabra loco, y luego, dos palabras adelante, contar sobre quienes están a punto de no poderse entretener.  El aburrimiento de estos días está fomentado por un enorme vacío intelectual.  Felisberto no me está ayudando en nada.  Pobre Felisberto, que en la grandiosa edición de sus obras tempranas, han pegado una foto suya para ilustrar un marcador y exprimirlo entre la seis y la siete, entre la noventa y la noventa y dos.  En la librería saben que a mí me gusta Felisberto Hernández; hay una pequeña sección exclusivamente suya.  Borges está en todas partes: su inmenso rostro en la pared, sus poesías donde corresponden, los cuentos que cubren tres anaqueles; está también en la otra sucursal, y en el depósito, y siempre viene alguno de camino.  También están detrás de mí, velándome las espaldas, las partes que completan su producción literaria.  Las han guardado en el puesto de caja como un tesoro cuyo valor se estima dentro de los parámetros que encierra un tesoro.  Estoy en contacto con los números en el salón de las letras.  Este mes recibo el aguinaldo y con el descuento que tengo como empleada me llevo uno de los tres libritos que hay de Felisberto.  Mientras tanto puedo elegir otras lecturas, pedir permiso, llevarlas a mi casa y ubicarlas nuevamente en su lugar.  Me tiemblan hasta los dientes cuando encuentro que Roberto Arlt en carpeta dura clava su mirada sobre mí desde adentro de mi bolso.  Arlt es despiadado, pero Felisberto, no digo que es un boludo, pero hay actitudes de él que me molestan, que me dejan sin defensas ante este mundo arltiano.  Es un lugar triste, sobretodo en el momento de intercambiar el libro por dinero.  Me he fijado con atención, más que nada, en los pocos individuos que han llevado consigo algún pedazo de Felisberto.  Me he fijado con atención pero he encontrado muy pocas cosas en ellos.  Puede estar relacionado con un particular descreimiento por ambas partes.  No creen que yo sea una verdadera lectora de Felisberto; yo tampoco creo que ellos lo sean.  Ahora se está poniendo de moda en la universidad y las muchachas gritan “Ay, Felisberto”.  Tan insalvable es el destino.  Todo se convierte en coca cola.  Han dicho que los cuentos de Felisberto subyacen a cuatro niveles de ficción; lo han dicho en voz alta y con micrófono en un auditorio frente a quinientos estudiantes.  En la desgrabación impresa de la clase no hay ningún enunciado que contradiga esta afirmación.  A mí me encantan sus símiles y metáforas, aunque no estoy segura si son esas figuras literarias en específico pero sí que me asombran.  Cuando caigo sobre una de ellas, dentro del extraño mundo que ha creado Felisberto, sucede como si la extrañeza ya no fuera sólo de la historia.  Imagino que para Felisberto, él en persona, esos saltos a la vista -primero, y luego- esas transformaciones de la mirada, se remiten al significado que sobre lo artesanal tuviera su trabajo literario.  En algunas de sus metáforas uno se queda más rato en actitud contemplativa y casi incrédulo ante la superposición de escenas, las grietas que abre al relato, la voz huidiza que ilumina al acompañante. Las metáforas de Felisberto pueden ser tan violentas que pugnan por la destrucción del texto desde un lugar de poder totalitarista.  Poco a poco cada frase se impregna de los estragos que ha ido dejando su trastocada visión.  

Andando de la mano nos pasa que a mí me mata la prisa y a él no; tal vez por eso puede crear con esmero, aunque al mismo tiempo -el que transcurre lento por su cuerpo hasta el cansancio- cala profundamente en mi incomprensión.  El se detiene sin razón alguna. Tal vez no nos encontramos en todos lados; al parecer, es indigno en estos casos determinar un punto de encuentro.  Los dos juntos no cabemos en la hache.  Cada vez que alguien se lleva de la librería una edición póstuma de Felisberto yo le suelto algún comentario, algo así como: “Justo puse el marcador en un cuento increíble, de manera que cuando lo abras se te hará imposible no comenzar por ahí.”  Luego me ataca la tristeza, no sé por qué adjetivé injustamente un cuento de Felisberto, justo él que rechazaba los lugares comunes del lenguaje.  Y me pongo a pensar.  Me siento en la butaca unos minutos proyectando la mirada hacia la sección de filosofía y pienso.  No puedo pensar, es uno de los resultados del proceso mental que se desarrolla durante ese breve espacio de tiempo.  Desde que entré por esa puerta se cancelaron mis valores, acá adentro me es imposible sentir amor por Felisberto ni por nada.  Lo que logro sentir puedo pensarlo vivencialmente unas semanas más tarde.  Pero cuando estoy ahí, solamente lo estoy viviendo.   Vender libros es casi tan humillante como no llegar a escribirlos nunca.  Felisberto también tuvo que remarla, no vendió libros pero quizás, medias de mujer.  Tuvo que reducir su vocación por el arte debido a una fatal predisposición a la supervivencia; viajó por teatros y cafés de las dos orillas, tocando una música que no apelaba a sus propias concepciones acerca de la estética; y esto a pesar de haberse aferrado desde muy joven a sus ideas, parecidas a las que son representadas en este fragmento de Clement Colling,  momento en que comienza -a través de un concierto de piano al cual él asiste como espectador- a captar la naturaleza de su relación con la realidad, el arte  y el conocimiento.
  
Mucho más tarde me di cuenta que quería rebelarme contra la injusticia de insistir demasiado en lo que más sobresalía, sin ser lo más importante.  Y si podía sobreponerme a ese ruido que cierta crítica hace en algún lugar del pensamiento y que no deja sentir o no deja formarse otras ideas menos fáciles de concretar, si podía evitar el entregarme fácilmente a la comodidad de apoyarme en ciertas síntesis, de esas que se hacen sin tener previamente gran contenido, entonces me encontraba con un misterio que me provocaba  otra calidad de interés por las cosas que ocurrían.           

    Una de sus metáforas dice: “En aquel instante me sentí como el empleado al que le dieran un momento libre.”  En este punto, más que en ningún otro, coincidimos él y yo.  No sé a qué alturas de su edad, pero ya bastante grandecito, el escritor tiene que rendirse por enésima vez al modo de operación que rige el mundo laboral.  Creo que le tocó ser mecanógrafo o taquígrafo, lento como podía ser en comparación con la juventud de empleados que colmaba su lugar de trabajo.  El compañero de trabajo que narra en una reseña esta etapa en la vida de Felisberto, lo muestra rodeado de gente, todas las mañanas tiempo antes de comenzar la jornada,  contando cuentos y anécdotas interminables a los demás, con el fin, según el joven amigo, de hacerse querer.  Da pena Felisberto, inadaptado hasta el último momento. Cómo hago para conseguir la música de Felisberto.  Por qué no se suicidó.  Entre la primera y la segunda parte del “Caballo Perdido” yo leo un terrible sufrimiento, pero también en “El Acomodador” en medio de sus escabullidas como un ratón por la ciudad. En El cocodrilo sola y únicamente sufre, cuando se hace el que mira las casas mientras su agente le explica por qué no ha podido concretar ningún concierto de piano.

Anoche, antes de dormirme, cerré los ojos y lo vi, a su lado había un conejo.  Creo que tengo que regresarlo a su hábitat de modo permanente, no vaya a ser que el frío y las conversaciones que tengo con los demás, en torno a él, lo estén matando.  Un compañero de trabajo me preguntó quién era Felisberto y le contesté que un pobre pianista, tan siquiera pude decir que era un escritor uruguayo de la primera mitad del siglo XX.  Así, de ninguna manera, me van a creer.  Llevo un tiempo intentando agarrar algo que me ayude a construir un puente de comunicación entre nosotros.

2009

Thursday, November 6, 2014

Milagros I

Milagros no tiene vocación de niña.  Pasan los días y no la vemos.  En el lugar que ella eligió para vivir hay un jardín bien grande.  A veces paso por ahí.  Y ella parece que estuviera sembrada.  Casi nunca viene a la escuela y nadie la extraña, pero yo siento que falta Milagros.  He tenido peleas con otras niñas, y soy yo quien les corre detrás.   No se me escapa una.  Dicen que no tengo piedad y que debería tenerla.  Desde que era más chiquita me gustaba pelear con los niños y las niñas. Los niños tampoco me ganan y las maestras me tienen miedo y no me dicen nada.  Yo siento que estoy viviendo mi niñez de una forma rara, debe ser que soy rara.  Me molesto mucho y me aburro cuando no sé qué hacer.  En la escuela me molesto más todavía porque tengo que hacer cosas que no quiero.  Me molesto tanto que las ganas de pelear vienen solas, quiero que los demás sientan lo que yo siento y que nadie pueda crecer y se acabe todo.  Si crezco también va a crecer mi molestia y si ellos crecen no van a saber qué hacer, como ahora.  Ayer nos mandaron a dibujar algo, yo dibujé algo y se lo entregué a la maestra.  Ella dijo que dibujara otra cosa y me enseñó el dibujo de Felicia, para que viera.  Yo me molesté mucho.  La maestra me vio algo en los ojos y me dijo que en el pueblo vivía una señora que hacía con sus manos ojos de arco iris, como los colores del dibujo de Felicia, que la señora era muy vieja y que ya no veía bien porque le había dado a los niños toda su visión y que vivía cerquita del río, cruzando el puente.  Cuando dejó de hablar se me quitaron las ganas de perseguir a Felicia y salí corriendo y preguntándole a la gente que dónde vivía Doña Esmeralda.  Cuando escuché el río sonar supe que ya la había encontrado.  Afuera de la casita había dos caballos, tres vacas, como treinta gallinas y tres gallos. La puerta estaba abierta.  Le grité su nombre y una brisa bien fuerte me despeinó más.  Entré a la casa y Doña Esmeralda estaba sentada en el sillón con los ojos abiertos pero no miraba nada.  Me senté en una sillita frente a ella y le toqué las manos.  No me sentía molesta con Doña Esmeralda por no haberme esperado.  Busqué en las gavetas y en los rincones de la casa y no encontré los ojos de arcoíris de los que me habló la maestra.  Pero encontré sentimientos de los que la maestra ni nadie sabía, porque estaban bien guardados.  Le di un beso a Doña Esmeralda en las manos y salí a bañarme en el río.  Cuando bajé la jalda vi a Milagros entrando al agua,y elegí vivir ahí, del otro lado del puente, bajo el arco iris.

Donde Milagros vive hay un jardín bien grande pero la casa no se ve.  Esta tarde fuimos juntas a la escuela pero no entramos, nos trepamos en uno de los árboles que están del otro lado de la calle y nos quedamos ahí sentadas, mirando para allá en la hora del recreo.  Las piernas de Milagros estaban colgando, quietas, y las mías se mecían en el tronco.  Le pregunté si ella había conocido a Doña Esmeralda y me dijo que sí, que Doña Esmeralda era su abuela. Cuando respondió me miró fijamente a los ojos, y vi que tenían los colores del arco iris.  No me sentí molesta con Milagros por tener en los ojos todos esos colores, que además, la hacían lucir hermosa.  Ella me dijo que si yo quería me los podía traspasar, pero que tenía que ser uno por uno, hasta completar los siete.  Me parecía raro que Milagros hablara de esas cosas pero lo decía tan tranquila que sabía que tenía que ser verdad.  Volvimos a mirar para la escuela y vimos que Lucinda y  Santino estaban peleando.  El le jalaba el pelo y ella le mordía un brazo.  Los demás niños y niñas hacían un círculo alrededor; unos repetían en voz bien alta el nombre de ella y otros el nombre de él.  Mis piernas se empezaron a menear más rápido en el tronco y cuando miré para al lado Milagros había desaparecido.  Estaba abajo del árbol, esperándome.  Cuando bajé, me preguntó que quién yo quería que ganara la pelea.  Le dije que prefería que ganara Santino porque Lucinda nunca me miraba ni me hablaba.  Milagros me dijo que iba a tener que traspasarme primero el color rojo, y me agarró las manos como yo hice con Doña Esmeralda.  Después me llevó hasta la verja que encerraba a los niños y niñas en el patio de la escuela y mirábamos para adentro pero nadie nos veía.  Misis Pérez salió y se metió adentro del círculo.  Separó a Lucinda y a Santino.  Se veía que estaba muy molesta.  Regañó a todos los niños y niñas y se los llevó para adentro de la escuela donde nadie podía ver.  Nosotras brincamos la verja y entramos al patio.  Milagros estaba haciendo movimientos que yo no había visto nunca antes.  Dijo que me mostraba para que yo también los pudiera hacer.  Pero aunque me quedé mirando, sin decirle nada de vuelta, pensaba que era imposible que yo pudiera hacer eso que ella hacía.  Era uno de sus juegos favoritos.  Le gustaba mucho quedarse paralizada en uno de los movimientos, como una estatua viviente.  Eran estatuas raras pero parecían obras de arte.  Como nunca hemos ido de gira al museo, no podría comparar.  Cuando terminó me traspasó el anaranjado y sentí que tenía una amiga por primera vez.  Milagro juntó sus dos manos para que yo apoyara el pie y se me hiciera más fácil subir para brincar la verja.



Estábamos del otro lado escalando una montaña porque ella me advirtió que sólo si llegábamos hasta el pico y nos parábamos debajo del sol, me podría dar el amarillo.  Como yo quería todos los colores le dije que sí aunque me sentía débil y la barriga me rugía como un león.  Escalando la montaña le pregunté si su abuela Esmeralda la regañaba mucho y era por eso que parecía que no la extrañaba tanto.  Milagros me dijo que nunca la regañó, que era una mujer silenciosa pero siempre que la iba a visitar le contaba alguna historia y que todas las historias las tiene guardadas.  Me dieron más ganas de haber conocido a Doña Esmeralda porque debía ser una mujer muy rara.  Cuando por fin llegamos al pico Milagros sacó un pan de su bolsillo y con la mirada me traspasó el amarillo.  Lo que sucedió después tal vez nadie me lo creería, pero de verdad pasó.  Cuando iba a volver a bajar la montaña, para regresar al pueblo, Milagros me detuvo y dijo que si yo quería los ojos de arco iris, teníamos que seguir subiendo.  Esperamos que una nube se acercara y cuando ya estaba ahí ella me agarró de la mano y nos trepamos.  Desde la nube mirábamos a los niños y las niñas en la escuela, los negocios, la gente, las casas y los animales.  Pero como la nube siguió volando veíamos desde arriba otros pueblos, gentes, escuelas, casas, negocios y animales.  Le pregunté a  Milagros con un poco de miedo que qué pasaba si la nube se rompía y ella me dijo que no importaba porque podía caminar en el cielo.  Esto último que me dijo me causó una impresión muy grande, pero más me asombré cuando señaló hacia abajo, hacia una tierra desconocida y me dijo, mírate.  Tenía otro cuerpo, otra cara, otra edad, hacía otras cosas, pero no tenía duda de que era yo.  Después de cruzar el océano por mucho rato, me volvió a mostrar a mí en otros lugares y tiempos.  Allá ella me pidió que nos bajáramos de la nube y regresamos caminando por el cielo.  De camino, Milagros se paró para quitarse los zapatos, y yo hice lo mismo.  En ese momento aprovechó y con la mirada me traspasó el verde.  Dijo que ese color era el tesoro de su abuela Esmeralda, el que más apreciaba de todos los colores, y me dio un abrazo por primera vez, que yo sentí bien hondo en el corazón.  Sentía que tenía juguetes nuevos, con los que ni siquiera me habría atrevido a soñar, porque eran perfectos aunque muy delicados y tendría que cuidarlos muchísimo y usarlos bien.  Le dije a Milagros que yo quería todos los colores, pero que por ahora era suficiente.  Después de sentirme tan liviana no quería ser una glotona.  Le di las gracias como cien veces, y seguimos caminando entre el cielo y la tierra.

Wednesday, November 5, 2014

Cantar

Cuando tú cantas es cuando más te quiero.  Si te escucho cantar me parece que no eres tú porque la voz que usas todos los días está vestida de negro.  La voz que te pones cuando despierto me corta la respiración, la escuela me queda más lejos.  Las monjas me dieron con la cruz en la cabeza porque ni que no sé cantar, y no es eso, es que desde hace mucho tiempo tú no cantas, y no puedo hacerlo sola, tenemos que cantar los dos.  A ti también te han reventado cosas, tu voz de trueno me lo dijo y no te creí hasta que te oí cantando.  Cuando cantas yo te entiendo y te imagino.  Hemos cantado mal cuando nadie nos ha visto y nuestros cantos han hecho una catástrofe montañosa donde la gente viene a cantar por cantar y después se alejan.  Allí abajo está la iglesia, la plaza, la escuela, y los pájaros cantan pero nosotros no queremos cantar ahí, será porque somos cantantes de otra categoría, de la vieja escuela del canto del alma que se nos ha puesto gris y así los pájaros la manosean y después se van volando, pero no es tan fácil para ti y para mí.  Recuerdo aquellos viejos tiempos cuando cantabas, las monjas se tenían que tragar la lengua, tú describías los tonos de la naturaleza, subíamos a la campana y ahí yo cantaba contigo. 

Tuesday, November 4, 2014

Pequeña

Pequeña saltarina, qué te hiciste? A quién dejaste entrar? Puede todo el mundo entrar por esa puerta tan pequeña? Mírate los pies qué grandes están.  Desde hace cuánto tiempo que caminan? Luego te voy a contar algo que me dijeron, te lo voy a decir al oído para que nadie oiga en un momento secreto.  No puedes creer todas las palabras.  Reserva las que llamen tu atención y atiéndelas debajo de la cama y arriba del techo mirando las estrellas. Eres tan pequeña que no deberías estar sola, pero los lugares que elijas van a influir mucho en tu manera de crecer, por eso te mando a donde te mando.  Hay que seguir instrucciones, a veces.  Secretamente nos enviaremos correspondencia.  Déjame ver tu mano; Qué grande! Quién escribió esto por ti? Dice que esperes una vida un día de estos, asomada en medio de la noche.  No debes confundirte, porque así puede ser que no te encuentre.  Si sientes confusión quédate bien despierta, ve preparando los ojos para cuando llegue.  Llora ahora todo lo que puedas, lo vas a necesitar después, haberlo llorado todo con ganas.   

Monday, November 3, 2014

El Misterio

Lo vi en unas escrituras.  No dudé un momento.  Supe que cambiaría el rumbo de mi mente y de mi vida para siempre.  El mar se abrió en dos y caminé por ese atajo.  Pareció un camino fácil.  Llegué a pie pero empapada del agua que salpicaba a ambos extremos.  La conclusión tuvo una nota refrescante.  Verdaderamente refrescante.  El misterio, en lugar de apagarse, se avivó.  Pero era tan refrescante el misterio que aún quemándome no sentía el dolor como dolor.  No dije quiero volver atrás.  Ni dije intentaré interpretarlo nuevamente.  Dije llévame.  Dije voy.  El mar de esta isla me separa del otro extremo y del otro extremo.  Nací en una isla en medio del mar y del mundo.  El mar se abrió y agarré ese atajo porque sabía que no habría uno igual; fue la única vez que lo vi hacerlo.  Vi de un lado el mundo y del otro lado el extremo y del otro lado el otro extremo.  El mundo estaba en medio del mar y el mar se abrió y me metí por ese misterio para ver a dónde me llevaba. No hay nada que interpretar si uno nace en una isla en medio del mar y del mundo o donde sea.  Hay el extremo de lo que es y hay el extremo de lo que no es y ambos coinciden en el lugar donde el misterio nace.  Vi mi cuerpo ardiendo sin dolor y supe que estaba escrito.  El misterio hizo cenizas la interpretación; desde siempre estuvo poseído de astucia y aparentó ser otra cosa, y así me había dominado a mí hasta que me prendió en fuego. Experimenté una sensación extremadamente refrescante mientras me quemaba.  Parecía que el símbolo tomaba posesión del símbolo del símbolo y que el viento soplaba como nunca.     

Palacio de la Paz

No sé si fue la primera vez, o luego de cuánto tiempo comencé a tener una experiencia real de transformación.  Hasta hace unos minutos no había encontrado la manera de describirme a mi misma la ruta hacia el pico más alto de los hallazgos, donde no he estado todavía, pero del cual reconozco su existencia.  De algún modo sabía que había estado en una cima y contemplado el llano desde ahí, en silencio, en soledad.  Pero no podía saber si visitaba a alguien, ni cómo me trataba, ni qué me enseñaba, ni si yo quería vivir ahí o si debía hacerlo, al menos por un período en el  cual, gradualmente, obtuviera el aprendizaje que había ido a buscar, sin saber qué era, pero sabiendo al menos que algo tenía que aprender y que no estaba entre las cosas que abundan y se esconden a mi alrededor.  Entre todas estas cosas no sé cuál elegir, si el sueño, la introspección, la música, o los botes de pesca.  Elijo no atentar contra las pérdidas.  Acomodo las cosas en sitios distantes para ver qué se puede hacer con eso hasta que ya no hay nada.  Como este instante se renueva, tengo que volver a empezar, pero siempre por un lugar distinto, entro por otra puerta, por la que no quieren dejarme entrar, entro.  Tiro sogas hacia cualquier punto que encuentre y me deslizo como los pájaros.  Cuando llego a un punto de castillo en ruinas dejo de pensar, y me preparo para que el pensamiento me sujete, y me lleve lejos, hacia el punto más diminuto de los que caen del árbol, me lo como y entro al Palacio de la Paz.  De allí me robo tantas cosas.  Cuando regreso, porque la paz dura poco tiempo, el entendimiento me visita, y siento que puedo abrazar el mundo y que no hay gesto humano más deformado que ese.