30-06-2014
Hoy fui a una
clase a la mañana. Ahora, en la tarde,
siento que soy otra. Noté durante la práctica
que mi intención era minuciosa y que intervenía en cada movimiento,
desplazamiento hacia uno nuevo y en las posturas. Pero además, podía reunir los aspectos físicos
con los sutiles a través de la respiración.
Me ha tomado un tiempo llegar a este punto; el tiempo, en realidad, ha
sido corto, pero ha habido mucha practica en ese periodo, y ahora es que
empiezo a verme mejor en ella. Puedo
vivenciar la estabilidad, vivenciar el equilibrio y la gracia; puedo sostener
mi fuerza y orientarla hacia donde se precisa.
Siento que asisto al Yoga con devoción.
No sé si espera algo de mí; pero yo sé que espero sanación, claridad y
entrega. Poco a poco veo que se están abriendo
estas puertas, y nadie las fuerza para que se abran. Las abre el viento cuando siente que me estoy
acercando. Me estoy acercando, y voy
despacio, es como mejor puedo dirigirme.
Hoy la práctica iba mucho más rápido que yo y tomé las riendas de mi
ritmo y vibración. Hasta lloré en un
momento; era tan hermoso verme resurgir; crearme un nuevo rostro, una forma
nueva hecha a imagen y semejanza del pulso y los latidos que me nombran. Debía satisfacer la necesidad vital de
respirar el ser y ofrecerle mi esfuerzo, y la intención de florecer cada día,
para representarlo dignamente.
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