23-06-2014
Fue en una clase
con Dori, a la tarde, hace dos días. El salón estaba lleno, había casi cuarenta
personas y solo dos espacios para poner el mat; uno estaba pegado a la pared,
al fondo, detrás de todo el mundo, oculto casi en una esquina, lejos de todas
las miradas; el otro estaba en el mismo centro del salón, frente a la maestra,
rodeado y expuesto a todas las miradas: elegí ese. Fue una clase magnifica. Podía concentrarme y entregarme a la práctica
como si estuviera sola, pero con la alegría de estar acompañada, dentro de ese volcán
energético. Ya había adquirido la
confianza en mí y en mi práctica como para hacerme visible y actuar desde el corazón
al mismo tiempo. Al menos tengo menos
capas de miedo; se van cayendo con el sudor.
Inclusive pude realizar una postura de fuerza y equilibrio que siempre
me costaba: Kakasana. Debía encajar los tríceps en las espinillas,
mirar un punto fijo, y balancearme, sosteniendo el cuerpo solo de la palma de
las manos. De pronto estaba en la
postura, ahí, tranquila, respirando, contenta, liviana, fuerte, en equilibrio.
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