15-06-2014
Hoy fui sola al río;
me encuentro con mi río, y entre mis arboles, de raíces iguales
a las mías. Qué río en el mundo puede
ser más bello y apacible que éste de Río Grande. La temperatura de las aguas es ideal y la
corriente se mueve en un ritmo perfecto, casi lento, como para tener tiempo a
pensar en lo que le vamos a echar y que se lo lleve. Ahí estaba buscando mi
intimidad. Estaba tranquila a mi lado,
sin nada que no fueran las piedras, los cangrejos y peces, la flora, el cielo,
el sol, la tierra. En ese instante
escuché que se acercaban personas, me viré a mirar; era la gente del
grupo. Algunos se tiraron rápido al
agua, y las muchachas, sobretodo, se sentaron en las piedras. Yo me desplacé en el agua hasta una cascadita
que estaba cerca, pero retirada; quería estar un rato en soledad. Me metí debajo del chorro y después me senté
en godess pose sobre la piedra grande
frente a la cascada. Ya no sabía lo que
pasaba allá, estaba envuelta por el sonido del agua al caer. Me habían estado llamando varias veces
porque íbamos a hacer una práctica en el río, pero yo no contestaba; me
esperaban para empezar. Pensaba que habían
ido al río porque querían. Fue como si
volviera a tener diez años, pero ahora me podía disfrutar. Después
practicamos posturas sobre las piedras, de un trecho a otro del
río. Me quede atrás para guardar esa
imagen en mi memoria. Se veían
comprometidos en su práctica; aprovechando de verdad el momento. Cada ciertas piedras
me metía de nuevo en el agua y me refrescaba.
Todavía no sabía bien a qué dedicarle esa práctica, y se me ocurrió una
buena idea, sólo asanas de
equilibrio. Eso fue lo que hice, y ahí en
el río, enraizada en las piedras, no había manera de caerme.
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