7-07-2014
Con qué rapidez suceden ciertos cambios. Hoy día me reconozco distinta, y sé que dentro de poco me va a volver a suceder. Podré hacer cosas que hoy no sé hacer; tendré un conocimiento que hoy no tengo; mi disposición espiritual ante la vida se habrá renovado también; mi capacidad de visión será más amplia; el afecto que siento por las personas será mayor; estaré más en sintonía con mi época y realidad; lucharé mejor; abarcaré más temas y espacios. Me podré dar más. Ayer, antes que empezara la clase de yoga, me senté en padmasana sobre el mat, y ahí, inhalaba llevando las manos por los costados del cuerpo hasta arriba, las unía, palma con alma, y las traía hasta el pecho, exhalando. Mi cuerpo hablaba un lenguaje refinado y se alimentaba de movimientos suaves que se iban encontrando a sí mismos y llegaban a cúspides donde yo me quedaba mirándolos, asombrada. Era libre. Podía comunicar mi estado interno y mi sentimiento por el mundo. Mis huesos, músculos y órganos habían cambiado. Son más extensos, flexibles, versátiles, más tiernos. Cada parte de mi cuerpo es una entidad propia; somos todos compañeros, y ninguno tiene más valor, ni menos deber. Me ayudan a renovar los secretos, liberándolos, cuando ya no precisan estar secretos.