A Gustavo nadie le dijo que fuera
para allá, porque la clase de yoga no es obligatoria, algo bueno tiene. Pero él un día quiso entrar, entrar porque
hay puerta y cosas lamentables de ese tipo.
A los pocos minutos se había armado un escándalo entre Gustavo y
Robinson, que venía a pedirle una libreta de una clase de la escuela. Y Gustavo que no y que no le iba a dar la
libreta. Se puso terco como no sé qué. Y ahí estaba la maestra de yoga intentando
abrirle el corazón para que le diera la condená libreta a Robinson y se acabara
la guerra. Como él no cedía trajeron a
una tutora para obligarlo a darle la libreta a Robinson, aunque ella casi le
jarta una galleta él seguía con que no y que no. Pasaban niños a donde Gustavo
y le recriminaban furiosos que no quisiera prestarle la libreta a Robinson,
porque entonces Robinson se iba a colgar si él no le hacía ese favor y la mamá
le iba a pegar y a castigar. Pero Gustavo seguía que no y que no y que no. Mientras tanto yo seguía al lado de él,
hablándole suave y despacio para contrastar, permaneciendo para contrastar, y creyendo
en él para contrastar. Cuando todos se
cansaron de la maldad de Gustavo le dije si quería sentarse derechito, cerrar los
ojos y respirar. Así como lo que yo
estoy haciendo, Gustavo. El dijo que
sí. Llegó a padmasana de una vez, entornó los ojos hacia el otro lado, calló la
boca e inhaló y exhaló como le había sugerido que lo hiciera. Así estábamos los dos, respirando a pesar de
todo lo que ocurría alrededor. No sé qué
sucedió con la libreta, pero Gustavo viene a la clase siempre que lo traen al
club, nos ponemos contentos de vernos, me cuenta cosas que siente y que piensa,
y de todas las posturas prefiere la de meditación.
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