Renuncio. Llevo renunciando desde hace mucho tiempo y
no me confirman que aceptan mi renuncia, y de no hacerlo tendré que seguir
fabricando hasta la saciedad millones de muñecas, y cuántas muñecas ni yo misma
sé que haré, y estaré encerrada noche y día entre trabajadores menos
cualificados y más cualificados que yo para soportar y sostener sin razón este
oficio que pide clemencia y descanso.
Algunas muñecas me quedaron lindas, eso sí, pero no me dejan jugar con
ninguna porque hasta el soplido de mi nariz lo rescatan y estudian para saber
de qué modo sobrellevar la carga que soy.
Me place lo indecible no rendir cuentas nunca y se han visto en la
necesidad de reunirse conmigo y, simplemente, gritarme hasta el estruendo, para
que se enteren todos, que no estoy apta porque me falta sentido del deber. Eso han dicho, que me falta sentido del deber
hacer muñecas para un montón de niñas desconocidas que me chupan la sangre y
hacen rondas conmigo en el centro, despedazan las muñecas, me tiran los brazos,
las cabezas, y yo no las puedo ver para poder decir luego: “fueron ellas, esa,
la de los ojos claros, esa fue la que empezó el juego.” No puedo, no estoy para nadie hoy, tengo que
hacer muñecas y que queden idénticas unas a las otras en tamaño y forma, pero
además se precisa de mí la creatividad, los rasgos especiales para cada
una. Hablar, no, no hablan, sino las que
harán de madres con ellas en el pecho y le restregarán el: “Hubiera elegido la
del vestido azul”, y la muñeca que yo he tardado en hacer horas y días con mis
dos manos solamente y mi creatividad, tendrá el derecho de extraviarse hasta no
ser vista nunca más entre los demás juguetes. Lo decidí esta mañana, golpearé la puerta del director y le
diré que no me voy hasta que me sea entregado todo lo que se me debe: aire,
caminos, cielo. Le remarcaré sin quiebre
en la garganta que me sea devuelto lo que no me ha sido dado y se me debe:
aire, caminos, cielo. Y las muñecas
confeccionadas por este par de trabajadoras ansias, exigiré sean conducidas en camión
de carga hasta mi casa donde yo repartiré cada una de ellas a las miserables
niñas que viven esperándome en el umbral.
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