El ventilador
me lo prestó un amigo; las aspas tiran un aire que sólo alcanza a refrescar a
unos centímetros de distancia, unilateralmente, casi siempre en dirección al
pie, apuntando de modo deliberado al dedo pulgar. Ahora está puesto sobre un banquito,
diminuto, como para un niño, porque esta habitación es tamaño infantil, como
mis juegos y las ilusiones que me trajeron a este espacio que pudo haber sido
también un calabozo. Sobre mi cabeza,
hay tres anaqueles y uno sólo, todavía, ocupado por libros; algunos han
atravesado mares y aeropuertos. Luego
hay otros, los nuevos; se han agregado como el ventilador, pero abarcan
múltiples dimensiones de un espacio dentro y fuera de mí. También hay dos marcos de fotos, en una
aparezco sentada junto a él en el parque, los dos mirando a la cámara: yo, con
una sonrisa veinteañera, llevando en hombros la mochila; tengo una mano
acariciando su pierna y en la otra, metida en un puño, los tres pesos para
pagarle al fotógrafo ambulante. El está
mirando el lente, sospechoso, indagando, tal vez, en la personalidad del autor
de la foto.
El ventilador
de la vecina -que vive junto a mi habitación en la misma casa- debe ser mucho
mejor, pero emite un ruido tautológico, si se puede. Como es un sexto piso, de un antiguo edificio
del centro de la ciudad de Buenos Aires, donde los techos son muy altos, no se
escuchan sonidos de la calle. Eso sí,
una de las vecinas, Isabel, me persigue, debe tener como setenta años, el ruido
que producen sus palabras es más peligroso que un choque de autos, allá abajo,
entre Rodríguez Peña y Sarmiento. Se
sentó en la mesa de la cocina mientras yo almorzaba, me habló de la dueña de la
casa, y de la otra vecina -la del ventilador- a la que se refiere como “la
otra”. En su habitación hay un crucifijo
de madera colgado en una pared, y en la oscuridad de la noche se enciende una
luz roja y la puerta queda entreabierta.
En el otro
marco de foto, que está en el segundo anaquel despoblado, aparezco en el
centro, y a ambos lados mis dos hermanas.
Tenemos de cuatro a seis años; yo miro de reojo hacia el lente, las
manos en la cintura, llevando de perfil y hacia adelante la cadera, con una
sonrisa de veinte años, dando indicios de mi personalidad.
Hoy es un día
lluvioso y no se siente tanto el calor de este verano imposible. Cerré la cortina del umbral de la puerta y
escucho a veces cuando los pies de la señora Elba se arrastran por la casa,
para tender alguna de sus ropas o ir al baño o intentar olerme desde el
pasillo. Hay también, frente a un libro
de Proudhon, un espejito en forma de corazón que me regaló un trabajador de la
cristalería del barrio obrero que dejé para mudarme acá. Pero ya había un espejo más grande en la
habitación, estilo años cincuenta, de bordes dorados, que por su vejez, no
puede verme bien a mí; saca los ojos de lugar, cambia el color de la ropa a uno
más opaco, ensancha la figura, se burla.
Está debajo del único hueco en este espacio que simula ser una pequeña
ventana, pero al asomarte, sólo hay otra pared y la luz del sol nunca
entra.
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