Jose me cae bien. Me da un poco de pena su
existencia, pero me cae bien. En el turno noche del sábado estábamos las dos en
el restaurante. Uno de los camareros que trabaja ese turno no iba a poder ir
por alguna razón y la encargada le dijo a Jose que tenía dos opciones: “o hacés
el sábado y el domingo y el lunes doble turno o hacés el sábado y el domingo y
el lunes doble turno.” Como Jose es muy amiguera, pero a la vez está bastante
sola en la vida, desde el primer día que pisó el restaurante le buscó la vuelta
a la encargada. A veces hasta la hace reír y de buena onda le lleva las
galletitas que le gustan y se queda a almorzar con ellos. El sábado en la noche
Jose y yo nos pusimos a hablar, después de una hora asegurando que estuviera
listo cada detalle del salón para comenzar el turno: cambiando los manteles de
las mesas, llenando de vino las jarras, quitándole el polvillo a los vidrios,
cargando de postres la heladera, envolviendo cubiertos. Estaba lloviendo en
capital y la noche venía lenta en el restaurante, hablando el tiempo pasa más
rápido. Pero la encargada nos vio por el reflejo de los cristales que bordean
el restaurante y se movilizó por el salón inspeccionando extrañamente las
áreas. Primero los cubiertos, luego le pasó el dedo, de un extremo al otro, al
vidrio donde están apoyadas las botellas de vino; se asomó en la heladera de
postres, estante por estante; hacía que acomodaba mejor los manteles de las
mesas, ponía toda su atención sobre los objetos, se adueñaba de cada perímetro,
de los suspiros de Marta en la cocina, del sudor irreparable de Leo, de la
lluvia, de nuestros documentos, de vos.
Cuando llegó al área de los niños, que es un
rinconcito con pizarra y juguetitos sueltos, se plantó con su peso de gigante y
nos dijo a Jose y a mí: “por qué no se buscan un balde de agua con jabón y
limpian los rastros de tiza que hay en la pared?” mientras nos señalaba con el
dedo un caminito invisible de tiza incrustado entre la loza y el piso. Me quedé
sin fuerzas, se me cayeron los hombros y sentía en el pecho un dolor
inexpresable. Pero Jose estaba frente a mí y escuchaba sus palabras llegar
desde muy lejos como reteniéndome en la vida. Ahí, frente a la pizarra, me
decía que no le gusta trabajar ya en el restaurante, que ella lo ha intentado
todo con la encargada pero que la mina no le retribuye nada. Ella se veía un
poco angustiada y yo le dije: “Jose, creo que el problema sería que te
quisieras quedar acá”. Pero en nuestra conversación se iban asomando otros
matices de su persona que me dejaban comprenderla un poco, no sólo a ella, sino
también a los otros empleados. Por ejemplo, los de la cocina, que son de
Santiago, viajan a capital en busca de mejores condiciones de vida tomando en
cuenta que los niveles de explotación impuestos a la fuerza de trabajo humana
en esa provincia son prácticamente insuperables. Ellos, como quien dice,
prefieren comerse este caldo y laburar sesenta horas semanales, con un sueldo
en negro, sofocados por el calor asfixiante de la cocina y la humillación base
de toda reproducción culinaria. Jose tampoco sabe qué es peor. Pero sus asuntos
pertenecen a otro orden, no como les pasa a los de la
cocina. Al menos está muy joven todavía, pero parece que carga con un basural
de equivocaciones sobre su espalda, y de pérdidas y de gritos en medio de la
calle.
Buenos Aires, 2008
Buenos Aires, 2008
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