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Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Saturday, April 25, 2015

Eucaliptos. IV


III
En la Biblioteca Pública del pueblo pregunté por el nombre y domicilio de alguna tejedora. Me dijeron que buscara a Olga.  La biblioteca era un pequeño paraíso que servía a los placeres de mi mente.  En ese lugar yo era la princesa del pueblo, la que hacía y deshacía a su antojo porque los objetos le eran propios y sabía jugar con ellos y ostentar sus poderes con una gracia sublime y al mismo tiempo natural.  Era digna de la Biblioteca Pública y Popular de Mar del Sur, de ese diminuto, rezagado e inerte rincón del mundo.  Para mí era una tierra elegida por Dios.  La palabra escrita se inscribía en un lugar sagrado del universo material que componía la vida y hacía que mi mente y cuerpo viajaran a través de una experiencia insólita de desmaterialización.
Caminé hasta la casa blanca a dos cuadras de la iglesia.  Cuando escuchó los aplausos Olga salió.  Le dije que quería aprender a tejer.  Le conté que estaba de regreso en el pueblo y que vivía sola en una casita de Pedro y Zulema.  Nos sentamos en un banquito del jardín de su casa y una rama de rosas rojas colgaba sobre nosotras.  Olga habló de su hijo, que estaba viviendo en otro país y tenía mi edad.  Yo hablé de la capital y que ahora podía caminar, respirar, y darme chapuzones en el agua para limpiarme. 
Al día siguiente, en la tarde, volví a su casa con una madeja de lana de un color rosa pálido que me había cautivado enormemente cuando mis ojos lo vieron en una mercería de la ciudad.  Iba a aprender la técnica de tejido a crochet y Olga no me cobraría nada.  Ella me invitó a pasar dentro de la casa.  En el comedor puso una silla contra otra, un poco separadas, agarró la madeja y envolvió los cuatro lados del espaldar de las sillas, y ahí empezó a ovillar la lana mientras me presentaba a su esposo, Humberto, que había construido la casa que me recibía.  Después de un rato continué ovillando. Sentía la lana por primera vez.  Me acomodaba en el contacto que generaba ese encuentro.  Intentaba ser llevadera y ágil.  Hacía notar mi juventud y simultáneamente la descubría.  Olga y Humberto eran personas sencillas, amables y cálidas, de un modo convencional.  Las virtudes que yo imaginaba en ellos expresaban también la discreción de sus pecados más atroces.  Pero a mí me gustaba estar ahí, en la sala comedor de Olga y Humberto.
Ese día ovillé tres madejas, la que traje y dos que ella tenía guardadas.  Cuando la noche había entrado en el pueblo, me despedí.  Volví al día siguiente para seguir aprendiendo  Le dije a Olga que yo necesitaba ir paso por paso, una cosa a la vez, y le propuse que me enseñara solamente el punto básico.  Estábamos sentadas en el jardín, con las rosas, los perros y los pájaros que interceptaban la mirada.  La miré mientras tejía el punto y la hice regresar atrás unas tres veces.  Después le pedí que me pasara el gancho y la lana y comencé a empezar a sentir que el punto se tejía a través de mí sin tener que forzar nada.  Un rato más tarde me fui de casa de Olga pero seguí tejiendo mientras caminaba.  Busqué acoplar las dos actividades hasta que incidieran una en la otra naturalmente.  Caminaba tejiendo el punto básico con el ovillo metido en un bolso pequeño que me colgaba del brazo.  Paseaba y tejía por las calles del pueblo hasta llegar al mar.  Probablemente en el mundo sucedían una cantidad innumerable de cosas importantes, pero a mí me parecía que debía aprender a caminar y tejer el punto básico de crochet al mismo tiempo.  De modo que eso era lo que hacía, a ello dedicaba mi tiempo.  Era una actividad tan nueva para mí como para otro aprender a navegar su barco para conquistar tierras nuevas.  Por mi parte había creado una alianza con los recursos que me eran propios: el cuerpo, la mente, las manos.  Cuando estuve frente al mar, inhalé, alcé la vista, exhalé, y con una mano agarré la punta de la lana en el último punto tejido y de un tirón empecé a destejer.  Destejí y destejí hasta destejerlo por completo.  Regresó a su estado de embrión.  Se destejía con gracia, sin apuro, fluidamente.  Ese acto me provocaba aún más gozo que tejer.  Destejer implicaba más voluntad.  Para atreverme tenía que reconocer con frialdad la condición efímera de la materia y practicar el desapego con la obra personal. Tan sólo preguntas giraban alrededor mío.  Mientras más pudiera destejer más connotaciones suscitarían los hechos.  No los leería simplemente de principio a fin sino que podría situarme en relación a ellos desde una mirada menos empeñada por las emociones y los sentimientos, ni por los comportamientos que ya había asimilado a tal punto que no podía afirmar si eran capaces de llevarme a lugares nuevos, o me encerraban en un cuarto oscuro sin aire ni alimento.  La posibilidad de destejer me tomó por sorpresa; sólo tejiendo iba a presentarse ante mí, se abriría esa puerta.   Los recuerdos, las personas, las sombras que pude destejer en ese tiempo, se convirtieron, algo así como en el mapa conceptual de mi viaje a solas.  Tejía para orientar mis pasos.  Podía extraer cualquier detalle incoherente que intentara asfixiar la elaboración de mis ideas y darle una ubicación precisa que le uniera a su sentido más cercano aunque este otro tuviera una forma tan distinta como la repetición de una esquina de una calle que muchas veces caminé.  La ambición de unidad comenzaba a surtir efecto; implementaba una sinfonía silenciosa en mi mente, hasta que Zulema y Pedro desataban la furia del placer que les proporcionaba su propia música.  Mi casa podía reducirse a polvo en esos momentos.  Aunque el sentido fuera claro, no podía hacer frente a la invasión de criaturas engendradas por la inestabilidad. 

Sembré tomate, choclo, albahaca, zapallito y acelga.  Cubrí las semillas con miedo.  Las rosas blancas empezaron a brotar.  Mi nuevo lugar era un verdadero paraíso para donde quiera que uno quisiera mirar, inclusive el patio de Zulema y Pedro era parte fundamental del paraíso.  Zulema estaba siempre en el patio con sus cinco perros siguiéndola a todos lados.  Ella cuidaba las plantas y las flores con un amor y una dedicación que me generaba envidia y me hacía querer maltratar hasta hacer destruir cualquier cosa que tuviera la osadía de crecer cerca de mí y reclamar mi atención.  Sentía más a flor de piel el impulso de matar que el de dar vida.

Thursday, April 23, 2015

La bici

La bici rompe el vidrio que me separa del mundo.  El sonido rompe el aire que me deshace el nudo.  Las luces rompen el marco que me encierra en esa dirección.  La fuerza me rompe la flor.  La gente rompe el silencio que me revienta a veces.  La ciudad crece en olas rompientes que me inundan por dentro.  Los besos se los lleva el viento.  Cantar me rompe el miedo.  La bici no se puede romper. 

Josefina, la camarera

Jose me cae bien. Me da un poco de pena su existencia, pero me cae bien. En el turno noche del sábado estábamos las dos en el restaurante. Uno de los camareros que trabaja ese turno no iba a poder ir por alguna razón y la encargada le dijo a Jose que tenía dos opciones: “o hacés el sábado y el domingo y el lunes doble turno o hacés el sábado y el domingo y el lunes doble turno.” Como Jose es muy amiguera, pero a la vez está bastante sola en la vida, desde el primer día que pisó el restaurante le buscó la vuelta a la encargada. A veces hasta la hace reír y de buena onda le lleva las galletitas que le gustan y se queda a almorzar con ellos. El sábado en la noche Jose y yo nos pusimos a hablar, después de una hora asegurando que estuviera listo cada detalle del salón para comenzar el turno: cambiando los manteles de las mesas, llenando de vino las jarras, quitándole el polvillo a los vidrios, cargando de postres la heladera, envolviendo cubiertos. Estaba lloviendo en capital y la noche venía lenta en el restaurante, hablando el tiempo pasa más rápido. Pero la encargada nos vio por el reflejo de los cristales que bordean el restaurante y se movilizó por el salón inspeccionando extrañamente las áreas. Primero los cubiertos, luego le pasó el dedo, de un extremo al otro, al vidrio donde están apoyadas las botellas de vino; se asomó en la heladera de postres, estante por estante; hacía que acomodaba mejor los manteles de las mesas, ponía toda su atención sobre los objetos, se adueñaba de cada perímetro, de los suspiros de Marta en la cocina, del sudor irreparable de Leo, de la lluvia, de nuestros documentos, de vos.

Cuando llegó al área de los niños, que es un rinconcito con pizarra y juguetitos sueltos, se plantó con su peso de gigante y nos dijo a Jose y a mí: “por qué no se buscan un balde de agua con jabón y limpian los rastros de tiza que hay en la pared?” mientras nos señalaba con el dedo un caminito invisible de tiza incrustado entre la loza y el piso. Me quedé sin fuerzas, se me cayeron los hombros y sentía en el pecho un dolor inexpresable. Pero Jose estaba frente a mí y escuchaba sus palabras llegar desde muy lejos como reteniéndome en la vida. Ahí, frente a la pizarra, me decía que no le gusta trabajar ya en el restaurante, que ella lo ha intentado todo con la encargada pero que la mina no le retribuye nada. Ella se veía un poco angustiada y yo le dije: “Jose, creo que el problema sería que te quisieras quedar acá”. Pero en nuestra conversación se iban asomando otros matices de su persona que me dejaban comprenderla un poco, no sólo a ella, sino también a los otros empleados. Por ejemplo, los de la cocina, que son de Santiago, viajan a capital en busca de mejores condiciones de vida tomando en cuenta que los niveles de explotación impuestos a la fuerza de trabajo humana en esa provincia son prácticamente insuperables. Ellos, como quien dice, prefieren comerse este caldo y laburar sesenta horas semanales, con un sueldo en negro, sofocados por el calor asfixiante de la cocina y la humillación base de toda reproducción culinaria. Jose tampoco sabe qué es peor. Pero sus asuntos pertenecen a otro orden, no como les pasa a los de la cocina. Al menos está muy joven todavía, pero parece que carga con un basural de equivocaciones sobre su espalda, y de pérdidas y de gritos en medio de la calle.
Buenos Aires, 2008

Wednesday, April 22, 2015

La habitación

El ventilador me lo prestó un amigo; las aspas tiran un aire que sólo alcanza a refrescar a unos centímetros de distancia, unilateralmente, casi siempre en dirección al pie, apuntando de modo deliberado al dedo pulgar.  Ahora está puesto sobre un banquito, diminuto, como para un niño, porque esta habitación es tamaño infantil, como mis juegos y las ilusiones que me trajeron a este espacio que pudo haber sido también un calabozo.  Sobre mi cabeza, hay tres anaqueles y uno sólo, todavía, ocupado por libros; algunos han atravesado mares y aeropuertos.  Luego hay otros, los nuevos; se han agregado como el ventilador, pero abarcan múltiples dimensiones de un espacio dentro y fuera de mí.  También hay dos marcos de fotos, en una aparezco sentada junto a él en el parque, los dos mirando a la cámara: yo, con una sonrisa veinteañera, llevando en hombros la mochila; tengo una mano acariciando su pierna y en la otra, metida en un puño, los tres pesos para pagarle al fotógrafo ambulante.  El está mirando el lente, sospechoso, indagando, tal vez, en la personalidad del autor de la foto. 
El ventilador de la vecina -que vive junto a mi habitación en la misma casa- debe ser mucho mejor, pero emite un ruido tautológico, si se puede.  Como es un sexto piso, de un antiguo edificio del centro de la ciudad de Buenos Aires, donde los techos son muy altos, no se escuchan sonidos de la calle.  Eso sí, una de las vecinas, Isabel, me persigue, debe tener como setenta años, el ruido que producen sus palabras es más peligroso que un choque de autos, allá abajo, entre Rodríguez Peña y Sarmiento.  Se sentó en la mesa de la cocina mientras yo almorzaba, me habló de la dueña de la casa, y de la otra vecina -la del ventilador- a la que se refiere como “la otra”.  En su habitación hay un crucifijo de madera colgado en una pared, y en la oscuridad de la noche se enciende una luz roja y la puerta queda entreabierta. 
En el otro marco de foto, que está en el segundo anaquel despoblado, aparezco en el centro, y a ambos lados mis dos hermanas.  Tenemos de cuatro a seis años; yo miro de reojo hacia el lente, las manos en la cintura, llevando de perfil y hacia adelante la cadera, con una sonrisa de veinte años, dando indicios de mi personalidad. 
Hoy es un día lluvioso y no se siente tanto el calor de este verano imposible.  Cerré la cortina del umbral de la puerta y escucho a veces cuando los pies de la señora Elba se arrastran por la casa, para tender alguna de sus ropas o ir al baño o intentar olerme desde el pasillo.  Hay también, frente a un libro de Proudhon, un espejito en forma de corazón que me regaló un trabajador de la cristalería del barrio obrero que dejé para mudarme acá.  Pero ya había un espejo más grande en la habitación, estilo años cincuenta, de bordes dorados, que por su vejez, no puede verme bien a mí; saca los ojos de lugar, cambia el color de la ropa a uno más opaco, ensancha la figura, se burla.  Está debajo del único hueco en este espacio que simula ser una pequeña ventana, pero al asomarte, sólo hay otra pared y la luz del sol nunca entra.  


Monday, April 20, 2015

Muñecas

Renuncio.  Llevo renunciando desde hace mucho tiempo y no me confirman que aceptan mi renuncia, y de no hacerlo tendré que seguir fabricando hasta la saciedad millones de muñecas, y cuántas muñecas ni yo misma sé que haré, y estaré encerrada noche y día entre trabajadores menos cualificados y más cualificados que yo para soportar y sostener sin razón este oficio que pide clemencia y descanso.  Algunas muñecas me quedaron lindas, eso sí, pero no me dejan jugar con ninguna porque hasta el soplido de mi nariz lo rescatan y estudian para saber de qué modo sobrellevar la carga que soy.  Me place lo indecible no rendir cuentas nunca y se han visto en la necesidad de reunirse conmigo y, simplemente, gritarme hasta el estruendo, para que se enteren todos, que no estoy apta porque me falta sentido del deber.  Eso han dicho, que me falta sentido del deber hacer muñecas para un montón de niñas desconocidas que me chupan la sangre y hacen rondas conmigo en el centro, despedazan las muñecas, me tiran los brazos, las cabezas, y yo no las puedo ver para poder decir luego: “fueron ellas, esa, la de los ojos claros, esa fue la que empezó el juego.”  No puedo, no estoy para nadie hoy, tengo que hacer muñecas y que queden idénticas unas a las otras en tamaño y forma, pero además se precisa de mí la creatividad, los rasgos especiales para cada una.  Hablar, no, no hablan, sino las que harán de madres con ellas en el pecho y le restregarán el: “Hubiera elegido la del vestido azul”, y la muñeca que yo he tardado en hacer horas y días con mis dos manos solamente y mi creatividad, tendrá el derecho de extraviarse hasta no ser vista nunca más entre los demás juguetes.  Lo decidí esta mañana, golpearé la puerta del director y le diré que no me voy hasta que me sea entregado todo lo que se me debe: aire, caminos, cielo.  Le remarcaré sin quiebre en la garganta que me sea devuelto lo que no me ha sido dado y se me debe: aire, caminos, cielo.  Y las muñecas confeccionadas por este par de trabajadoras ansias, exigiré sean conducidas en camión de carga hasta mi casa donde yo repartiré cada una de ellas a las miserables niñas que viven esperándome en el umbral.

Sunday, April 19, 2015

Aquí estoy, en el campo, donde hacía tiempo quería estar, entre los árboles, tocando la tierra, bajo el sol y la lluvia.  Ahora termina de llover.  Ahora empieza a llover como si nada.  Aquí lo veo todo con claridad, sin extrañeza hasta hoy.  Hoy sopló un viento rudo dentro de mí y me trajo la extrañeza, la duda, la tristeza de no sentir la unidad, la naturaleza.  La naturaleza es la unidad.  Ser parte de todas las cosas, participar del Universo.  No decir una palabra en vano.   Actuar con visión y fe.  La naturaleza hace crecer lo que debe crecer, el aspecto definitivo y último de la cosa.  No niega nada que pueda dar.  Todo lo que existe vive en la raíz, el potencial de lo que vive.  El era para mí también la naturaleza: la paz, la bondad, la alegría.  La belleza de penetrar en el alma del otro a pesar de las diferencias de la razón.  Superar el camino de obstáculos de lo real y lo ilusorio.  ¿Dónde me trajo el viento?  Haré mi voluntad ¿Cómo fue cada día? Revivir.  La belleza de la historia contiene partes de fealdad; capítulos enteros de confusión y derrotas conceptuales.  Yo quiero esforzarme por llegar a la semilla.  Dame, por favor, la salud para vivir.  Eso es lo que yo pido, la salud del cuerpo y de la mente para cumplir con mi destino.

Wednesday, April 15, 2015

Ya he dicho que el alma no vale más que el cuerpo,
Y he dicho que el cuerpo no vale más que el alma,
Y que nada, ni Dios, es más grande para uno que uno mismo,
Que aquel que camina sin amor una legua siquiera, camina amortajado hacia su propio funeral,
Que tú o yo, sin tener un centavo, podemos adquirir lo mejor de este mundo,
Que el mirar de unos ojos o el guisante en su vaina confunden el saber que los tiempos alcanzan,
Que no hay oficio ni profesión tan bajos que el joven que los siga no pueda ser un héroe,
Que el objeto más frágil puede servir de eje a todo el universo,
Y digo al hombre o mujer que me escucha:
"Que se eleve tu alma tranquila y sosegada ante un millón de mundos."
Y digo a la humanidad: "No te inquietes por Dios,
Porque yo, que todo lo interrogo, no dirijo mis preguntas a Dios,
(No hay palabras capaces de expresar mi postura tranquila ante Dios y la muerte.)
Escucho y veo a Dios en cada cosa, pero no le comprendo,
Ni entiendo que haya nada en el mundo que supere a mi yo.
¿Por qué he de desear ver a Dios mejor de lo que ahora le veo?
Veo algo de Dios cada una de las horas del día, y cada minuto que contiene esas horas,
En el rostro de los hombres y mujeres, en mi rostro que refleja el espejo, veo a Dios,
Encuentro cartas de Dios por las calles, todas ellas firmadas con su nombre,
Y las dejo en su sitio, pues sé que donde vaya
Llegarán otras cartas con igual prontitud.
Walt Whitman