III
En la Biblioteca
Pública del pueblo pregunté por el nombre y domicilio de alguna tejedora. Me
dijeron que buscara a Olga. La
biblioteca era un pequeño paraíso que servía a los placeres de mi mente. En ese lugar yo era la princesa del pueblo,
la que hacía y deshacía a su antojo porque los objetos le eran propios y sabía
jugar con ellos y ostentar sus poderes con una gracia sublime y al mismo tiempo
natural. Era digna de la Biblioteca
Pública y Popular de Mar del Sur, de ese diminuto, rezagado e inerte rincón del
mundo. Para mí era una tierra elegida
por Dios. La palabra escrita se
inscribía en un lugar sagrado del universo material que componía la vida y
hacía que mi mente y cuerpo viajaran a través de una experiencia insólita de
desmaterialización.
Caminé hasta la casa
blanca a dos cuadras de la iglesia.
Cuando escuchó los aplausos Olga salió.
Le dije que quería aprender a tejer.
Le conté que estaba de regreso en el pueblo y que vivía sola en una
casita de Pedro y Zulema. Nos sentamos
en un banquito del jardín de su casa y una rama de rosas rojas colgaba sobre
nosotras. Olga habló de su hijo, que
estaba viviendo en otro país y tenía mi edad.
Yo hablé de la capital y que ahora podía caminar, respirar, y darme
chapuzones en el agua para limpiarme.
Al día siguiente, en
la tarde, volví a su casa con una madeja de lana de un color rosa pálido que me
había cautivado enormemente cuando mis ojos lo vieron en una mercería de la
ciudad. Iba a aprender la técnica de
tejido a crochet y Olga no me cobraría nada.
Ella me invitó a pasar dentro de la casa. En el comedor puso una silla contra otra, un
poco separadas, agarró la madeja y envolvió los cuatro lados del espaldar de
las sillas, y ahí empezó a ovillar la lana mientras me presentaba a su esposo,
Humberto, que había construido la casa que me recibía. Después de un rato continué ovillando. Sentía
la lana por primera vez. Me acomodaba en
el contacto que generaba ese encuentro.
Intentaba ser llevadera y ágil.
Hacía notar mi juventud y simultáneamente la descubría. Olga y Humberto eran personas sencillas,
amables y cálidas, de un modo convencional.
Las virtudes que yo imaginaba en ellos expresaban también la discreción
de sus pecados más atroces. Pero a mí me
gustaba estar ahí, en la sala comedor de Olga y Humberto.
Ese día ovillé tres
madejas, la que traje y dos que ella tenía guardadas. Cuando la noche había entrado en el pueblo,
me despedí. Volví al día siguiente para
seguir aprendiendo Le dije a Olga que yo
necesitaba ir paso por paso, una cosa a la vez, y le propuse que me enseñara
solamente el punto básico. Estábamos
sentadas en el jardín, con las rosas, los perros y los pájaros que
interceptaban la mirada. La miré
mientras tejía el punto y la hice regresar atrás unas tres veces. Después le pedí que me pasara el gancho y la
lana y comencé a empezar a sentir que el punto se tejía a través de mí sin
tener que forzar nada. Un rato más tarde
me fui de casa de Olga pero seguí tejiendo mientras caminaba. Busqué acoplar las dos actividades hasta que
incidieran una en la otra naturalmente.
Caminaba tejiendo el punto básico con el ovillo metido en un bolso
pequeño que me colgaba del brazo.
Paseaba y tejía por las calles del pueblo hasta llegar al mar. Probablemente en el mundo sucedían una
cantidad innumerable de cosas importantes, pero a mí me parecía que debía
aprender a caminar y tejer el punto básico de crochet al mismo tiempo. De modo que eso era lo que hacía, a ello
dedicaba mi tiempo. Era una actividad
tan nueva para mí como para otro aprender a navegar su barco para conquistar
tierras nuevas. Por mi parte había
creado una alianza con los recursos que me eran propios: el cuerpo, la mente,
las manos. Cuando estuve frente al mar,
inhalé, alcé la vista, exhalé, y con una mano agarré la punta de la lana en el
último punto tejido y de un tirón empecé a destejer. Destejí y destejí hasta destejerlo por
completo. Regresó a su estado de
embrión. Se destejía con gracia, sin
apuro, fluidamente. Ese acto me
provocaba aún más gozo que tejer.
Destejer implicaba más voluntad. Para atreverme tenía que reconocer con
frialdad la condición efímera de la materia y practicar el desapego con la obra
personal. Tan sólo preguntas giraban alrededor mío. Mientras más pudiera destejer más
connotaciones suscitarían los hechos. No
los leería simplemente de principio a fin sino que podría situarme en relación
a ellos desde una mirada menos empeñada por las emociones y los sentimientos,
ni por los comportamientos que ya había asimilado a tal punto que no podía
afirmar si eran capaces de llevarme a lugares nuevos, o me encerraban en un
cuarto oscuro sin aire ni alimento. La
posibilidad de destejer me tomó por sorpresa; sólo tejiendo iba a presentarse ante
mí, se abriría esa puerta. Los
recuerdos, las personas, las sombras que pude destejer en ese tiempo, se
convirtieron, algo así como en el mapa conceptual de mi viaje a solas. Tejía para orientar mis pasos. Podía extraer cualquier detalle incoherente
que intentara asfixiar la elaboración de mis ideas y darle una ubicación
precisa que le uniera a su sentido más cercano aunque este otro tuviera una
forma tan distinta como la repetición de una esquina de una calle que muchas
veces caminé. La ambición de unidad
comenzaba a surtir efecto; implementaba una sinfonía silenciosa en mi mente,
hasta que Zulema y Pedro desataban la furia del placer que les proporcionaba su
propia música. Mi casa podía reducirse a
polvo en esos momentos. Aunque el
sentido fuera claro, no podía hacer frente a la invasión de criaturas
engendradas por la inestabilidad.
Sembré tomate,
choclo, albahaca, zapallito y acelga.
Cubrí las semillas con miedo. Las
rosas blancas empezaron a brotar. Mi
nuevo lugar era un verdadero paraíso para donde quiera que uno quisiera mirar,
inclusive el patio de Zulema y Pedro era parte fundamental del paraíso. Zulema estaba siempre en el patio con sus
cinco perros siguiéndola a todos lados.
Ella cuidaba las plantas y las flores con un amor y una dedicación que me
generaba envidia y me hacía querer maltratar hasta hacer destruir cualquier
cosa que tuviera la osadía de crecer cerca de mí y reclamar mi atención. Sentía más a flor de piel el impulso de matar
que el de dar vida.