Había algo de
visionario en él. He vuelto a verlo en
sueños. Tenía una cara bíblica y un aura
espectral, sobre todo cuando tocaba la guitarra. Las notas que salían también eran
espectrales. Entre él y yo las palabras
eran un acontecimiento. Sucedían las
palabras por gracia y por error.
Físicamente él estaba ahí y yo estaba ahí, cerca uno del otro, pero
lejanos cada uno en su universo imaginario de palabras, sensaciones, arcas y
diluvios. El recuerdo anima el misterio
inagotable de los encuentros, lo fantástico de la experiencia del amor, aumenta
el peso de la irrealidad y te cambia el rumbo de la mirada, de repente. Yo sabía mirarlo tocar la guitarra, y tal vez
no supe hacer nada más que eso, pero lo hacía muy bien, con mi universo
estallando alegorías que misteriosamente cayeron en el olvido, se tensaron en
las cuerdas y destruyeron la música con palabras específicas que eran en sí
mismas universos de significados que configuran otros seres.
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