Los árboles que están afuera se reúnen todos los días en un
círculo; no veo cuándo es que aparecen, pero sé que no se quedan a dormir ahí; mi
favorito es el más grande porque imagino que debe ser el más viejo y sus raíces
son las que me invitan a sentarme. No sé
por qué él tiene tantas ganas de cuidarme ni por qué es hombre, si debe saber
que yo no quiero padre, y que a los hombres los tengo encerrados en un día que
se repite el acto de encerrarlos y hablarles con la pared de por medio, pero
también conoce de mí que me gustan los hombres que me cuidan y también los que
me tiran al desierto, pero no a los que tiemblan de miedo y de mentira. Al árbol ni sus hojas secas le quitan nada
del poder que los otros árboles vigilan.
El nombre árbol ya está bien para mí nombrarlo árbol y respirar al mismo
tiempo. Me deja en el mismo estado que
el hombre del que me enamoro lentamente, me da paz, me hace cuestionar, está
ahí para mí y yo le ofrendo con ponerle todo el corazón a nuestro encuentro. No
lo voy a dejar porque aparezca un hombre vigilando entre los árboles el poder
de mi sonrisa. El hombre que viene sabe
que el árbol y yo tenemos nuestra propia historia y es eterna, aunque me vaya
de aquí.
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