Chaka vivía en
la Capital de Buenos Aires. Pero en la
calle. Ya tenía mi edad cuando lo
conocí. Estábamos en los
veintipico. Siempre vivió en la
calle. Cuando tenía como diez años se lo
llevó un carro enredado y estuvo un año en coma. Sobrevivió, y cuando salió del hospital
volvió a la calle, a vender flores en las luces, con los hermanitos y la
mamá. Cuando él me contó eso se le
notaba que hubiera preferido no regresar, que igual lo iban a seguir
atropellando. Estuvimos enamorados como
un año, pero Chaka me enloquecía, porque le daban unos arrebatos violentos, y
me decía cosas horribles, y tenía mucho miedo a que lo abandonara. Yo agarraba la bici y me perdía. A saber cuándo a Chaka se le iban a quitar
esas cosas. Para él la calle era su
casa, y hermanos tenía en todas partes porque había un chorro de muchachos como
él, y de muchachas, y niños y niñas.
Chaka era poeta, y actor, tocaba hermoso la armónica, y era un gran
salvaje de la ciudad. Cuando yo lo ví
por primera vez y lo escuché hablar me encontré con un montón de flores en las
luces de sus ojos. Pero peleábamos a
muerte cuando no nos entendíamos. Tal
vez él creía que yo tenía la vida solucionada porque no me había faltado casa
ni comida, y él se cagaba de frío y se compartía una medialuna con sus cuatro
hermanos. Ultimamente se me olvida que
Chaka está en todas partes. Cuando
estábamos juntos Chaka empezó a trabajar como mensajero y tenía que meterle
horas y horas a la bici y al tráfico de Buenos Aires para que luego no
quisieran pagarle lo que era. Yo lo veía que él no faltaba, y que trataba de
ser el mejor, y que se sentía súper bien cuando cobraba. Qué horrible todo eso, que yo le hubiera
pedido a Chaka que trabajara porque había que pagar una renta en la Capital.
Para vivir esa vida de mierda en la ciudad.
Lo atropellé más que el carro ese que le pasó por encima. Nos hubiéramos
ido a tomar la calle, a destruir la lógica del capital, a quemar las naves.
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