Un zapatero tocó el bandoneón para mí en una
pequeña ciudad de la pampa llamada Azul.
Yo había entrado a la zapatería a pedir un vaso de agua porque estaba
sedienta. Había caminado mucho rato
cargando la mochila. No sabía a dónde iba,
pero entre detenerme y caminar prefería lo segundo. Le conté al zapatero lo que me estaba pasando
luego que él me contara lo que le pasaba a él.
Me pareció una persona receptiva y buena. Así que aproveché y le conté lo poco de lo
que yo sabía que me estaba pasando. El zapatero
de esa tarde ocupa un lugar significativo en mi historia sentimental. No olvido a nadie que haya estado cerca,
aunque la cercanía haya durado menos que minutos. Los zapatos eran tan viejos como los
míos. Los sueños del zapatero y yo eran
en el fondo los mismos. Yo quería saber
algo del camino, como por ejemplo qué zapatos tengo que aprender a hacer, por dónde
podía empezar a no perderme, o si alguien iba a estar para arreglarme los
zapatos. El agua fue sólida. Cuando el zapatero me condujo hacia los
zapatos del recorrido y puso delante de mí el par que me serviría para asumir
la dirección, sacó de una caja un bandoneón y empezó a tocar algo
horizontal que fue tomando las curvas del desierto con pisadas de elefante
acercándose a la tristeza y luego columpiándose como una niña alegre y
descalza.
No comments:
Post a Comment