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Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.
Thursday, May 28, 2015
Pablo, el cocinero
Pablo tiene treinta años, me llega por los hombros, tiene unos dientes enormes y siempre se amarra un pañuelo en la cabeza mientras está trabajando. El uniforme blanco ya lo tiene de un color muy opaco con destellos verdes: rastros de comida que pasaron por las manos mientras cocinaba en el restaurante y que luego, quizá, se quiso sacar de encima pero no pudo y se quedaron las marcas en el cuerpo, en la parte de afuera del cuerpo. Un ídolo se le murió hace pocos días y cuando yo estoy comiendo en el tiempo de descanso, Pablo sale de la cocina, y a la misma vez que desenmolda en sus manos un postre, me canta los temas de aquel gigante. Se apropia tan bien del sentimiento que impresiona, me mira seductor, me invita diez veces a acostarme con él. Yo solamente estoy cansada. Como el pescado con arroz y miro un punto fijo, pienso en otra gente: en María, que es profesora de literatura, y en Luis, que escribe para revistas importantes y en los fines de semana viaja fuera de la capital. Pienso también en cuando era chica que me gustaba la actuación y el baile, y luego, un poco más grande: la teoría y las mañanas. Escucho a Pablo que sigue cantando en la cocina, habrá que ponerle monedas para que no pare nunca, dejarlo instalado en un bar de Constitución, creo que tiene el mismo destino que cualquier rockola. Cuando termino de comer, dejo el plato en la bacha con Emanuel, que le habla con mucho respeto a los encargados. Le dice que sí a todo, y después que termina su turno sigue laburando, y después, a las cuatro de la madrugada se queda en la parada esperando una hora que pase el colectivo que lo lleve a Villa Sol, donde vive.
Monday, May 25, 2015
Azul
Un zapatero tocó el bandoneón para mí en una pequeña ciudad de la pampa llamada Azul. Yo había entrado a la zapatería a pedir un vaso de agua porque estaba sedienta. Había caminado mucho rato cargando la mochila. No sabía a dónde iba, pero entre detenerme y caminar prefería lo segundo. Le conté al zapatero lo que me estaba pasando luego que él me contara lo que le pasaba a él. Me pareció una persona receptiva y buena. Así que aproveché y le conté lo poco de lo que yo sabía que me estaba pasando. El zapatero de esa tarde ocupa un lugar significativo en mi historia sentimental. No olvido a nadie que haya estado cerca, aunque la cercanía haya durado menos que minutos. Los zapatos eran tan viejos como los míos. Los sueños del zapatero y yo eran en el fondo los mismos. Yo quería saber algo del camino, como por ejemplo qué zapatos tengo que aprender a hacer, por dónde podía empezar a no perderme, o si alguien iba a estar para arreglarme los zapatos. El agua fue sólida. Cuando el zapatero me condujo hacia los zapatos del recorrido y puso delante de mí el par que me serviría para asumir la dirección, sacó de una caja un bandoneón y empezó a tocar algo horizontal que fue tomando las curvas del desierto con pisadas de elefante acercándose a la tristeza y luego columpiándose como una niña alegre y descalza.
Saturday, May 9, 2015
Oda al Rancho
A pesar de las ventanas francesas, vidriadas, que bordean esta casa, de la luz que como efecto de ellas entra escandalosamente, de la belleza aristocrática de las mesas y las sillas, del agua caliente y deliciosísima, de la diafanidad de estos días de otoño, del refulgente verdor del jardín, a pesar de la elegancia de este ambiente en el centro del cual yo me siento un poco más distinguida, y del buen gusto, a pesar de la excelsitud de la vida en la costa, y de mis visitas al mar, yo siento una nostalgia implacable por el rancho. Hace días vengo mirando la puerta cerrada, frente a mí -que escribo sentada a la mesa- la miro presintiendo que es una amenaza, que su llave bien puesta me asecha, que su diminuto diámetro de transparencia es una señal. En el rancho no había puerta, solamente un endeble portón con una desvencijada red picoteada por el tiempo, solía estar cerrado, sí, con un mísero pestillo, pero para no convocar a un concurrido baile de moscas adentro. M se acostumbró a orinar detrás del acoplado del camión mirando la luna. Ya no puedo llegar y desde la tranquera detenerme extasiada a observar la inmensidad que era nuestro patio, y la huerta allá, al fondo, volviéndose una selva de zapallos. Yo conocía cada grieta de humedad y distinguía los cantos de los pájaros. Me dan nostalgia nuestras noches, nuestro amor por esa casa, sentirla tan nuestra, quererla con todo el sufrimiento que ella nos manifestaba. Le agradezco el hacha, y la pala, y el agua congelándome sin pena. Le agradezco su derroche de fealdad, y de agujeros y carencia. Le agradezco la enseñanza, la disciplina, la entrega. Nada fue nunca tan propio para mí, puedo ver los árboles desde abajo todavía, saber exactamente cómo eran las hojas, sentir de nuevo en la palma de mis manos la corteza desgarrada. Ya no llega el sordo a traernos la leche recién ordeñada, y no veo a la toulousina devorársela completa. Pero eso no es todo, no, no es todo, es siempre algo más, algo, inclusive desconocido para mí, porque desde aquí veo el cielo incendiarse hasta llenarse de oscuridad, y hay un caballo que vive todo el tiempo frente a mi ventana; entonces es algo más, es como si algo se hubiera ido para siempre, o no, es más bien como si eso que busco se hubiera quedado, sin empacar, tal vez, en esa casa ahora vacía.
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