.

Oh Life! accept me, make me worthy, teach me.

Thursday, January 22, 2015

Las Cuatro Lunas (Cap.1)

A Nancy López, en Mar del Sur

LAS CUATRO LUNAS
Y entonces nosotros, los viles
que amábamos la noche murmurante
las casas,
los senderos de río
las sucias luces rojas de esos lugares, el dolor 
silencioso y mitigado- arrancamos la mano
de la viva cadena y callamos, mas el corazón sobresaltó nuestra sangre, 
terminó la dulzura, se acabó el abandono en el sendero del río-
ya no siervos, supimos estar solos y vivos.
Cesare Pavese

Las mañanas transcurren claras y desiertas
Así se abrían tus ojos en otro tiempo.  La mañana fluía lentamente, era 
una gorga de luz inmóvil.  Callaba.  Tú callabas, viva.  Las cosas
existían bajo tus ojos (sin pena, sin fiebre, sin sombra)
como un claro mar en la mañana.
Cesare Pavese
I

El sol se hundía a cada paso; veía su rostro cerrándome los ojos. Como si me hubiera tropezado con una piedra, me detuve. Estaban descalzos sentados en la tierra y él atizaba el fuego que tenían de frente. Bruno hablaba y ella sonreía. Sus caras se miraban de muy cerca. Los veía dentro de un marco hecho de ramas, troncos y sombras que formaba la luz del crepúsculo. Di unos pasos más y me miraron.  Cuando el paisaje se abrió vi que ahí también estaba Manuel. El no estaba descalzo. Bruno se paró de golpe y vino hasta mí. Me besó la boca largamente y abrazaba mi cintura; sólo uníamos los labios, como sellando la otra boca. Poco a poco nos fuimos despegando.

- ¿Dónde está Pombo?
- Ahí- dijo, señalando con el dedo hacia un punto muy cerca de la francesa. Debió de estar dentro del marco pero no lo vi, tal vez porque era del mismo color de esa tierra.
                  
Tenía el pecho abierto desde el cuello hasta el estómago. Parecía que, en realidad, le hubieran rajado la carne de una puñalada hasta el fondo, y por el mismo medio. Me arrodillé ante él forzada por su indiferencia. Miraba su corazón con pedazos desprendiéndose de él; coágulos que reventaban en la tierra. Los intestinos se movían como queriendo también salir. Su presencia sometía y estancaba hasta el aire. De un brinco me puse de pie y di un grito sin sonido tapándome la boca. Rápido miré a Bruno. 

- ¿Qué vamos a hacer?- le pregunté
- Ellos lo pueden llevar al veterinario en la bicicleta, pero aún no sé si dejarlo morir.
- ¿Cómo lo vamos a dejar morir?
- Es demasiado grande la herida.- dijo Bruno
- Pero se puede salvar.
- Quiero que se muera, no lo puedo ver así.
- Es horrible verlo así, pero se puede salvar.
- ¿Vos querés que se salve?- preguntó él
- Sí
- ¿Vos creés que se puede salvar?
- Sí

La pareja se había escondido y reaparecieron. Mi cuerpo fue tras ella y al tener el suyo ante el mío mi cara profirió una gran sonrisa.  Ordené a mis ojos que exclamaran un sentimiento congruente. Su sonrisa era tanto o más hermosa que la mía. Nuestros ojos gravitaban al mismo nivel. Manuel no sonrió. Dijo que el siguiente día a la mañana vendría a buscar al perro para llevarlo al veterinario. Julie se arrodilló frente a Pombo recogiéndose con una mano la pollera, con la otra le acarició la cabeza. Después fue hasta donde Bruno y le dio un abrazo. Se iban. Yo estaba sentada sobre un tronco y vi la sonrisa que los labios de Bruno hicieron hacia ella. Era más grandiosa que las nuestras. Quedamos solos los dos.

- Te voy a enseñar el Triscaleón- dijo Bruno

Mis pasos lo siguieron. Era una construcción de madera y barro; el piso de tierra. Había neumáticos de base en las paredes, botellas de cristal que reflejaban colores, vidrios grandes y pequeños para mirar más allá.

- Mirá donde duermo.

Subimos por una escalera despegada del piso. Había un aislante sobre dos cartones en un espacio del tamaño del aislante, y ropa regada encima; sus dos remeras rotas, su otro pantalón lleno de tierra.

- Se ve que no ha estado una mujer aquí.- dijo, y lo miré- ¿Estuviste con alguien?
- No- contesté

Como el rancho era de forma triangular todavía quedaba un piso por subir. Era tan angosto que parecía cerrarse sobre nosotros. Allá arriba sentí que me faltaba el aire. Nos sentamos, y en el centro, Bruno prendió una vela. Había subido una botella de ginebra que vi sobre la salamandra cuando entramos. Desenroscó la tapa y me la pasó.  Tomé un trago, y luego tomó él.

- Creí que ibas a llegar en unos días- dijo
- Creí que te habías convertido en león- contesté

Tomamos otro trago. El vértice superior del triángulo estaba abierto, y por ahí se veía la luna.

-¿No prefieres que estemos afuera en la noche?- no dije que sentía que me asfixiaba.
-Vamos

No hicimos un fuego, ni podíamos remotamente mirarnos el uno al otro.

-¿Son tus amigos?- le pregunté
-Los conocí hace unos días. Estela me dijo que él también leía a Miller y lo fui a buscar. Con ellos hablo de literatura. Viven en el centro pero tienen un patio muy grande y una huerta. Podemos estar horas sentados sin hacer nada. El me cae bien, dice igual que yo que nunca va a volver a trabajar. A veces hacen comida y las venden, pero más nada. La cocina está llena de moscas, las canillas no funcionan, las vigas se caen del techo, la casa se les viene encima y no les importa.

-¿A ella no le importa? Parece muy fina- dije
-Se queja ¿Pero por qué lo dices así? Julie es una mujer que ha viajado sola desde muy joven y ha estado en cincuenta países.

Nos quedamos en silencio. Tenía frente a mí su espalda.

Cuando fuimos a dormir entramos al Triscaleón. Nos acostamos en el aislante. Bruno se extendió con el cuerpo boca arriba. Yo me quité la ropa. Era verano. Me acomodé a su lado pero con todo mi cuerpo mirándolo. Llevé un solo dedo hasta su brazo. Después dos, después la mano. Su piel se expandía, me llamaba, yo me acercaba. Gemía su nombre dentro de mí. Los perros del bosque aullaron toda la noche.

Bajé la escalera cuando amaneció. Pombo estaba ahí, dentro del Triscaleón. En esas horas se había consumido más hasta los huesos.  Tenía la boca abierta y babeaba como si se le hubiera destrabado esa compuerta. Me arrodillé ante él y no dejaba de mirarme a los ojos.  Su cuerpo se desdoblaba y volvía a alzarse, hasta cierto punto. Bruno bajaba las escaleras.

-Se va a morir- le dije
-No, todavía puede salvarse.
-Ya no se va a salvar. Se muere hoy, hoy mismo ¿No ves que hasta el corazón lo tiene podrido? Se le pudre todo adentro. ¿No ves que se está desangrando completamente? Está muriendo de un modo atroz.
-¡Pero ya va a llegar Manuel, lo vamos a llevar al veterinario!
-¡Pero ya es muy tarde! ¿Por qué no lo llevaste antes? ¿Por qué no hiciste algo antes?


Salí del Triscaleón. Junté leña y encendí un fuego. Puse a calentar agua para el mate. Miraba las llamas cortas del fuego bajo las rendijas. El agua comenzaba a hervir. Tapé el tarro para que no se enfriara. Me ponía los zapatos. Olía a lo lejos el mar. Esperaba a Bruno. De pronto escuché el crujido de las hojas secas. No me volteé para mirar, y alguien puso su mano en mi hombro. Era Cristian.  Estaba más delgado, el pelo le había crecido y el rostro tenía una expresión nueva. Lucía las mismas cuatro lunas en el antebrazo. Lo miré, imaginando las conversaciones que habría tenido con Bruno ese tiempo, sus caminatas por el campo, sus zambullidas en el mar, la risa juntos, los granos de arroz y las bolsas de pan viejo de cada día juntos. Le pasé un mate y apareció Bruno. Tenía la cara empapada en lágrimas. Se escurría la nariz, intentaba secarse la cara pero se le amontonaban más lágrimas en los ojos y salían.

-Se va a morir.-dijo
-No, ya va a llegar Manuel, lo vamos a llevar.
-Pero se va a morir igual.
-No, vamos a llevarlo nosotros ¡Vamos!- supliqué
-No podemos, son muchas cuadras. Mirá cómo está, no lo podemos cargar hasta allá.
-¿Qué vamos a hacer?
-Lo voy a matar.

Cristian nos miraba en silencio.

-¡Matálo! ¡Matálo ahora!-imploré

Se oyó una campanita y ya sabíamos que había llegado Manuel.

-¿Dónde está?- dijo
-En el Triscaleón- contestó Bruno

Manuel lo cargó y lo puso en una caja instalada entre las dos ruedas de una bicicleta muy alta que a mí me trajo el recuerdo del circo.

-Nosotros vamos caminando- le dijo Bruno- Llegamos en un rato.

Lo vimos irse pedaleando a esas alturas con la cabeza del perro casi colgando fuera de la caja y arrastrándose por el asfalto. Bruno y yo empezamos a caminar y para llegar más rápido fuimos a la ruta y tiramos un dedo. Nos levantaron, y unos minutos después estábamos en la puerta del veterinario. Tuvimos que sacarlo del hospital y atarlo de un palo en la vereda. Inundaba de una pestilencia insoportable todo el lugar. Bañaba de sangre el piso y no lo atendían. Manuel se fue y nos quedamos junto al perro, cada uno en su vértice. Puse una mano en la frente de Pombo, tomé con la otra la mano de Bruno, y con su otra mano cubrió la mía. Nos mostrábamos los tres como sumidos en un tiempo con un sentido propio de la realidad. Llamaron desde adentro y Bruno lo cargó y lo llevó hasta la camilla de la sala. Le iban a inyectar suero. Teníamos que regresar en unas horas y nos dirían el diagnóstico.

Nos fuimos. Caminábamos por las calles de la ciudad para llegar a la playa. Había un mar de gente. Miles de sombrillas de colores, cuerpos de muchas clases. Buscamos apartarnos lo suficiente y nos acostamos sobre la arena blanca, uno al lado del otro, los dos de cara al cielo, con las manos cruzadas bajo la cabeza. Respirábamos.

- Con Cristian aprendí que no importa si una mujer es hermosa o no- interrumpió Bruno- Lo importante es que sea tu amiga. Poder estar en silencio con la mujer que amas mirando el cielo. No hay nada más hermoso.

El viento levantaba mi vestido y se dejaban ver mis piernas lisas, delgadas y morenas.

- ¿Me prestas tu carpa?- le pregunté- Voy a armarla en el bosque.
- La armamos mañana.
- Ya debemos ir yendo- dije
- ¿Y si lo dejamos ahí? Si se puede curar va a tener que estar en tratamiento. No tenemos dinero para medicinas. Pombo es ya una carga que no podemos llevar. Si no llegamos le van a poner una inyección para que se muera y así nos libramos de él.
- Creo que ya no puedo volver a mirarlo así -le dije- Ni siquiera recuerdo ahora cómo era antes. ¿Vos lo recordás?
- Estuve solo con él mucho tiempo. Era a quien único tenía cuando vos no estabas. Después empecé a juntarme más con Cristian y ahora conocí a Manuel y Julie.

-Sí, ya murió.
- ¿Cómo?
- Murió. Vamos.

Nos sacudimos la arena y caminamos de regreso al hospital. Tocamos el timbre. Alguien abrió y nos preguntó si éramos los dueños de aquel perro que estaba atado al palo.

-Sí- contestamos
-Murió al mediodía. Lo siento- Pocos minutos antes habíamos salido de ahí. Nos quedamos en la vereda uno frente al otro. Tuve el impulso de abrazarlo, de golpearlo, de recibir su abrazo y golpearlo, pero le dije que quería caminar sola hasta el bosque.

No comments:

Post a Comment